El clásico, también en la final de la canasta

La lógica impera y el Baskonia carece de argumentos para frenar a un Barcelona que se jugará el título de Copa frente al Real Madrid

JOSÉ MANUEL CORTIZASMADRID.
Huertas lamenta la contundente derrota ante el Barça. ::
                             BORJA AGUDO/
Huertas lamenta la contundente derrota ante el Barça. :: BORJA AGUDO

Se romperá el maleficio. O el Barcelona repetirá título o el Real Madrid recuperará el tronío para los anfitriones. Como sucedió en Bilbao un año atrás, la gran final de la Copa del Rey se futbolizará y opondrá a los dos rivales que más morbo pueden despertar. El clásico reclama su lugar. Para algunos estaba teledirigido desde el mismo protocolo del sorteo. Otros entienden que es la lógica la que ha dictado sentencia. Guarismos mandan. Los dos mejores equipos de la primera vuelta, la que marca la frontera copera, buscarán un galardón en cuyo camino no se ha cruzado ninguna cenicienta. Pasará a la historia como la Copa sin sorpresas. Quizá porque es la realidad del baloncesto español. Al menos este año ambos finalistas parecen realmente un par de cuerpos de ventaja por delante del resto.

Tras sufrir lo inimaginable en la víspera en el derbi con el Bizkaia, con sus seguidores aún con el miedo en el cuerpo, el Baskonia sabía que sólo la heroica podría abrirle el camino a la final. Con el fondo de armario que maneja Xabi Pascual en el banquillo culé, o cuentas con un bloque pétreo o con un par de jugadores 'on fire'. Si no estás muerto. El Caja Laboral no los encontró, seguramente porque no los tiene esta temporada. En un partido no excesivamente físico, en el que el arbitraje fue permisivo (los de Zurbano se presentaron con sólo siete faltas en contra en el último acto), los del Palau surfearon las olas según llegaban. Adelantados siempre a los alaveses para coger la vez en la cabalgada, dominaron el partido con solvencia. Incluso cuando el orgullo de los del Buesa se canjeó por igualdad y ventajas mínimas, la sensación hablaba catalán.

Mientras entre Huertas, San Emeterio y Teletovic sumaban cuatro puntos a cinco minutos del final, Navarro se iba a los 24. Ese fue el último control de paso de un encuentro finiquitado de antemano y saldado casi con veinte puntos de diferencia. El engranaje de los de Ivanovic se atrancaba una y otra vez y el 'pick and roll' acabó siendo tan repetitivo que a Barac le tomaron la matrícula y ya poco pudo aportar.

Y eso que fue el único pívot operativo realmente. Pero su técnico tenía otros planes. Fue más reiterativo en la apuesta por Logan y Bjelica, inciertos en el primer cuarto y notables en el segundo. Claro que parecían atolones semisumergidos por la marea blaugrana barcelonesa, que recurría a Sada ante las lagunas de Rubio, lo mismo que exprimía la calidad de Anderson. Y, cómo no, cuando la claridad aparecía borrosa surgía el jugador que más gritos de reclamo como MVP ha suscitado en las gradas. De ser británico ya habría recibido el título de 'sir'. Juan Carlos Navarro se llama la criatura. Una bendición para el baloncesto contar con jugones que convierten en sencillo el hecho de colar un balón por un aro pese a la oposición de bosques de brazos interminables.

Huertas, en solitario

Así se las gasta 'Juanqui', el 11, el capitán de la selección, que no del Barça, rango que corresponde a Roger Grimau. Los equipos contrarios no dejan de soñar con él. Sus bombas siguen suponiendo un misterio. Por mucho que sean imitadas, su ejecución encierra algún ingrediente no desvelado imposible de remedar. Se acerca ligeramente el bravo Marcelo Huertas con sus lanzamientos simulando un paso en el aire. El brasileño se queda sólo ante el peligro cada vez que hay que remar. Ayer también.

Todo ello, por enésima vez, en el entorno de un ambiente fantástico, festivo, deportivo, aconsejable. Cada uno animando a los suyos. Se futboliza la final, perfecto. Que nunca lo haga este deporte en lo que a las gradas se refiere. Eso sí que es 'showtime'.