«En Francia fascina nuestra espontaneidad»

IRATXE GÓMEZBILBAO.
La joven se siente cómoda en la ciudad de Montpellier. ::
                             E. C./
La joven se siente cómoda en la ciudad de Montpellier. :: E. C.

Le gustaría contemplar cada día la fuerza del Cantábrico. Y es que crecer cerca de los acantilados de La Galea y pasear por las callejuelas del Puerto Viejo garantiza unos recuerdos inolvidables. «Esa imagen la echo de menos. Aquí no tengo ese horizonte de mar tan bonito», añora Jimena Larroque, que ha cambiado esa postal por una más tranquila. Menos salvaje. Hace siete años se trasladó a Montpellier, al sur de Francia. Una ciudad a 10 kilómetros del Mediterráneo y que los franceses conocen como 'la ciudad en la que el sol nunca se acuesta'. No sabe si fue por el brillo de la luz, el ambiente joven de la metrópoli o la cultura gala, pero esta getxotarra de 30 años alargó su estancia de Erasmus... y allí sigue.

Sus padres tienen gran parte de responsabilidad en que a Jimena le atraiga todo lo relativo al país vecino. Cursó el bachillerato en el Instituto Francés de Bilbao y, como dominaba el idioma, el siguiente paso fue marcharse. Tuvo que esperar al último año de la licenciatura de Derecho, y gracias a la beca Erasmus pudo cumplir su meta de una forma sencilla. «Era como volver a mi pasado y cerrar un ciclo. Caí en Montpellier por azar, pero me pareció un buen sitio por tener fama de universitario», recuerda.

Una vez allí empezó a hacer amistades que le ayudaron a redefinir su trayectoria profesional. Por esta razón, al cumplirse el plazo de vuelta Larroque decidió no irse. «Me pareció muy corto 9 meses de Erasmus y conseguí una beca francesa que me introdujo en mi doctorado en Ciencias Políticas». El 9 de diciembre de 2010 defendió su tesis frente a un jurado compuesto por tres profesores franceses, uno español y otro italiano. El resultado no pudo ser mejor: un sobresaliente. 'Cum laude'. Una recompensa a tantas horas invertidas en el estudio comparativo de las políticas de integración de extranjeros en Cataluña y el País Vasco.

Se siente una privilegiada al haber tenido toda su tesis financiada por el Gobierno francés y por el vasco. Eso sí, mientras preparaba su proyecto sacó tiempo para dar clases de psicología y ciencia política. Pero la mayor parte de las horas las ha pasado metida en un cuarto en plena ciudad de Montpellier. Cinco años de investigación que le han impedido conocer en profundidad el país galo. «Estoy cómoda aquí, sin descartar volver a casa. Pero tengo la sensación de que debería conocer mejor Francia».

Sin hipotecas

Tiene muchos planes, un poco a la aventura. Su intención es terminar un proyecto del que forma parte hasta mayo en la ciudad de Montpellier, donde es corresponsable de un seminario franco-español sobre temas de identidad transfronteriza. Pero como es una vez al mes, esta vizcaína tiene pensado mudarse en marzo a París. «Me voy sin trabajo porque ahora empiezan los cursos postdoctorales y quisiera introducirme en la universidad. Además, ¡me daría pena irme sin conocer bien la capital! Será un periodo de transición». Y qué mejor que pasarlo en la 'ciudad de la luz'.

Con el idioma no tendrá problema porque se desenvuelve a la perfección, pero se tendrá que acostumbrar al ritmo de París, como en su día hizo en Montpellier. «La mayor diferencia que encontré al principio es que los jóvenes se mueven más, tienen menos reparos a dejar la casa familiar». No existe la mentalidad de propiedad y los gobiernos prestan ayudas para los alquileres. «Les parece impensable con 30 años meterse en una hipoteca. Pero lo curioso es que veo gente cada vez más joven con carritos de bebé. Y es porque se conceden muchas ayudas a la natalidad».

Otra actitud de los franceses que le llamó la atención fue su carácter crítico. «Se quejan mucho porque están muy implicados en la vida política y en la actualidad», apunta. Eso sí, hay dos aspectos de su cultura de los que se sienten muy orgullosos. «Alardean de su gastronomía y de hablar muy bien, es decir, de tener buena retórica y ser analíticos». Y a pesar de que son muy hospitalarios con los vascos -«sienten simpatía hacia nosotros», puntualiza Larroque- no dejan de tener una pose algo tiesa. «Hablan más bajo, son más discretos y suelen mostrar muy buenas formas».

Ese refinamiento hace que sientan curiosidad por sus vecinos del otro lado de la frontera. «A los franceses les fascina nuestra espontaneidad. Les preguntas por Almodóvar y te dicen que les encanta. Les parecemos exóticos a pesar de estar ahí al lado». Lo que más le divierte a ella es poder ver esas mezclas en directo. A ella le suelen confundir con una alemana por el acento y esa situación le parece cómica. Así que muchas veces se siente como «una observadora» que conoce muy bien las claves y las maneras de estar y ser en el país, pero que no deja de ser una extranjera.

Ya conoce una cara de Francia: el sur y el calor. Ahora quiere descubrir la otra mitad. De momento se conforma con disfrutar de París, donde las conexiones a Bilbao son más fáciles y rápidas. «Me lo tomo con calma, sin fechas. Aún no tengo muy claro mi sitio».

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