Un jubilado cubano mata a su mujer con una escopeta en Vitoria y luego se suicida

Su hijo encontró sin vida a la pareja, de 76 y 82 años, en el piso que comparten en el barrio de Lakuabizkarra

D. GONZÁLEZ VITORIA.
Los dos cadáveres fueron trasladados al Anatómico Forense pasadas las nueve de la noche. ::                             IOSU ONANDIA/
Los dos cadáveres fueron trasladados al Anatómico Forense pasadas las nueve de la noche. :: IOSU ONANDIA

Un hombre de 76 años acabó ayer con la vida de su esposa, de 82, y luego se suicidó con la misma escopeta de caza en el vitoriano barrio de Lakuabizkarra. La tragedia conmocionó a toda la ciudad a última hora de la tarde. Hacia las 18.00 horas, los dos cuerpos fueron encontrados por el hijo de ambos, con quien compartían vivienda en el segundo piso del número 7 de la calle Landaverde. Allí también vivía su nuera y su nieta.

La Ertzaintza trabaja con varias hipótesis, aunque no da por hecho que se trate de un caso típico de violencia de género. Fuentes de la investigación confirmaron a este periódico que no había «ni denuncias, ni antecedentes, ni testimonios» previos que hiciesen sospechar que el hombre maltratase a su mujer. Asimismo, las primeras pesquisas policiales, añadieron los mismos medios, apuntan a que el presunto homicida podría padecer «tendencias suicidas».

Es el testimonio del hijo el que ha hecho llegar a las autoridades a esta conclusión. Según declaró, su padre había manifestado de manera recurrente en los últimos tiempos que se iba «a matar». Los temores se hicieron realidad ayer, pasado el mediodía, aunque antes de quitarse la vida asesinó a su esposa. Varios vecinos dijeron escuchar una fuerte discusión. Y entre las 16.00 y las 16.30 horas oyeron dos disparos.

Doble nacionalidad

La pareja era de origen cubano, aunque tenía raíces españolas y disponía de doble nacionalidad. Hace dos décadas llegaron a Araia, y desde hace ocho años residían en Vitoria. El piso que ahora ocupaban, una VPO propiedad de su hijo, se había convertido en su hogar hace seis años, en el mismo momento en que el Gobierno vasco entregó la promoción. Allí también habitaba su nuera, que recientemente había llegado de Cuba, y la nieta, que el año pasado había hecho la Primera Comunión.

Los vecinos de la pareja vieron al hombre, Pablo Alexis R., a las 13.00 horas de la tarde. Llegaba a comer a casa como cada día en la furgoneta del negocio que regenta su hijo, Pedro R., un taller mecánico ubicado en la calle Portal de Bergara, en las proximidades del pabellón Buesa Arena. Sus conocidos apuntan a que ambos estaban muy unidos.

A la hora de comer se produjo la fuerte discusión y luego llegó el crimen. Sin embargo, los cuerpos no fueron descubiertos hasta una hora más tarde. El hijo del matrimonio, ante la ausencia de su padre en el taller -a donde iba diariamente para ayudarle con el negocio- fue al piso, donde se encontró con ambos cadáveres. A las 18.00 horas de la tarde telefoneó a la Policía. En el registro de la vivienda los agentes constataron que el asesino y suicida había reventado el armero donde su hijo, aficionado a la caza, guardaba el arma con llave. Con ella disparó a su mujer, Ela, en el abdomen, para luego descerrajarse él mismo un tiro en el cuello.

Pasadas las 18.30 horas llegaron al lugar varios responsables de Seguridad Ciudadana, encabezados por el alcalde, Patxi Lazcoz, y el concejal del ramo, José Manuel Bully. A las 19.45 se personó el juez para el levantamiento de los cadáveres y los cuerpos fueron trasladados pocos minutos antes de las 21.30 al Instituto Anatómico Forense del Palacio de Justicia de Vitoria, donde se les practicó la autopsia.

«Sociables y educados»

El suceso conmocionó a los residentes del lugar, donde nunca se había producido una situación semejante y, como casi siempre sucede en estos casos, todos aseguraban que nada hacía presagiar la tragedia. La vecina que vive «pared con pared» con la familia recordaba en el portal que «nunca había escuchado ni discusiones ni nada, y aquí se oye todo». El matrimonio y su familia estaban plenamente integrados en la comunidad, donde compartían comidas y reuniones amables con otros vecinos. «Eran los primeros en ayudar cuando hacía falta e, incluso, íbamos a comprar juntos al Eroski los sábados», añadía un señora. Era una gente «muy normal, sociables y educados».

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