El fútbol cura heridas en Haití

Un médico serbio ayuda a jóvenes discapacitados sin recursos devolviéndoles la dignidad con un balón

MERCEDES GALLEGO ENVIADA ESPECIALPUERTO PRÍNCIPE.
Los Tarántula, con camiseta azul, se enfrentaron el domingo al Equipo Nacional de Minusválidos haitianos y perdieron 2-0. ::                             M. GALLEGO/
Los Tarántula, con camiseta azul, se enfrentaron el domingo al Equipo Nacional de Minusválidos haitianos y perdieron 2-0. :: M. GALLEGO

No es fácil tocar el balón con un muñón, la pierna fantasma parece seguir conectada al cuerpo, aunque en realidad se encuentre en algún vertedero de Puerto Príncipe o bajo una montaña de escombros olvidada. En Haití, lo peor de perder una pierna o un brazo no es la minusvalía física sino el estigma social. Eso lo sabe bien el médico serbio Davor Krcelic, que desde marzo vive en Puerto Príncipe equipando de prótesis a los miles de amputados que dejó el 'goudou-goudou', como se conoce en criollo al terremoto por el bramido que soltó la tierra.

«Cuando alguien pierde un miembro del cuerpo se considera que hizo algo muy malo», explica. «Dios lo castiga quitándole un brazo o una pierna para que todo el mundo lo sepa. Es terrible». Quizás por eso Jeune Fritzne vive bajo un toldo en el patio trasero de un amigo, en lugar de con su familia, pero cuando se le pregunta por ella resulta evasivo. El muchacho de 22 años solo confirma que no tiene trato con ellos.

Se diría que una sociedad que tiene entre 2.000 y 4.000 amputados habría cambiado de mentalidad, pero no es así. La superchería en Haití está fuertemente arraigada en la ignorancia. Lo único nuevo es la presencia de gente como Krcelic, que no está dispuesta a dejar que los minusválidos del terremoto se sigan arrastrando por el barro de los campamentos.

En marzo dejó su consulta de Santo Domingo e instaló un taller de prótesis ortopédicas en Puerto Príncipe. En la ciudad hacinada donde la gente dedica la jornada a llevar agua o a cocinar en la hoguera «lo más difícil fue lograr que acudieran a mi taller», admite. Con un traductor y un coche donado por Knights of Columbus (Los caballeros de Colón) se dedicó a buscar a sus pacientes por los campamentos.

El primer milagro lo hizo dándoles muletas. Con eso los sacó del suelo, dejaron de arrastrarse y pudieron llegar a las letrinas. El segundo fue con una pierna protésica. Ahí ya lograron volver a caminar y hasta a montar en moto. El tercero fue ponerles un balón por delante. El fútbol, el opio del pueblo que enajena a las masas, les devolvió la dignidad que les quitó el oscurantismo popular.

La idea no fue suya, sino de un millonario texano que en mayo pasado entró en su taller buscando discapacitados para crear un equipo de fútbol. Krcelic le dio con gusto los teléfonos de 40 de «sus hijos», que pronto estuvieron entrenando con el texano. A las tres semanas éste les informó de que se quedaría con los 15 mejores. El resto entró cabizbajo por la puerta del médico serbio con las ilusiones hechas trizas.

«¡Al carajo con ellos!», bramó Krcelic. «Yo recojo a todos los rechazados. Formaremos nuestro propio equipo y un día ustedes van a ser tan buenos que le van a patear el trasero a los pendejos que los botaron», cuenta con su acento dominicano.

Así nació el equipo de los Tarántula (Zaryen, en criollo), bajo el logo de una araña negra a la que le falta una pata. Incluso sin la prótesis que le cambió la vida, Jeune corre por el campo a más velocidad que cualquier persona con dos piernas. «¡Es que él tiene tres!», se ríe el médico al verle correr con las muletas.

La de carne y hueso que le falta no quedó entre los escombros donde pasó dos días atrapado bajo un muro de cemento, sino en el hospital de Santa Caterine, en el peligroso barrio de Cité Soleil, donde pasó ocho días esperando a que le viera un médico. Al sexto supo que perdería la pierna, ennegrecida por la gangrena. «Cuando una enfermera empezó a limpiarme la herida infectada con alcohol, no sentí nada. Entendí que no tenía salvación». Del quirófano lo sacaron al aparcamiento por falta de camas, y de ahí se fue a vivir al patio de su amigo, a aprender a ser minusválido a la intemperie bajo un plástico.

El Barça, el mejor

Pero hasta en Haití el fútbol trasciende miserias. Los de las chabolas de Cité Soleil se hermanaron con los seguidores de las favelas de Río, y cuando Brasil fue eliminado «dos personas se suicidaron», asegura el médico serbio. «Uno se tiró por la ventana y otro a un autobús». Jeune fue más práctico, se hizo seguidor de España. «El Barça es el mejor equipo del mundo», asegura sonriente.

Antes del terremoto solo jugaba al fútbol ocasionalmente. Ahora practica tres veces en semana. El doctor Krcelic le paga de su bolsillo el transporte público, unos 10 o 12 dólares (entre 7 y 9 euros) por práctica para todo el equipo. Los uniformes y otros enseres llegan con donaciones de fundaciones. El material para las prótesis lo pone Medishare.

De acuerdo a las reglas internacionales, sobre el campo no sirven porque quienes perdieron la pierna por debajo de la rodilla tendrían ventaja. Tiempos de 25 minutos, tocar el balón con la muleta es falta, el juego duro no se consiente, al portero le falta un brazo.

El Equipo Nacional de Minusválidos haitianos que fundara el texano ha jugado desde entonces en Argentina, Francia y Estados Unidos. Los Tarántula disputaron ante ellos el domingo su primer partido serio. Y pese a todas las ganas que tenía Krcelic de que sus hijos vengaran el desplante en el marcador, eso sería un final de Hollywood. En Haití los Tarántula perdieron 2-0.

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