Defenderé la casa de mi padre

MIGUEL ZUGAZADIRECTOR DEL MUSEO DEL PRADO

Así comienza el célebre poema de Gabriel Aresti que recomiendo releer en estos días de desasosiego. Eduardo Chillida tomó su título euskérico, 'Gure aitaren etxea', para nombrar la escultura de hormigón armado en homenaje a la paz que situó a un centenar de metros mirando hacia la Casa de Juntas en Gernika. Un gran muro semicircular que recuerda la estructura fortificada de las casas-torre de nuestra tierra. Casas nuevamente horadadas por las guerras y por el paso del tiempo que a pesar de todo se mantienen en pie orgullosas defendiendo el lugar, el sitio.

Paradójicamente, desde que abandonara los estudios de arquitectura, Chillida no dejó nunca de idear casas a la manera poética de la que hablaba Gaston Bachelard, moradas para la sensibilidad del hombre contemporáneo, para sí mismo o para otros artistas: Goethe, Hokusai o Bach. Buscó esos espacios dentro de la piedra, torsionando el hierro en la forja o construyendo literalmente sus muros con la técnica de Torroja. Recuerden que muy pronto dejó de lado el bronce porque le resultaba inverosímil no poder acceder al espacio interior que liberaba la cera perduta.

Con esta idea de habitar el espacio, que fue creciendo con el tiempo, se enfrentó ya al final de su carrera a dos grandes proyectos. El primero y más utópico, Tindaya, la construcción de un gran hipogeo en aquella sagrada montaña de Fuerteventura. El segundo, el más propio y sentido, la rehabilitación del viejo caserío de Zabalaga del siglo XVI en Hernani para disponer allí su obra y para, como Ulises, volver a casa. El primero no llegó a ser más que un sueño materializado en un gran trozo de alabastro. El segundo afortunadamente prosperó convirtiéndose en una realidad desde el momento en el que el escultor vasco decidió intervenir en la ruinosa casa, para literalmente desnudarla en la búsqueda de su espacio más amplio y transparente, y a poblar campas y hayedos de grandes esculturas que dialogaban con la naturaleza.

Chillida-Leku fue su última gran obra, con la que además nos trasladaba el mensaje más contundente y universal de todo su quehacer en el arte. Así lo dejó hecho y dicho: «Yo soy de los que piensan, y para mí es muy importante, que los hombres somos de algún sitio. Lo ideal es que seamos de un lugar, que tengamos las raíces en un lugar, pero que nuestros brazos lleguen a todo el mundo, que nos valgan las ideas de cualquier cultura. Todos los lugares son perfectos para el que está adecuado a ellos y yo aquí en mi País Vasco me siento en mi sitio, como un árbol que está adecuado a su territorio, en su terreno pero con los brazos abiertos a todo el mundo. Yo estoy tratando de hacer la obra de un hombre, la mía porque yo soy yo, y como soy de aquí, esa obra tendrá unos tintes particulares, una luz negra, que es la nuestra».

Estas palabras siguen siendo el emblema del museo y figuran en la 'homepage' de la web de Chillida-Leku junto a un bello álbum de imágenes que permite, a quienes no pueden acercarse estos días por allí, disfrutar de aquel especialísimo lugar de arte. Su historia, la de la obra del hombre, podía haber concluido así y sin más protocolos, con su muerte, un día después o diez años más tarde. Sin embargo, y me constan sus dudas al respecto, decidió junto a su familia ofrecer aquel espacio, su lugar, a los ciudadanos de cualquier parte y de cualquier cultura, una ofrenda especialmente generosa para quienes como a él nos ha tocado echar raíces en ese pequeño trozo del mundo. Un lugar para encontrarnos, individual y colectivamente. Un lugar que nos representa. Un lugar, al fin y al cabo, que merece la pena defender como si fuera la casa de nuestro padre.