Fútbol puro y duro

Las categorías regionales son un reducto de la esencia de este deporte. EL CORREO reúne a presidentes y técnicos de cuatro clubes de División de Honor para conocer ese espíritu y su esfuerzo de supervivencia

IVÁN ORIO
Varios futbolistas del Indautxu, de División de Honor, se entrenan en el campo bilbaíno de Iparralde. :: REPORTAJE FOTOGRÁFICO: MITXEL ATRIO, PEDRO URRESTI Y MIREYA LÓPEZ/
Varios futbolistas del Indautxu, de División de Honor, se entrenan en el campo bilbaíno de Iparralde. :: REPORTAJE FOTOGRÁFICO: MITXEL ATRIO, PEDRO URRESTI Y MIREYA LÓPEZ

Aún quedan reductos, cada vez menos, en los que es posible disfrutar de la esencia del fútbol y encontrarle su valor en sí mismo. Ese espíritu en cierto modo romántico, labrado con pasión y esfuerzo cada fin de semana en campos semivacíos y desangelados, está a años luz del que mueve millones de euros y genera ingresos insultantes para las televisiones incluso en tiempos de crisis. Hablamos del fútbol de las categorías regionales, de un fútbol puro, por su naturaleza 'amateur', y duro, por el sacrificio diario de jugadores, técnicos y directivos, que rebosa de su sustancia original y que llena a sus casi siempre anónimos protagonistas a pesar de las dificultades económicas. EL CORREO ha querido conocer de primera mano a los guardianes de este fútbol auténtico, sin aditivos económicos ni mediáticos. Para ello, ha organizado un debate con los presidentes y entrenadores de cuatro clubes vizcaínos de División de Honor: José Hernández y Jon Aingeru González, del Indautxu; Luis Sánchez y Ritxi Arrien, del Getxo; Miguel Pérez y Oskar Tabuenka, del Juventud Somorrostro; y Juan Ignacio Bilbao y Gorka Bidaurrazaga, del Apurtuarte. La reunión se celebró en el hotel Artaza de Getxo en un ambiente de camaradería propio de quienes se entienden casi con las miradas porque mantienen las mismas ilusiones y sufren problemas muy parecidos.

Uno se pregunta qué puede mover a alguien a convertirse hoy en día en dirigente de un equipo regional, al que debe dedicarle horas y horas de su ocio para mantenerlo a flote en un trabajo oscuro, muchas veces ingrato, y con la mayoría de las puertas de financiación cerradas. Porque la imagen del presidente trajeado y sentado tras una mesa en un despacho bien amueblado y con los bancos a sus pies es de otra galaxia. En División de Honor y categorías inferiores el máximo responsable de un club es el primero en salir a la calle a vender papeletas de una rifa, el que pega carteles para anunciar los partidos y el que presta su coche para que sus futbolistas puedan desplazarse a los estadios rivales. Y qué decir de los jugadores. Nada que ver con los profesionales de Primera División, que se ejercitan unas horas por la mañana, tienen la mayoría de las tardes libres y no se deben preocupar de ninguna cuestión porque siempre hay un empleado que les deja en su taquilla la ropa para el entrenamiento o la bolsa de viaje con la equipación lavada y planchada. El fútbol provincial supone sacrificio, entregarse a cambio de un premio moral sustentado en la autoestima personal, y no material. Supone, por ejemplo, estudiar o trabajar durante el día y empezar la preparación deportiva a partir de las 20.00 horas, con el cuerpo y la cabeza ya cansados. Supone también, en algunos casos, cambiar los turnos laborales para poder disputar el partido un sábado a última hora de la tarde o el domingo por la mañana. Y supone, cómo no, renunciar en cierta medida al modo de vida cotidiano para estar bien físicamente y no descuidar la dieta en exceso.

Vida ajetreada

Los entrenadores también llevan una vida ajetreada, ya que deben atender sus trabajos, sus negocios y sus obligaciones familiares antes de ir al campo de entrenamiento. Empezar a las 20.00 horas implica que estos técnicos llegan a casa sobre las once de la noche tres o cuatro días a la semana. Todos ellos, sobre todo los que han sido futbolistas de élite, tienen en mente un ideal de juego, un esquema perfecto, una disposición precisa, una fórmula que creen puede funcionar... Pero la División de Honor es otro mundo, a pesar de que la generalización de la hierba artificial, algo impensable hace unos lustros, favorece la labor táctica. La igualdad es máxima y toda la preparación previa a un partido puede venirse abajo en un santiamén por un despiste o una carambola. Y, a la hora de exigir a sus hombres, deben tener claro que no son profesionales, que a la fatiga propia de un encuentro deben sumar la acumulada durante horas y horas en el puesto laboral, su sustento real, o delante de unos apuntes.

Los presidentes reunidos por este periódico llegaron a sus cargos por diferentes motivos, pero tienen una cosa en común: los cuatro trabajan, tienen familia y el tiempo de supuesto 'descanso', el que la inmensa mayoría de la población dedica a relajarse, ellos lo destinan a sus clubes. A buscar patrocinadores, a hacer cabriolas para que las cuentas cuadren, a idear loterías y otras actividades para dinamizar la entidad y hacer algo de caja, a incrementar las subvenciones...

Luis Sánchez, del Getxo, aterrizó en Fadura porque sus dos hijos estaban en el equipo. Era un padre más, pero casi sin darse cuenta estaba al frente de la junta directiva y desde entonces ha pasado prácticamente una década. Juan Ignacio Bilbao, del Apurtuarte, jugó en este equipo de Erandio Goikoa, acumula ya 17 años como dirigente y llegó a la presidencia en 2001. Y eso que dice que tiene «demasiado carácter» para el puesto. Miguel Pérez, del Somorrostro, es socio casi desde la cuna, ya que su aita también se desvivió por el club. Y José Hernández, del Indautxu, se estrena este año y su relación anterior con el fútbol fue a través del arbitraje -se oyen todo tipo de chanzas del resto de contertulios durante el debate-. «Incluso expulsé en un partido a alguno del Indautxu», recuerda con media sonrisa.

Hablan el mismo idioma, aprendido de un sinfín de negativas de esponsorización y de una imaginación desbordante para obtener ingresos. «Sin la entrega de estas personas el fútbol regional podría llegar a desaparecer», reconoce el ex lateral del Athletic Oskar Tabuenka. El Getxo tiene 127 socios de pago, el pastel de las subvenciones está muy repartido en un municipio con tantos deportes diferentes y llegan a vender 14 entradas cuando el rival es de una localidad cercana. El Indautxu no llega a un centenar de 'abonados' y los ingresos por taquilla son también testimoniales. El Apurtuarte suma 560 socios, las entradas no dan para mucho y el propio presidente se mete en el bar del campo de Arteaga para cuadrar presupuestos. El Somorrostro tiene 1.525 'abonados' porque los niños no pagan cuotas a cambio de que tanto ellos como sus familias formen parte de la masa social. La afluencia media es de unos 200 aficionados, pero por taquilla nunca pasan más de treinta.

Lejos quedan los años 80, cuando los campos de Regional, la inmensa mayoría de tierra y sin gradas, bullían con un ambiente espectacular. Por aquel entonces sólo se emitía un partido de Primera por televisión y los aficionados estaban ávidos de ver más fútbol. Pero la retransmisión masiva de encuentros nacionales e internacionales, la proliferación de cadenas especializadas y el protagonismo alcanzado por otros deportes han vaciado los estadios de División de Honor. La anecdótica venta de localidades, antaño una destacable fuente de ingresos para estos clubes, dibuja campos casi desiertos en los que los gritos de los entrenadores y de los jugadores pueden incluso escucharse al otro lado del muro. Todavía queda un público fiel a esta categoría, pero es insuficiente para situarla donde se merece.

El debate entre los ocho contertulios se intensifica. Coinciden en el mérito que tienen sus futbolistas, herederos del fútbol por el fútbol. Sus salarios son mínimos. Son dietas que les permite pagarse la gasolina de los desplazamientos a los entrenamientos y a los partidos. A veces hay un sobre a final de temporada si las cosas han ido bien. En el Apurtuarte los jugadores sólo cobran primas cuando ganan, aunque el significado de ese concepto, siempre ligado a sumas millonarias en Primera, se reduce a la mínima expresión en Regional. Entre 70 u 80 euros por victoria. «Eso sí, las meriendas-cena que suele haber después de los entrenamientos son impresionantes y además ayudan a crear grupo», dice el técnico Gorka Bidaurrazaga con un gesto de complicidad hacia el presidente de la entidad, Juan Ignacio Bilbao.

El gusanillo

Grupo, bloque, unidad. Son las palabras más repetidas por los preparadores durante la conversación. Las plantillas integran una curiosa mezcla de veteranos con jóvenes procedentes de la categoría juvenil. «Si los veteranos están comprometidos tienes mucho ganado», subrayan al unísono los técnicos, convencidos de que los 'novatos' necesitan que los 'mayores' les enseñen el camino para habituarse cuanto antes a una Liga dura en la que la mayor parte de los partidos arrojan resultados ajustados. También comparten la opinión de que resulta muy complicado confeccionar los planteles. «Recurres a otros entrenadores para tener referencias de los futbolistas. De cómo juegan, pero también de su comportamiento en el vestuario. En esta categoría como se te revuelva el gallinero estás perdido».

A Bidaurrazaga, Tabuenka y Arrien les une su pasado en el Athletic como futbolistas. «Cuando era jugador terminaban los partidos y, sí, si perdías te comías la cabeza, pero como entrenador me he dado cuenta de que le das vueltas a la cabeza las 24 horas del día, y porque sólo tiene 24. Te metes en la cama y ves a los tuyos situados y te preguntas 'si pusiera a este o aquel allí'», apunta el técnico del Getxo. «Lo mío con el fútbol tiene su cosa, porque lo tuve que dejar por las lesiones y ya no lo quería ver ni en pintura, pero el gusanillo siempre había estado ahí», añade. «Nuestra categoría -desliza Tabuenka- es muy competitiva y tienes que exigir máxima concentración para que no te pillen desprevenido». El ex rojiblanco también llegó de rebote al mundo de los banquillos, pero el mismo gusanillo que atrapó a Arrien, Jon Aingeru González y Gorka Bidaurrazaga le enganchó a él.

La charla se anima y ya hay conversaciones cruzadas, todas de fútbol. Por un momento parecen olvidarse del 'intruso' de la grabadora y dan rienda suelta a sus preocupaciones, a los fichajes, a lo pequeño que es determinado campo y a los enfrentamientos entre ellos. «Algunos partidos los grabamos en vídeo y los analizamos con nuestros jugadores, pero cuando saltas al campo la idea que te habías hecho del rival es muy distinta. Siempre son mejores», se escucha en la mesa en medio de una sonora carcajada. Los presidentes hablan de los premios de las rifas, de lo difícil que sería asumir un ascenso a Tercera, aunque resultara fabuloso deportivamente, de los costoso que es en plena crisis convencer a un comerciante de que pague una cantidad para que su tienda figure en los carteles anunciadores de los partidos... Un contertulio mira el reloj. Es media tarde y hay que cerrar algunos asuntos en el club. Y a las ocho hay entrenamiento.

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