Últimos días en Chillida Leku

El lugar es una maravilla; la obra expuesta única, pero raro es el visitante que repite El futuro del museo del escultor guipuzcoano queda pendiente de los acuerdos, nada fáciles, que puedan cerrar las instituciones y los herederos del artista

FERMÍN APEZTEGUIA FAPEZTEGUIA@ELCORREO.COM
Mal tiempo. El viento de otoño deposita varias hojas sobre una de las moles de acero forjadas por Eduardo Chillida. ::
                             FERNANDO GÓMEZ/
Mal tiempo. El viento de otoño deposita varias hojas sobre una de las moles de acero forjadas por Eduardo Chillida. :: FERNANDO GÓMEZ

«Nací en San Sebastián, pero vivo aquí desde hace más de 50 años. Me llamo Emilia Zozaia. Tú pon 'Emili', que es como me conocen todos en Hernani. ¿Quieres saber qué le pasa a Chillida Leku...? ¡Josús! ¡Qué lluvia más desagradable...! Pues mira, te lo voy a contar rápidamente... Sé que va muchísima gente, porque lo veo desde el autobús, que pasa justo por delante. Yo estuve allí una vez... Fue un día de puertas abiertas, con bertsolaris, cantantes... Lo pasé muy bien, aunque fui sola, porque tengo unas amigas muy aburridas y no me acompañaron. Fue un día precioso, pero no he vuelto más. Y te dejo, hijo mío, que aquí no se puede estar... ¡Agur!».

Chillida Leku es una finca de 12 hectáreas, a unos diez kilómetros de San Sebastián, que fue adquirida por el artista donostiarra y su esposa, Pilar Belzunce, en 1983. El lugar era, y es, un espacio natural de enorme belleza, salpicado de robles, hayas, magnolios. En medio de aquel entorno mágico, se levantaba un viejo caserón en ruinas, que cuentan que fascinó al artista. Fue como un flechazo.

Eduardo Chillida, uno de los dos escultores vascos más universales junto con Jorge Oteiza, no dudó al contemplarlo de que tenía que ser allí, justo en aquel sitio que los lugareños llamaban Zabalaga, donde haría realidad su sueño. Al principio fue el sitio perfecto para que las grandes moles forjadas con sus propias manos pudieran oxidarse al aire libre y alcanzar el desarrollo pleno antes de ser exhibidas y vendidas por el mundo. Después, la idea original cambió. «Un día soñé una utopía. Quería un espacio donde podrían descansar mis esculturas y que la gente caminara entre ellas como por un bosque».

La familia Chillida asumió desde un primer momento la financiación completa del proyecto. Sin interferencias. Solo querían que Chillida Leku fuera lo que la mente del cabeza de familia había imaginado, un paseo por la trayectoria profesional y artística del hombre que logró domar el hierro y el acero para convertirlos en el arte del siglo XX. Un sueño hecho realidad.

El matrimonio adquirió la finca en 1984. De la restauración del caserío del siglo XVI que lo preside se ocupó el arquitecto Joaquín Montero, a quien se le pidió que convirtiera las ruinas en un espacio abierto, bañado por la luz, que guardara la máxima fidelidad con su pasado y que sirviera como sala de exposiciones. El caserón recoge en la actualidad la obra de menor formato del artista, con piezas de acero cortén, alabastro, terracota, yeso, madera, papel; y constituye además una de las tres áreas en que se divide Chillida Leku. El jardín de doce hectáreas, donde se muestran unas cuarenta esculturas de mayor envergadura y el área de servicios, con una tienda, un auditorio y la cafetería conforman las otras dos.

La apertura del centro se convirtió en 2000 en una noticia de alcance internacional, lo mismo que la muerte de su creador dos años después. Tras su desaparición, los herederos de Chillida, y en especial su hijo Luis, se ocuparon de la gestión del lugar, que no iba a ser tarea fácil. Chillida Leku vivía su mejor momento, con una media de 90.000 visitas anuales; pero su concepción, como museo monotemático, lo predisponían para tiempos peores. Ya han llegado.

Renovación constante

Los gestores del recinto se ocupan de renovar periódicamente la muestra del autor donostiarra, pero los cambios introducidos en ella resultan insuficientes para despertar el interés de los visitantes. El lugar es una maravilla, la obra expuesta, única; pero es raro el que repite. «Deberían traer exposiciones temporales relacionadas con los movimientos que representa Chillida. El museo tiene que dar la imagen de ser algo nuevo constantemente, si no la gente se cansa», valora Angel Beldarrain, un donostiarra que el pasado jueves se acercó al lugar por tercera vez en estos diez últimos años.

No es lo normal. Muchos vascos no lo han visto ni una sola vez, pero él tiene la costumbre de mostrar tan especial sitio a las personas que vienen a visitarle. Su amigo Edson, de Brasil, no quería marcharse de San Sebastián y perderse la que posiblemente podía ser la última ocasión de contemplar el rincón de los Chillida. La mañana elegida para pasear por las campas de Zabalaga fue la siguiente a conocerse el demoledor anuncio de la familia del artista a través de una nota colgada en su página web.

El 1 de enero es la fecha elegida por los herederos para proceder al cierre definitivo del recinto y para que entre en vigor el expediente de regulación de empleo temporal que afectará a sus 27 trabajadores. Según explican, las instalaciones han ido perdiendo público año tras año hasta ver reducido su número de visitas anuales en un tercio. Los 90.000 que abarrotaban el museo al principio, la mayoría de fuera de Euskadi, se han quedado en unos 60.000. No es suficiente. Las arcas del museo se enfrentan a un «grave déficit», que sus gestores atribuyen a la crisis ecónómica.

El anuncio de cierre ha servido para conocer por encima la existencia de una negociación entre la familia del artista y el Departamento de Cultura del Gobierno vasco con el fin de salvar Chillida Leku. Por lo que se sabe, el Ejecutivo está abierto a un acuerdo siempre que «implique un cambio en el modelo de gestión» del centro. Los Chillida han contestado que ni hablar. Dicen que están dispuestos a un pacto «siempre que se respeten las condiciones» que consideran «imprescindibles para asegurar la continuidad tal y como la definieron Eduardo Chillida y Pilar Belzunce».

En otras palabras, el Gobierno vasco, que subvenciona las instalaciones, no puede meter más dinero en un proyecto privado si no hay un convenio que, al menos, le permita «compartir la propiedad patrimonial». La familia no parece dispuesta a aclarar este aspecto, pero por lo que se sabe, su principal condición está clara: quieren que la gestión y la propiedad siga siendo privada y que las pérdidas las cubran las instituciones públicas. «Hay líneas rojas que no están dispuestos a saltarse», han dicho fuentes cercanas a la familia.

Nuevas y viejas ofertas

El alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, ciudad que contribuye al proyecto Chillida con la financiación de programas escolares, ha aportado a la polémica algunas claves que también resultan interesantes. «No creo que hagamos bien en plantear y en crear nuevas ofertas culturales de envergadura sin tener en cuenta la existencia de otras instalaciones o festivales de trascendencia que representan la oferta singular del País Vasco», ha dicho. Lo que traducido suena a algo parecido a ¿qué sentido tiene hablar de un Guggenheim 2 cuando en Euskadi va a cerrarse el museo de Chillida y se tambalea la celebración del principal festival de cine de España, que es el de San Sebastián?

Los herederos han declinado hablar en este reportaje y tampoco han permitido que lo hagan sus empleados. El Ayuntamiento de Hernani también ha optado por el silencio. «Conozco a Chillida desde que era estudiante», recordaba el jueves Alberto García, un arquitecto de Huelva de vacaciones por Euskadi, junto con su esposa, Pilar Zalbide. Bajo la incesante lluvia de la jornada y con un catarro que le había dejado casi sin voz, Alberto clamaba por un acuerdo. «Fue un genio, innovador en su manejo del espacio. Gobierno, familiares, particulares, empresas, artistas, quienes sean, por favor, hagan algo. Sería lamentable que se perdiese».

El jueves fue un mal día. Viento, agua. Apenas acudieron una excursión de alumnos de la localidad vizcaían de Loiu y una decena de visitas más, varias de ellas atraídas por la amenaza de cierre. Al filo de las tres de la tarde llegó un grupo de 13 personas, empleados de hostelería de Mallorca, que disponían de dos días en el País Vasco y querían ver el museo Guggenheim, San Sebastián y la obra de Chillida. Se quedaron con las ganas. «Lo sentimos. Cerramos a las tres», les dijeron. Un vigilante jurado cerró el recinto. «Lo habíamos dejado para el final para marcharnos con buen sabor de boca», se lamentaba Verónica Escribano. Entretanto, su compañero José Manuel Rubiales tomaba una fotografía de las esculturas desde el exterior. Sigue lloviendo. Otoño en Chillida Leku.

Ocurrió hace solo diez años, pero eran otros tiempos. Ni los Reyes, de visita oficial, ni Gerhard Schroeder, canciller alemán de la época, ni mucho menos Eduardo Chillida se imaginaban aquel 1 de septiembre de 2000 que el museo que inauguraban entonces, dedicado en exclusiva al genial escultor vasco, tenía los años contados. Diez, nueve, ocho... Solo faltan 26 días para llegar a cero y, si nadie lo impide, la próxima Nochevieja, de Chillida Leku quedará únicamente el recuerdo. Abatido por una gestión económica inviable y ahogado por la crisis, el recinto cultural de Hernani se prepara para echar el cerrojo. ¿Serán las instituciones capaces de salvarlo? ¿Lo serán los herederos del artista? ¿Qué es en realidad lo que ha pasado aquí? «Un día tuve un sueño...». Posiblemente son esas las palabras del herrero donostiarra que más se recuerdan estos días. Tienen algo de premonitorio. El paraíso está a punto de saltar en pedazos.