Revitalizar las ideas

El resultado electoral en EE UU refleja el «desafío ante el que se encuentran todas las democracias occidentales. Tenemos un objetivo claro, que es construir una Euskadi de ciudadanos libres, solidaria, sostenible y competitiva»

PATXI LÓPEZ
Revitalizar las ideas

Todos aquellos que vivimos con ilusión la llegada del presidente Obama a la Casa Blanca hace dos años no hemos podido reprimir un cierto sabor amargo por la derrota sufrida en las elecciones legislativas del pasado martes, que han configurado un Congreso eminentemente republicano en pleno ecuador de su mandato. Tras las dos legislaturas de George W. Bush, marcadas por la profundización en las desigualdades sociales y una política internacional abusiva y de dudosa legalidad, Obama cautivó a buena parte de América y del mundo con un discurso inspirador, que auguraba el fin de todos los excesos de su predecesor, y se convirtió, aun con matices, en un referente para una izquierda europea cada vez más desplazada de los centros de poder y necesitada de espejos en los que mirarse.

Las expectativas eran tales que Obama estaba condenado a defraudar. Lo que no esperábamos es que esta decepción fuese tan inmediata y de tal magnitud. El efecto Obama ha demostrado no ser inmune a una crisis global y sistémica que afecta a todo el mundo y que condiciona el conjunto de políticas públicas. Ni sus primeros esfuerzos para sostener el sistema financiero, ni las diferentes medidas anticrisis que ha ido impulsando después han evitado el desencanto en amplios sectores de la sociedad americana, más afectada por las tasas de paro que por las promesas a largo plazo de su presidente.

Junto a ello, ha pesado el emergente y aterrador Tea Party, situado en la extrema derecha de un ya de por sí conservador Partido Republicano. Obama y sus reformas han sido blanco constante de un movimiento ultramontano que ha sabido catalizar el descontento social hacia la Administración de Washington con un discurso populista, agresivo y, en ocasiones, discriminador.

El mensaje reformista que abanderó en su campaña y que tantas adhesiones consiguió (también entre sectores republicanos) se ve hoy carente de sostén y cada vez más exánime ante un nuevo despertar conservador que aparece respaldado ahora por una importante masa social.

Y es aquí donde los resultados del martes en Estados Unidos deben interpretarse como una llamada de aviso a los progresistas de todo el mundo. Hace falta rearmarse ideológicamente para poder hacer frente con argumentos y políticas a lo que no es sino una nueva revisión del más rancio pensamiento de derechas, limitador de derechos sociales y promotor de desigualdades: lo único que han dicho con claridad y de forma inmediata los republicanos es que van a desmontar los avances en los servicios de salud logrados por Obama.

Porque, también en Europa, estamos asistiendo al resurgir de una mentalidad conservadora, vacía de responsabilidad social, por culpa, en parte, de una izquierda que se despojó hace años de principios consustanciales de su pensamiento. La izquierda europea debe repensarse para recuperar sus principios fundacionales. Debe redefinir su compromiso con el progreso, con la igualdad, la justicia y la solidaridad. Ya he dicho en otras ocasiones que no estoy dispuesto a organizar los funerales del Estado de Bienestar. Muy al contrario, es nuestra obligación hablar con claridad, no ocultar los problemas que está generando una modificación profunda de la demografía en los países desarrollados y plantear las medidas necesarias para sostenerlo. Reconocer que el Estado del Bienestar tiene problemas no es razón para desmontarlo; todo lo contrario, debe servirnos para redoblar esfuerzos.

Todas las izquierdas democráticas del mundo hace tiempo que hemos aceptado el mercado libre como generador de riqueza colectiva. Pero también hemos aprendido que el mercado sin control es origen de injusticia y precariedad para la mayoría de la población. Debemos recuperar, sin complejos, la confianza en nuestros valores. Hemos desterrado para siempre las utopías generadoras de frustración, pero eso no debe llevarnos a abandonar los valores que siempre hemos defendido.

Los neoconservadores nos dicen que quieren reducir el Estado para que las personas tengan mayor libertad. Pero en realidad lo único que quieren es recortar o anular los servicios públicos y dejar a la ciudadanía en el desamparo más absoluto. Nunca plantean reducir el poder y la fuerza coercitiva del Estado, sino sus prestaciones. Con ello no se reduce el poder del Estado, sino que éste se convierte en poder omnímodo frente a los ciudadanos desvalidos. Solo cuando el individuo dispone de recursos suficientes y tiene garantizados por la solidaridad colectiva los medios para el desarrollo de una vida digna puede fortalecer su autonomía, creando una sociedad civil fuerte para poner límites a las intromisiones arbitrarias del poder.

Y esto afecta a Euskadi; a lo que cada uno de nosotros puede y debe hacer para asegurar el futuro de los servicios y prestaciones de nuestro Estado de Bienestar. Hace meses llamé a abrir un debate fiscal no como eufemismo bajo el que esconder una subida de impuestos, sino como marco desde el que reflexionar sobre cómo mantener la calidad y universalidad de los servicios públicos, de las prestaciones sociales, de nuestros derechos y nuestro bienestar.

Debemos hablar claro: el Estado no puede ser el cofre de ahorros que saquean los ciudadanos, sino el resultado de la solidaridad de todos. La ética ciudadana del esfuerzo y el trabajo bien hecho es requisito para construir una solidaridad pública y universal para todos. La solidaridad común requiere de la corresponsabilidad de cada uno.

Tenemos un inmenso debate por delante. Lo ocurrido en Estados Unidos, por lejano que parezca, no es más que el reflejo de un desafío ante el que se encuentran todas las democracias occidentales. Y sí, la ciudadanía vasca quiere afrontar este reto también. Tenemos un objetivo claro, que es construir una Euskadi de ciudadanos libres, solidaria, sostenible y competitiva. Otros tienen otras aspiraciones. La nuestra se llama Euskadi.