Cuando las piedras lloran

Estelas y cruces evocan los nombres de algunos muertos

FRANCISCO GÓNGORAVITORIA.
La cruz del alférez, en Cestafe. ::
                             EDUARDO ARGOTE/
La cruz del alférez, en Cestafe. :: EDUARDO ARGOTE

Los nombres de Policarpo Burguera, Antonia Salazar, Julita Echevarría o Juan Apellániz, no les sonarán a nada a los lectores. Pero los ecos de su muerte aún pueblan hermosos rincones de Álava como un encinar, un quejigal, el parque natural de Izki o una loma con vistas al embalse de Ullíbarri. Son los muertos más queridos, desaparecidos un día en accidente, en un desgraciado homicidio o incluso en combate. A diferencia de los demás ellos tienen un sitio en el cementerio y otro entre las flores o las zarzas, en lugares que les lloran, aunque a menudo pasan desapercibidos. Piedras esculpidas, estelas, monumentos funerarios, cruces comidas por el musgo, los recuerdan contra el olvido para consuelo de las familias que un día los perdieron en dramáticas circunstancias.

Los ramos de flores y las pequeñas cruces que jalonan muchas curvas de las carreteras son una representación moderna de la misma costumbre que ha pervivido entre nosotros. Son incontables.

Uno de los monumentos funerarios que más llama la atención es el dedicado a los ocho jóvenes, siete chicas y un chico, de Eskoriatza y Eibar, que murieron ahogados en el embalse de Ullíbarri Gamboa el 25 de julio de 1958. El tiempo ha borrado el tremendo impacto que aquel suceso provocó en toda España, pero las familias tienen un lugar donde recordar. Un día de fiesta en la isla de Zuaza se tornó trágico cuando el pequeño batel en el que navagaban los jóvenes fue volteado por una repentina tormenta. Solo hubo un superviviente. Un monolito sobre un barco de piedra en Landa recuerda la tragedia y los nombres de los que perecieron.

Un vía crucis

También es espectacular el vía crucis con sus 14 estaciones que asciende hasta la cumbre del monte Isuskitza, que también arranca desde Landa, donde aún queda un altar -el monolito con los nombres fue derribado-, para recordar una de las batallas de la Guerra Civil en Álava. Durante muchos años los carlistas se concentraron aquí para homenajear a los 81 muertos en la frustrada conquista de la cima en manos de los republicanos el 8 de octubre de 1936. A estos les recuerda otro monolito situado en el monte Albertia.

En el Arapa, una pequeña cima cerca de Cestafe, hay una cruz de piedra con una inscripción: «In memoriam. Alejandro Linati Bosch. Alférez del Numancia. 30 de noviembre de 1936». Recuerda al primer muerto de la ofensiva del Ejército vasco-republicano que, con unos 15.000 hombres, pretendía conquistar Vitoria y Miranda, en manos de los sublevados, y que chocó con un muro llamado Villarreal. Centenares de jóvenes de ambos bandos dejaron su vida aquellos días en esas lomas, pero gracias a esa cruz que mandó construir su familia catalana el recuerdo de ese soldado ha pervivido a pesar de que la maleza lo destruye todo. Por ejemplo, los dos búnkeres de hormigón de casi medio metro de espesor que pueden visitarse entre los quejigos, a cien metros de la cruz.

La cruz de Carpo

Una lápida con otra cruz de hierro en medio del marojal de Izki, en la senda Renabar recuerda a Policarpo Burguera, «muerto en 1904 tras una discusión por culpa de los bueyes en un lugar denominado Los Tres Riajos», cuenta Nicolás Apellániz, vecino de San Román de Campezo, de 92 años que conoció la tremenda historia de boca de su padre. «Eso está olvidado. Lo jóvenes no saben qué hace ahí la estela. El culpable pagó con la cárcel», cuenta Nicolás

En otra pequeña roca debajo de una encina muy cerca de Comunión se lee: «En este lugar murió la joven Antonia Salazar Eguiluz el 9 de diciembre de 1942 a los 19 años de edad». «Tuvo un accidente con un carro de bueyes que conducía ella misma», evoca el historiador Borja González de Segura, vecino de la localidad que ha tenido que preguntar a sus mayores y mirar lo archivos para confirmar los datos.

Salvador Velilla en su libro ' Toloño y Cantabria' recoge una estela funeraria con un nombre, Juan Apellániz, y un año, 1858. No sabe más. Solo que la encontró en medio del hayedo, en la cima del puerto de Villafría, uno de los pasos más antiguos de la Sierra Cantabria. No son las únicas lápidas y cruces existentes en Álava, aunque el olvido trabaja sin prisa.

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