Para mayor claridad

XABIER GURRUTXAGA

Estos días se está poniendo de manifiesto lo complicadas que son las relaciones entre las dos grandes referencias del nacionalismo vasco. Una red de relaciones donde se entremezclan coincidencias como el derecho de decisión, con discrepancias de calado por el hecho de la utilización de la violencia, así como sobre las estrategias para el autogobierno. Pero sobre todo lo que se mantiene como constante es la incapacidad para articular un proyecto compartido capaz de aglutinar la pluralidad existente. Una causa de peso es sin duda la relación de rivalidad de espacios y la disputa por la hegemonía sobre el llamado mundo nacionalista.

No descubrimos ningún secreto al afirmar que una pretensión esencial de ETA y de la izquierda abertzale ha sido precisamente arrebatar la hegemonía al PNV para convertirse en los representantes del nacionalismo y por ende del pueblo vasco. La estrategia que mejor se adecuaba a esa pretensión era sin lugar a dudas la basada en la negociación política entre el Estado y ETA. La ruptura del alto el fuego y de las conversaciones de Argel representaron el fracaso de aquella estrategia. En el pacto de Lizarra la izquierda abertzale modificó su modelo de relación con el PNV. Ya no se trataba de ignorarlo, como en Argel, sino de buscar su complicidad en torno a un proyecto que en sus raíces respondía a las esencias del discurso de la izquierda abertzale más tradicional.

Las conversaciones de Loiola representan una variante con matices respecto de Lizarra. La presencia de los jeltzales en las conversaciones sólo tenía sentido en tanto en cuanto sirviera para presionar a los socialistas apoyando las posiciones de Batasuna. En la reflexión llevada a cabo por este sector político parece que se ha dado un cambio sustancial. En su diseño del foro soberanista no se entiende necesaria la presencia del PNV. Más bien todo lo contrario, su articulación sigue teniendo como objetivo una vieja pretensión, cual es erigirse en alternativa del PNV. Una pretensión legítima y democrática, que convendría que se explicitara para mayor claridad y evitar confusiones.

Hace casi dos años, cuando Otegi inició la reflexión que hoy se ha convertido en doctrina, afirmó que no veía al PNV en el llamado bloque independentista, y realizó la siguiente autocrítica: «Creo que tenemos que liberarnos incluso de cierto complejo sicológico que tenemos con el PNV. No podemos gastar ni un esfuerzo más en convertir al PNV en lo que no es». Me parece sumamente lúcida la reflexión, pues ya era hora que la izquierda abertzale asumiera el reto de construir su alternativa con lo que ella representa en la sociedad. Sería excelente que dejaran definitivamente claro que además lo quieren conseguir sin el 'aditivo' de la violencia, y sin que el resto de formaciones nacionalistas tengan que asumir una posición servil.

Pero sería bueno que el PNV también hiciera su reflexión sobre la izquierda abertzale. Las posiciones mantenidas respecto de la manifestación del sábado pasado y sobre lo allí sucedido, y sobre todo la singular iniciativa del GBB, 'Batu Gaitezen', por calificarlo suavemente, ponen de manifiesto cuando menos dos cuestiones. Primera, que algunas iniciativas de la izquierda abertzale influyen en exceso en el espacio propio de los jeltzales. Segunda, que más que ante una 'ambigüedad calculada', nos encontramos con una formación que tiene en su seno dos miradas muy distintas sobre lo que es la izquierda abertzale y el papel del PNV con ella o ante ella.