Comunicar la enfermedad

JOSÉ MARÍA ROMERA:: MARTIN OLMOS
Comunicar la enfermedad

La Organización Médica Colegial aprobó días pasados una Declaración dirigida a los facultativos con el fin de orientarlos en las buenas prácticas a la hora de comunicarse con los pacientes. Con el título de «Cómo dar bien las malas noticias», el documento desgrana en 19 apartados un conjunto de recomendaciones encaminadas a hacer más llevadero el trance de la información médica dolorosa, una situación de la que muchos médicos huyen no tanto por eludir su responsabilidad como por falta de pautas establecidas o de destrezas personales. Son momentos delicados, de fuerte impacto emocional para las dos partes -las tres, si se añaden los familiares del enfermo- donde una palabra dicha sin pensar, un mal gesto, un tono de voz pueden acrecentar el dramatismo mientras que, por el contrario, el sufrimiento se mitiga si el médico logra dar con el mensaje acertado.

El solo hecho de contemplar esta preocupación dentro del ámbito profesional y no como una simple 'cuestión de estilo' ajena a las obligaciones del médico ya es digno de reconocimiento. La progresiva deshumanización de una medicina que confía cada vez más en los aparatos y los fármacos y menos en la formación integral de quienes la ejercen suele dar lugar a conflictos que podrían evitarse con una adecuada formación en aspectos comunicativos y de trato personal. Pero no basta con la voluntad. Gran parte de las 19 sugerencias de la OMC se quedan en enunciados de buenas intenciones que dejarán a los médicos tan desconcertados como lo podían estar antes de difundirse la declaración. Un ejemplo: «El médico debe conocer bien la enfermedad, la personalidad del enfermo y sus circunstancias». Otro: «Conviene mantenerse tan cercano al paciente como se pueda». Y uno más, tomado casi al azar: «Hay que dar información cuando el enfermo nos la solicite, pero si se estima que el momento no es oportuno, habrá que decirle que reanudaremos la conversación en cuanto sea posible».

Son preceptos de Perogrullo que hasta el más negligente de los profesionales sanitarios conoce y, en la medida de sus posibilidades y habilidades, intenta tener en cuenta. Unos principios generales formulados en términos tan vagos, tan imprecisos, de poco servirán a quien acuda a ellos en busca de fórmulas para manejarse en situaciones embarazosas. La comunicación médico-enfermo es complicada. Entre el uno y el otro media una distancia ambigua, en parte estrecha y en parte agigantada. Los acercan la intimidad de los cuerpos, la licencia que el paciente otorga al profesional para que explore sus órganos y palpe su piel, la obligada confianza que se deposita en aquel de quien depende nuestra salud. Pero al mismo tiempo esa confianza se va desvaneciendo cuando el médico se muestra frío o altivo a los ojos del enfermo. O cuando se interponen entre ambos los aparatos, el instrumental, los informes escritos, todo el séquito de atributos materiales que acompaña al oficio de sanar. O cuando la jerga burocrática despoja al paciente de su condición de tal denominándolo «usuario» o «consumidor», lo que sitúa la relación en un plano más mercantil que humano, convierte al médico en un prestador de servicios en vez de un benefactor, y al trato entre ambos en un campo sembrado de suspicacias y de cautelas.

Ni que decir tiene que nunca están de más el conocimiento de las técnicas comunicativas, el dominio de los recursos del lenguaje, la mejora de los protocolos de información y la preparación psicológica de los médicos. La proximidad emocional con el enfermo debiera ser considerada una condición sine qua non del ejercicio profesional. En un episodio de la serie 'House', el atrabiliario protagonista y la doctora Foreman discuten acerca de la naturaleza de su trabajo. Dice ella: «Nos hicimos médicos para tratar pacientes». A lo que él responde: «No, somos médicos para tratar enfermedades. Tratar pacientes es el inconveniente de esta profesión». House es un ser caricaturesco, por supuesto. Pero refleja unas actitudes nada infrecuentes, a menor escala, en los pasillos de los hospitales y en las mesas de los consultorios. Médicos que olvidan el viejo adagio de que «no existen enfermedades, sino enfermos», carentes de empatía, sin habilidades sociales, parapetados tras la pantalla de un ordenador del que apenas retiran la vista para dirigirla de vez en cuando al rostro del paciente.

El decálogo de la OMC apunta en una buena dirección. No ofrece soluciones, pero recuerda entre otras cosas que el enfermo es, además de portador de dolencias, un ser humano con su propia dignidad. Y pone de relieve que el acierto en el modo de transmitirle las malas noticias no depende tanto de los formulismos verbales empleados en la comunicación como de la actitud y la disposición afectiva del emisor. Puede ser un primer paso para avanzar en la diplomacia médica, una disciplina inexistente en los planes de estudio pero cada día que pasa más necesaria.

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