Multiplicación del turista

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Desde hace unos años lo tenemos claro en Bilbao: nos gustan los turistas. Sus extraños acentos regalan nuestros oídos, sus raras camisas incendian nuestras retinas, la intuición del grosor de sus carteras acelera nuestros cansados corazones rojiblancos. Que lo sepa el mundo: queremos mucho a los turistas. A todos ellos, pero muy especialmente a los que vienen desde muy lejos y tienen más problemas a la hora de manejarse con los euros: aquellos que sueltan siempre el billete grande para evitarse líos con el impaciente aborigen de la tienda de souvenirs.

Son fantásticos, ya digo, los turistas. Lo hemos descubierto desde que nosotros también somos fantásticos y tenemos el museo mágico y el difunto Herbert Muschamp escribió sobre el milagro bilbaíno en el 'New York Times'. Ha pasado más de una década desde aquello y el milagro, con sus altibajos y sus momentáneas caídas de magnetismo, sigue funcionando. En este tiempo la ciudad ha terminado de confiar en sí misma, se ha ahuecado como un pavo posmoderno e incluso ha aumentado su catálogo de edificios mágicos. Como la historia es circular, ahora va a ser Isabel Fonseca quien escriba sobre nosotros en 'Vanity Fair'. La autora neoyorquina no dejó de tomar notas mientras acompañaba a su marido, Martin Amis, en el recientemente clausurado festival 'La Risa de Bilbao'.

Como es natural, molar insistentemente durante un periodo tan considerable de tiempo tiene sus recompensas. Ayer el Ayuntamiento dio redobles de récord y anunció que este año se superarán los 650.000 visitantes y que, entre ellos, el peso de los viajeros extranjeros es cada vez mayor. Esto no quiere decir que los guiris estén engordando, sino que cada vez nos eligen más personas que hace diez años no sabría situar en un mapa la ciudad del nombre brusco y bilabial.

También parece que los turistas cada vez se quedan más tiempo por aquí. El aumento del número de pernoctaciones era un ansiado objetivo que comienza a cumplirse. Quién sabe, tal vez la nuestra ya no sea una de esas ciudades que se ve en un día. Vienen, en fin, cientos de miles de turistas entusiasmados a Bilbao. Supongo que tendré que preguntarme por qué yo me alegro un poco cada vez que me voy.

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