«Íbamos de casa en casa para buscar alumnos»

Precursores de las ikastolas, que serán homenajeados mañana, cuentan las vivencias de sus primeros pasos

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Goyo Garrido, Sabin Ipiña y Antonio Muro charlan en la Ikastola Kirikiño de Bilbao. ::                             MIREYA LÓPEZ/
Goyo Garrido, Sabin Ipiña y Antonio Muro charlan en la Ikastola Kirikiño de Bilbao. :: MIREYA LÓPEZ

La enseñanza en euskera tal y como la conocemos ahora apenas llega a la madurez. Sus orígenes se encuentran en las ikastolas que nacieron en la clandestinidad durante la segunda mitad de la dictadura. Todas ellas partieron de la misma visión: dar una enseñanza enmarcada dentro de la cultura y la lengua vasca. Mañana se homenajea a los pioneros de estos centros en Vitoria como parte del acto inaugural del curso académico.

Hace 45 años que comenzó a dar clases la ikastola Asti-Leku de Portugalete, la primera de la Margen Izquierda. Sabin Ipiña fue 'padre' de la misma y presenció sus primeros y titubeantes pasos en plena dictadura. «Comenzamos con cinco niños en las casas particulares de sus familias», recuerda a sus 76 años. Una de las innovaciones que implantaron fue adelantar la edad de escolarización, de los cinco hasta los tres años. «Además de la novedad, esto generó que el régimen no se preocupara demasiado, porque se trataba de niños sin mucha relevancia escolar», relata.

La mayor dificultad con la que se toparon fue encontrar profesores que pudieran dar clases en euskera y alumnos a los que ofertárselas. Para sortear el primer obstáculo buscaban «chicas euskaldunes con un poco de cultura» a las que formaban con «cursos para enseñarles la didáctica». El segundo paso era todavía más complicado: rastreaban a los niños de tres años de Portugalete cuyos padres fueran afines a la cultura vasca y luego iban «de casa en casa convenciendo a las familias». Con el declive del régimen franquista, alrededor del año 1971, empezaron a tener nuevos problemas al tener que llevar cuenta de las cartillas de escolaridad. «Mediante un amigo, director de una escuela, conseguimos que nos firmasen las cartillas simulando que éramos una especie de delegación de su centro», cuenta Ipiña.

La ikastola Assa de Lapuebla de Labarca, primera de la Rioja Alavesa, también nació entre grandes turbulencias. Antonio Muro, de 69 años, y Goyo Garrido, de 61, fueron los padres del centro en plena Transición. Corría el año 1978 cuando echó a andar el proyecto, también en casas particulares y con grandes dificultades para conseguir alumnos debido al entorno donde se enmarca, una zona en la que se oye poco euskera. «Cuando todavía gobernaba un alcalde falangista formamos una junta de padres, pero no pudimos tirar para adelante. Entonces, con la ayuda de la Caja Laboral, montamos una cooperativa de viviendas como apaño para poder empezar», recuerda Muro.

«Al principio nos costó mucho convencer a los padres para que nos trajeran a los niños», cuenta Garrido. Sin embargo, cuando consiguieron alumnos suficientes se encontraron con nuevos problemas. «Nos llegaron a decir que si no ganábamos la Alcaldía en las elecciones nos quitarían la ikastola», detalla Antonio Muro, que «tuvo el honor» de ser el primer alcalde de la democracia de Lapuebla en 1981. Goyo Garrido fue el tercero, ambos por el PNV.

El aire de la democracia

Con la llegada de la Constitución y los estatutos de Autonomía la situación de las ikastolas mejoró. «El grupo Mondragón nos echó un cable desde el final del régimen en las tramitaciones con Madrid. También ayudaron las figuras más comprensivas del franquismo, como Marcelino Oreja», rememora Sabin Ipiña. Sus colegas de la Rioja Alavesa notaron el cambio con el primer Gobierno vasco. «Vinieron Garaikoetxea y Etxenike a inaugurar el centro», rememoran.

Con las primeras leyes de enseñanza de la democracia se dio la opción a las ikastolas de entrar a formar parte de la red de la escuela pública vasca. «En cada centro debatimos sobre ello, pero nos dio miedo quedarnos sin libertad», argumenta Ipiña. «Habríamos perdido la personalidad que nos caracteriza», le refuerza Garrido. Los tres coinciden en que el tiempo ha demostrado que «el modelo de cooperativa de enseñanza ha funcionado».

Sabin Ipiña cree que el porvenir pasa por preguntarse «qué idioma se habla en la calle» y «seguir avanzando» para que el número de personas que eligen el euskera sea cada vez mayor. Antonio Muro y Goyo Garrido miran con inquietud hacia el futuro cercano. En algunos cursos no tienen alumnos suficientes para formar clases, con lo que «los chavales de Rioja Alavesa tienen que viajar hasta Vitoria para poder estudiar en euskera».

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