El tiburón número 369

Séptimo en el Tour, tercero en el Giro y primero en la Vuelta, Nibali se presenta como alternativa a Contador

J. GÓMEZ PEÑAMADRID.
Nibali ha aguantado todos los ataques para ganar la presente edición de la Vuelta. ::
                             REUTERS/
Nibali ha aguantado todos los ataques para ganar la presente edición de la Vuelta. :: REUTERS

El tiburón es un pez sin huesos, hecho de cartílago y con una piel de lija que le hace sigiloso. Siempre alerta. Nunca descansa: necesita estar en movimiento para respirar. Hay 368 especies: tiburón ballena, blanco, toro, tigre, peregrino, ángel, pigmeo... El tiburón número 369 es el 'Scualo dello Stretto'. 'El Escualo del Estrecho'. De Messina. Así llaman a Vicenzo Nibali, el tiburón 369, el siciliano de 25 años, ciclista resistente, completo e inteligente, que ayer pescó la edición de diamante de la Vuelta.

Podrían haberle puesto el 'tiburón creyente'. En su infancia, las mañanas de los domingos eran para la iglesia. Recuerda bien a Rita, una anciana amiga de la familia: «Un día, al salir de misa, me dijo que llegaría a ser un gran ciclista». La vieja profeta. Nibali aún no era Vicenzo, solo 'Enzo', el chaval flaco e inquieto que andaba siempre a vueltas con la bicicleta dentro de la tienda de vídeo de su madre, Giovanna. El establecimiento guardaba un tesoro: entre películas de acción, románticas o de terror, le esperaba la colección 'Historia del Ciclismo'. Tras la misa, 'Enzo' y Salvatore, su padre, se sentaban frente al televisor e ingresaban en su otro templo: las leyendas de Binda, de Bartali, de Coppi, de Moser, de Pantani... Cada imagen era carnaza para alimentar la imaginación del pequeño escualo.

Salvatore barnizaba muebles en Messina. Isleño, siciliano y de carácter vehemente. Trabajaba con las manos. Y con ellas le hizo al chaval su primera bicicleta. «Cogimos un cuadro viejo y oxidado. Pusimos las otras piezas y lo pintamos de rojo», recuerda. De rojo, como 'La Roja'. Nibali tenía ocho años. «Andaba en bici pero no corría porque en mi zona no había esa posibilidad. No lo hice hasta los 14 años». Era el más pequeño del pelotón, pero también el más vivo, el que no frenaba. «Siempre me ha gustado practicar en el monte, con la mountain bike». Tenía un don y eso lo vio un club juvenil de Toscana, en el corazón de Italia. Le ofrecieron billete, casa y un sueño: ser ciclista. Con 17 años se marchó de casa y cruzó el Estrecho. «Siempre he sido bastante independiente. Fue duro y lo es todavía el no ver a tu familia y a los amigos de siempre más de veinte días al año, pero cuando me fui a Mastromarco me encontré con un buen grupo de ciclistas. No estaba solo. Pasábamos buenos momentos juntos, entrenando y jugando».

Se instaló en el hogar de Bruna y Carlo Frasceschi, el director de su equipo y su segundo padre. «Era un chico serio y educado, pero tan delgado que no sé cómo podía andar en bici», se sorprendió la señora Franceschi. Enzo tenía otra versión de su personalidad. En carrera sacaba la dentadura del tiburón. «Mi entrenador me decía que corriera más tranquilo, que era demasiado fogoso, que no me metiera en todas las batallas». Competía los fines de semana y estudiaba contabilidad de lunes a viernes. Músculo y cálculo, las dos piernas que le han llevado al podio de Madrid.

La profecía

El reloj le reclamó pronto: bronce en el mundial juvenil de Zólder y bronce sub'23 en Verona, tras Brajkovic y Thomas Dekker. Enzo empezaba a ser Vicenzo. Nibali. Giancarlo Ferretti, el mito de los directores italianos, le reclutó para el Fassa Bortolo en 2005. Algo olió en él. El destino. La profecía de la vieja Rita. Le hizo debutar en la Lieja-Bastogne-Lieja. Sobre territorio sagrado en la religión del ciclismo. Y le llevó al Giro de ese año solo para que lo viera desde detrás de las vallas. Como en las sesiones dominicales con 'papa Salvatore' frente al vídeo. La liturgia.

El cachorro de escualo aprendió enseguida. Es un pez que no descansa. Perdió ante Cunego la Copa Coppi-Bartali por un error infantil. «La noche anterior, cuando era líder, no dejaba de mirar el maillot encima de la cama. Estaba excitado. Casi ni dormí». Primera bofetada. La asumió. Y meses después, en el G. P. de Plouay, batió a un clasicómano como Flecha. Ahí se aceleró todo. Era el anuncio. Al fin, en 2007, saltó al otro lado de la valla y conoció el Giro: ayudó a Di Luca a ganarlo y terminó decimonoveno. Cada vez nadaba más rápido: en 2008 ya fue undécimo. Pero renunció en 2009. Su equipo, el Liquigas, había fichado a Basso. Se repartieron el océano. Para Basso el Giro y para Nibali, el Tour. El mar más amplio. El Tour 2009, el segundo de Contador, vio aumentar la sombra del escualo: fue tercero en la etapa de Verbier, por detrás del madrileño y de Andy Schleck, y acabó séptimo en la general.

Silencioso y letal

Italia veía al fin crecer un talento duradero, un dorsal capaz de soportar tres semanas sin dejar de bracear, un tiburón. «El año pasado me sentía al mismo nivel que Andy pero es que este año ha crecido un poco. Y Contador es el número uno en las grandes vueltas. Aun así, tengo muchas ganas de que llegue el Tour del año que viene para combatir contra ellos». Nibali es un depredador sin fisuras: ha cubierto su genio siciliano de temple, de la frialdad voraz del escualo. No hay pez más silencioso y letal. Pese a no conocer ni un kilómetro de la Vuelta y a no ganar ninguna etapa, Nibali economizó sus piernas en cada etapa. Nunca se dejó llevar por el pánico. Estuvo cerca de Antón y Joaquín Rodríguez en los finales explosivos y de Mosquera en los puertos largos. No pudo con los contrarrelojistas en Peñafiel, pero sí con los escaladores. Y supo nadar fuera del agua, conteniendo la respiración hasta casi la asfixia, en la Bola del Mundo. «Es un gran ganador», zanjó Mosquera.

Ya lo dijo Rita a la salida de misa. El creyente Nibali. Cuando este año le llamaron a última hora para ir al Giro -terminó tercero tras ayudar a Basso a ganarlo-, se subió a su 'Vespa' y fue al Santuario de Tindari. «Estuve rezando». Al volver, paró con los amigos a comer un helado y a jugar con una de esas máquinas recreativas que te echan un pulso para medir la fuerza. «Me dijo que yo era débil, ja, ja». Las máquinas no tienen fe. No sirven para catalogar al nuevo escualo, el 'tiburón 369'.

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