Joxe Arregi: Defensa de la insumisión en la Iglesia

JUAN JOSÉ TAMAYODIRECTOR DE LA CATEDRA IGNACIO ELLACURÍA DE LA UNIVERSIDAD CARLOS III
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                             JESÚS FERRERO/
:: JESÚS FERRERO

La jerarquía católica suele comportarse de manera inmisericorde con quienes disienten de la línea oficial y lo hacen públicamente. No se atiene a razones ni humanas ni divinas. Menos aún a razones evangélicas, que son las que más le duelen y las que menos soporta porque le recuerdan su gran distanciamiento del cristianismo de los orígenes. El Papa y los obispos no aguantan la más mínima crítica, por moderada que sea. Y mucho menos la que les hacemos desde dentro en nombre de Jesús de Nazaret. Una crítica que, por lo demás, no busca derrocarlos, sino sólo hacerles ver que no caminan por la senda del Evangelio. Muchas hemos sido las personas que hemos experimentado en nuestra propia carne el trato inmisericorde de la jerarquía.

Ahora lo está sufriendo el teólogo Joxe Arregi, a quien se le impuso silencio en determinadas condiciones. A los tres votos de religioso aceptó sumar un cuarto: el del silencio, que cumplió escrupulosamente. ¿Silencio por qué? Por haber revelado actuaciones detectivescas de monseñor Munilla cuando era sacerdote en la diócesis de San Sebastián y por haber expresado públicamente su desacuerdo con la orientación pastoral de monseñor Munilla, cuando fue nombrado obispo. Desacuerdo no en solitario y de francotirador, sino que se sumaba al de numerosos creyentes de la Iglesia española y al de casi cien sacerdotes diocesanos para quienes Munilla «en modo alguno es la persona idónea para desempeñar el cargo (de obispo)».

Arregi rompió el silencio al derogar el obispo las condiciones que lo justificaban y escribió la carta 'Tomo la palabra' en clave de denuncia profética. Hace dos días ha vuelto a escribir una nueva carta en la que anuncia que va «a dejar la orden franciscana que ha dado enteramente forma a mi ser».

Lo que demuestra este comportamiento de la jerarquía es que en la Iglesia católica imperan la censura, el pensamiento único y el autoritarismo, se impone la obediencia ciega, no se permiten el disenso y la insumisión, ¡y falta piedad! Lo dice en su carta Arregi: «En la Iglesia que tenemos no hay lugar para insumisos. Y yo lo sabía. Tampoco hay lugar para insumisos en la orden franciscana que tenemos». En similares términos se había expresado dieciocho años antes su hermano franciscano Leonardo Boff en un trance parecido: «El poder doctrinal (en la Iglesia católica) es cruel y sin piedad. No olvida nada, no perdona nada, exige todo. Y para alcanzar su fin, se toma el tiempo necesario y elige los medios oportunos. Actúa directamente o usa instancias intermedias u obliga a los propios hermanos de la orden franciscana a cumplir una función que compete, por Derecho Canónico, sólo a quien tiene autoridad doctrinal».

El Papa y los obispos se ensañan de manera especial con cristianos y cristianas de conducta intachable y vida evangélica ejemplar. Durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se cuentan por cientos los represaliados: teólogos, teólogas, biblistas, moralistas, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas, líderes de comunidades, formadores de seminarios, directores de revistas religiosas, en la mayoría de los casos personas dedicadas íntegra y desinteresadamente al servicio de la Iglesia. Contra ellos utilizan todos los medios a su alcance: empiezan por someter sus escritos a censura, luego les imponen silencio, les prohíben escribir, les retiran de las cátedras, les destituyen de sus cargos de responsabilidad. Y no contentos con esas sanciones, al final les exigen, bajo presiones a sus superiores, abandonar la orden o congregación a la que pertenecen. Decisión que se ven obligados a tomar los afectados para preservar su salud física, psíquica, mental y evangélica. «Tengo la impresión de haber llegado ante un muro -decía Boff en 1992 cuando anunció su abandono de la orden franciscana-. No puedo avanzar ni un paso más. Retroceder implicaría sacrificar la propia dignidad y la libertad de la persona». Y Arregi: «Tomé la palabra (…) porque ya pasaron los tiempos en que la libertad de palabra pudiera ser impedida en la Iglesia de Jesús con pretextos de dogmas y magisterios».

Esos procedimientos se utilizan tanto contra hombres como contra mujeres, siendo el caso de éstas más doloroso por el clima de ocultamiento con que se llevan a cabo y, a veces, con el silencio de los medios de comunicación, que no conceden especial relevancia a la marginación que sufren las mujeres en la Iglesia católica en general y en las congregaciones religiosas en particular.

En la mayoría de los casos el abandono de la vida religiosa no significa cambiar de estilo de vida. Todo lo contrario, se comprometen a seguir viviendo la opción por los pobres con más radicalidad evangélica. Fue el caso de Boff: «Yo he cambiado. No de batalla, sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral, pero no la Iglesia. Me alejo de la orden franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de San Francisco de Asís». Lo es ahora el de Joxe Arregi: «Quiero seguir siendo discípulo de Jesús de Nazaret, el hombre bueno y libre (…). Quiero seguir siendo franciscano, un simple franciscano sin hábito».

Si se valoran los éxitos y las derrotas desde el poder, al final, en la Iglesia siempre gana la jerarquía. Pero no nos llevemos a engaño. El triunfo es sólo aparente. En el caso de Arregi han ganado el Evangelio, la libertad, la esperanza y la insumisión. Con comportamientos tan represivos, la jerarquía se va quedando cada vez más sola, más aislada, más cerrada y pierde credibilidad, mientras que el teólogo vasco va a contar con la compañía de los movimientos cristianos de base, con la solidaridad de los colegas y con el reconocimiento de los hombres y mujeres que luchan por la libertad de conciencia y por una sociedad libre de dominación, sea ésta patriarcal, religiosa, política, militar o económica.

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