La gran huelga de los mineros

En julio de 1910 estalló un fuerte movimiento reivindicativo en toda la zona minera que paralizó por completo las explotaciones y amenazó con extenderse a otros sectores

IMANOL VILLA
Facundo Perezagua fue uno de los líderes de la huelga de 1910. :: EL CORREO/
Facundo Perezagua fue uno de los líderes de la huelga de 1910. :: EL CORREO

En julio de 1910, la situación política en España estaba muy caliente y Vizcaya, más concretamente sus mineros, colaboraron activamente para que la temperatura subiera todavía mucho más. El viernes 15, lo que fue una noticia aparentemente intrascendente, a saber, la declaración de huelga de los obreros de las minas Concha I y Concha II, en Ortuella, se transformó en el prólogo de un estallido de la conflictividad minera por toda Vizcaya. «Últimamente -informaba El Noticiero Bilbaíno-, hace tres días, la Federación de Obreros mineros, que no tiene existencia legal, ha dado traslado a la Asociación de Patronos mineros de un acuerdo adoptado en el mes de marzo de reproducir la petición de la jornada de nueve horas de trabajo y, antes de que los patronos contestaran, algunos de los obreros de la Compañía Orconera pidieron aumento de jornal, declarándose inmediatamente en huelga». Con esto se completó el motivo que habría de servir para que, en menos de veinticuatro horas, la huelga se extendiera poco a poco por toda la zona minera. Pararon los de la Orconera, Parcocha, Luchana-Mining, Franco Belga&hellip Los hechos se desarrollaron con una velocidad asombrosa. Claro está que, en buena parte, la extensión del movimiento huelguístico se debió a las consabidas coacciones que los piquetes ejercieron sobre aquellos obreros que no quisieron secundar la protesta.

Desde los primeros momentos, uno de los lideres más destacados del movimiento fue el socialista Facundo Perezagua, que, junto a una comisión de obreros mineros, no tardó en presentarse ante el gobernador civil para transmitirle que lo que reclamaban no era otra cosa que «la jornada sea de nueve horas en verano e invierno», aunque más adelante concretaron que se conformaban con diez horas en verano y ocho en invierno. La patronal, por su parte, afirmaba sentirse sorprendida por la radicalidad de los medios empleados ya que, según su versión, si los obreros mineros tenían decidida su reclamación desde marzo de ese año no entendían por qué optaban por el enfrentamiento a través de una huelga sin margen alguno para negociar. Reclamaban, por ello, tiempo para estudiar las peticiones, es decir, al menos el mismo tiempo que los obreros se habían tomado desde que decidieron la reivindicación hasta el momento de su planteamiento.

La cosa no pintaba nada bien. No en vano, desde los primeros momentos el gobernador civil cursó las peticiones pertinentes para que acudiesen tropas del ejército con el fin de mantener el orden. En menos de veinticuatro horas llegaron a Bilbao, sumándose al regimiento de Garellano, tropas procedentes de Vitoria, Orduña y Burgos. Casi mil soldados fueron rápidamente desplegados por toda la zona minera. ¿Objetivo? Asegurar, se decía, el derecho al trabajo y evitar que los huelguistas agrediesen a patronos y trabajadores opuestos al movimiento. Al mismo tiempo, la prensa bilbaína inició una campaña cargando las tintas contra la huelga. Se acusaba a sus cabecillas de iniciar una protesta que aunó el rechazo más rotundo, tanto de la ciudadanía como de los representantes del pequeño comercio, ya que se consideraba del todo improcedente promover altercados públicos en pleno verano, época en la que Bilbao se convertía en centro de visitantes de todos los lugares. Frente a esto, El Liberal, que apoyaba a los huelguistas, arremetió contra las manifestaciones de violencia habidas durante los primeros compases de la huelga «y deploraba ese espíritu levantisco que alteró la paz en la zona minera». No fue sólo el diario izquierdista el que clamó contra la violencia. El propio Perezagua aconsejó en un principio que no se empleasen medios violentos ni resistencia alguna a la autoridad. Lo único que tenían que hacer los mineros era no trabajar. La misma actitud manifestó la comisión de obreros huelguistas, que se disculpó por los desmanes cometidos por grupos de mineros descontrolados.

Nueve horas

Sin embargo, en una espiral frenética en la que cada minuto parecía revolucionarse y no parecerse en nada al anterior, los discursos de los líderes obreros cambiaron el tono. Sólo cuarenta y ocho horas después de que Perezagua llamase a la calma, él mismo afirmó que «los mayores enemigos del obrero, más enemigos aún que los patronos, son los esquiroles y contra estos deben dirigir sus tiros y a estos perseguirlos, pues siguiendo esta táctica triunfarán (&hellip). El trabajador que vuelva al trabajo es digno que se le fusile», al igual que hacían los burgueses con los soldados que rechazaban ir al frente. Evidentemente, los focos mineros fueron copados por miembros del ejército a los que se les encargó que mantuvieran el orden por encima de todo.

Al mismo tiempo, desde la patronal, y también a través de la prensa más moderada, se comenzó a señalar a la huelga como un movimiento político cuyo objetivo no era otro que el de la revolución social. Para los mineros, esta acusación era mentira. Proclamaban la consecución de la jornada de nueve horas, para lo que se amparaban primero en el incumplimiento de las promesas hechas en 1906; segundo, en que en el extranjero los mineros trabajaban ocho horas; y tercero, en que la ciencia médica aconsejaba, desde punto de vista moral e higiénico, la jornada de ocho horas.

Así las cosas, que se complicaron con la noticia del atentado frustrado del ex Presidente del Consejo de Ministros, Antonio Maura, en Barcelona, con las llamadas a la calma de los líderes obreros y el impresionante despliegue militar se consiguió que reinase la tranquilidad. Una tranquilidad improductiva, puesto que la mayoría de los mineros se negaron a trabajar. La huelga era una realidad. Más aún cuando los patronos contestaron con un no rotundo a las peticiones de los mineros. Así se llegó a finales de julio de 1910. Y la protesta no había hecho nada más que empezar.

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