La última fiesta

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Más allá de los grandes museos y los rincones pintorescos, lo que muchas veces diferencia a una ciudad vibrante de una acartonada es la trastienda, los cuartos de atrás, esos lugares que no aparecen en las guías turísticas y en los que, sin embargo, la verdadera vida del lugar parece detenerse y condensarse. En Bilbao, no hay duda, tenemos los grandes museos y los rincones pintorescos. Incluso tenemos algo más: los héroes pintorescos. Nuestro convillano David Calvo -no es broma- acaba de batir el record de resolución de cubos de Rubik bajo el agua y entre tiburones. Parece claro que una ciudad capaz de arrojar semejantes personalidades al mundo está llamada a las más altas cotas de excelencia e inverosimilitud.

Todo es cosa de que nos iluminen la pista central y de tener ideas lo suficientemente extravagantes para que funcionen. La gente de la Hacería, que lleva desde 1997 entregada a las cosas del teatro y el cabaretismo, saben mucho de eso. Con una mezcla de entusiasmo y esfuerzo han puesto en pie un espacio cultural alternativo en Zorrozaurre y han plantado en ese barrio alucinante, bajo el vuelo de los cormoranes, el estandarte del Off Bilbao, la versión autóctona y optimista del Off Broadway.

Es sabido que el destino de Zorrozaurre es el derribo y la reinvención. También es sabido que todo eso va para largo. Mientras unos y otros se ponen de acuerdo en cómo y cuándo empieza la remodelación de la zona, los cerebros con chistera de la Hacería creen que su idea puede extenderse a otros edificios. Se trataría de coger algunos pabellones industriales, acondicionarlos mínimamente y dedicarlos mientras se pueda a actividades culturales: teatro, conciertos, eventos&hellip El Ayuntamiento podría otorgar licencias provisionales y los propietarios de los edificios en desuso cobrarían algún alquiler. Las iniciativas que funcionasen podrían trasladarse después a otros sitios y, mientras las obras arrancan en serio, el barrio no estaría desertizado y a la espera. Parece que a las instituciones la idea no les ha sonado mal. Un lugar tan abracadabrante como Zorrozaurre no merece morir sin acoger antes una última fiesta: una larga noche, efímera pero por todo lo alto, en la que lluevan cubos de Rubik y bailen claqué los tiburones.