«Sólo pido saber dónde está mi hija»

Un bilbaíno absuelto tras una «falsa acusación» de maltrato pone denuncias a diario porque su ex pareja le impide ver a su niña

M. J. TOMÉ |BILBAO.
Aingeru Sanz, absuelto de una acusación de maltrato, pelea por volver a ver a su hija. ::                             MITXEL ATRIO/
Aingeru Sanz, absuelto de una acusación de maltrato, pelea por volver a ver a su hija. :: MITXEL ATRIO

Aingeru Sanz, un bilbaíno afincado en Castro Urdiales, acude todos los días a los juzgados y al cuartel de la Guardia Civil de esta localidad cántabra. No porque tenga deudas pendientes con la Justicia, sino porque es el único camino que ha encontrado para averiguar dónde está su hija de poco más de un año, a la que no ve desde hace un mes. Todos los días presenta una denuncia para hacer constar que su mujer, de la que está en trámites de divorcio, ha incumplido el régimen de visitas diario impuesto por el juez. Quiere que quede constancia de que sigue sin poder abrazar a su pequeña. Teme su 'ex' pueda llevársela a su país de origen, México.

La pesadilla de Aingeru empezó el día en que ella le acusó «falsamente» de maltrato. Acabó en el calabozo y con una orden de alejamiento. Hoy, con una sentencia absolutoria y el caso archivado, se sigue considerando «víctima» de un sistema judicial que «extrema la protección a las mujeres, pero no actúa contra las falsas denuncias».

«Yo no soy un maltratador y me siguen tratando como si lo fuera», insiste. Como contó en su día a este periódico, todo empezó el pasado 19 de marzo, un aciago Día del Padre en el que una discusión entre el matrimonio, que ya hacía aguas, desembocó en la detención de Aingeru y su traslado al calabozo. «Humillado» e «impotente», pasó una noche entre rejas «como un maleante» y salió dispuesto a demostrar su inocencia. Como medida cautelar, un juez le impuso una orden de alejamiento y la posibilidad de ver a su hija en fines de semanas alternos en un punto de encuentro familiar. «Una injusticia, porque no había pruebas», asegura. La sentencia, al menos, fue reconfortante: el magistrado consideró la versión de su 'ex' «contradictoria», apreció en ella un móvil de «resentimiento» y le absolvió del delito de malos tratos. «¿Pero quién me resarce a mí de haber sido considerado un delincuente?».

Sentencia firme

Con la sentencia absolutoria ya firme y el caso archivado, Aingeru consiguió entrar a comienzos de mayo en su casa -se casó en régimen de separación de bienes- pero de nuevo comenzaron los problemas. Discusiones, acusaciones de robo... El día 19 de mayo, otra pelea entre ambos acabó con un intercambio de denuncias mutuas por malos tratos. Aingeru volvió a dormir en el calabozo -«esa vez me trataron mejor», se consuela- y, al día siguiente, un juez medió entre la pareja: acordó que él entregase a su mujer mil euros para que buscase un piso de alquiler y decretó la custodia compartida, que fue adjudicada provisionalmente a la madre dada la corta edad de la pequeña. A su vez, el magistrado impuso un régimen de visitas «lo más amplio posible a favor del padre»: tiene derecho a estar con su hija al menos dos horas y media diarias.

Pero ese mismo día, hace ya un mes, Aingeru vio por última vez a la niña. Ha averiguado que está con su madre en un piso de acogida para mujeres sin recursos de Santander pero nadie, ni el juez ni los servicios sociales, se consideran autorizados para darle la dirección. «Tengo derecho a saber dónde está, no soy un maltratador», insiste. Su única esperanza es que las denuncias deriven en un juicio de faltas y obliguen a su 'ex' «a venir a Castro». «En la demanda de divorcio he pedido la custodia total porque ella no tiene recursos para mantener a la niña. Tengo serias dudas de que esté bien», lamenta Aingeru, que atribuye todo este calvario a una ley que «hace la vista gorda ante las falsas denuncias como la que yo he sufrido».