El palillo y otras mentiras

JON URIARTE
Pintxo seleccionado en el concurso de Vizcaya. ::                             MAIKA SALGUERO/
Pintxo seleccionado en el concurso de Vizcaya. :: MAIKA SALGUERO

En aquel momento hubiese derribado la muralla china a gritos. Estaba de aperitivo por la Latina cuando me topé con una de esas tabernas que solo hay en Madrid. Mitad chulapa mitad foránea. Su nombre indicaba que el dueño era vasco o gustaba de los sabores de nuestra tierra. Así que entré como un gollum que persigue el anillo mientras grita «mi tesorooooo». La barra no estaba mal, pero los pintxos parecían traineras. En el viejo Foro se estila el exceso en las cantidades, sea en el tapeo o en los dedos de alcohol. Aun así, las fotografías del botxo me hicieron sentirme en puerto propio. Procuro absorber las esencias de la tierra receptora y su idiosincrasia, pero de vez en cuando viene bien una bocanada de ese Golfo llamado Bizkaia.

Embriagado, intenté transmitir al camarero que yo era hijo de esos lugares. Pero era ucraniano y siguió a lo suyo como quien oye llover. No así una pareja que se percató del detalle y me pidió consejo. Que si cuál era el mejor pintxo, el más típico… y yo luciendo más orgulloso que la madre de Muniain. Pero, justo cuando dábamos por finalizado el encuentro y me disponía a invitarles, ser de Bilbao obliga, el hombre señaló cinco palillos colocados en fila. Dijo que lo hacía para mostrar lo que habíamos consumido. Por si fuera poco, añadió que era lo típico. Les pregunté dónde les habían dicho tamaña barbaridad. Y me respondieron que en las tabernas presuntamente vascas de Barcelona. Incluso, dejaron caer que en la parte vieja de Donostia también. Imposible, respondí. Lo de nuestros vecinos donostiarras no me lo creo. Al menos yo no lo he visto jamás y tengo parientes y amigos por allí que tampoco. Pero lo de Barcelona…

Recuerdo cierta anécdota en la ciudad de Guardiola, antes ciudad Condal, que tuvo su regusto amargo. Fue en una popular sidrería. En el expositor se adivinaban unos pintxos que de vascos tenían lo que yo de físico nuclear. Como una rodaja de chorizo y una aceituna desangelada atravesados sobre una rebanada de pan. Que tiemble Arzak. Y en esto, cuando apenas nos habían servido, pretendieron cobrarnos. Les dijimos que consumiríamos más. Pero lejos de hacernos caso, siguieron con su cantinela. A esas alturas ya me sentía como Michael Douglas en 'Un día de Furia'. Y aun más, al escuchar «dejen los palillos en este plato, es lo típico en el País Vasco». Si no les tiramos la barra al suelo y clausuramos el local fue porque mis padres me llevaron a un colegio de renombre y mi mujer, más cabreada que yo, fue a uno de monjas. Algo que también ayudó a que no la montásemos en Madrid en una situación parecida. Sólo que en la tierra del oso y el madroño se lo dejamos muy clarito al dueño del local. Mira majo, nosotros somos de Bilbao. Bebemos y comemos y después pagamos. Lo contrario es ruin y propio de un país de esos en los que nadie se fía de nadie. Desde entonces, somos íntimos.

Cuento todo esto porque está extendiéndose que es costumbre vasca pagar al ser servidos y dejar los palillos sobre la barra como prueba de lo consumido. Y eso es una infamia. No hablo de unas copas en un pub a las 3 de la mañana. A esa hora los códigos son otros. Hablo del aperitivo. Que nadie use nuestro nombre en vano. Se lo debemos a quienes forjaron la intrahistoria de una aldea, al norte de la península, donde las cosas se firmaban con un apretón de manos y los palillos mantenían el pintxo sobre el pan. Es nuestra esencia. Confianza y nobleza. No sé a qué esperan los ayuntamientos, diputaciones y Ajuria Enea para actuar. O la tasca tiene label o que no nos mencionen. Por el momento, yo me encargo de Madrid. Los que se encuentren en otras partes del extrarradio que hagan lo propio. Quiero pensar que en casa jamás sucederá algo así. Conjurémonos: no más palillos, ni más mentiras.

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