Un no sé qué

JON URIARTE
«Más allá del mapamundi de Bilbao no hay nada». ::                             AFP/
«Más allá del mapamundi de Bilbao no hay nada». :: AFP

Uno no elige dónde nacer y casi nunca dónde morir. Y, a veces, tampoco dónde vivir. Es el destino quien decide. Más de 100.000 vascos pastamos en otras comunidades. Muchos de Vizcaya. Y un buen número de nuestra villa. No te digo nada por el resto del mundo. Y todos tenemos algo en común. Llevamos de serie un radar que nos permite descubrir a un paisano entre millones. Hay algo. Un no sé qué. Muchos llaman a esto estupidez localista. Afirman que el lugar de origen nada importa en el ser del individuo. Qué sabrán ellos. Sólo hay en el mundo tres personas que al ser preguntadas por su origen te dirán el nombre de su ciudad antes que el de su país. Un neoyorquino, un parisino y alguien de Bilbao. Hagan la prueba. Por algo será.

Llegados a este punto, recordemos que el estatus de emigrante no lo dan los kilómetros de distancia sino la percepción de esa distancia. El saberse fuera de tiesto, por muy hermoso que sea su barro. Y es entonces cuando te sientes ajeno y lejano. Por eso, los que nos pasamos la vida despidiéndonos de Bilbao, somos como los tíos que ven crecer a los sobrinos. Perciben mejor los cambios que los propios padres. De ahí que practiquemos eso tan nuestro de 'cómo se ve Bilbao sin mí'. Preocupados siempre por si algo suena a casta o a 'borono'. Si seguimos siendo o nos estamos dejando. A veces, erramos pero siempre es desde el cariño. Y también desde un sentimiento desordenado. Es nuestro sino. Defender con pasión la originalidad de la baldosa o la insistencia de la lluvia. Ser de Bilbao conlleva ciertas y singulares obligaciones.

En cuanto al volver, siempre pretendemos que sea animoso pero con frecuencia se torna estresante. No hay familiar o amigo que no te exija tiempo y cariño. 'Ya no llamas, has abandonado a la cuadrilla, ve a ver a los primos…' Y tú con ganas de perderte por las calles con la simple intención de respirar Bilbao. Puede que suene exagerado, pero así lo vivimos algunos. No es culpa de nadie. Ni fruto del síndrome de Ulises. De ser síndrome, desconozco su nombre. Creo que responde más a ese temor tan humano que interpreta la distancia física como distancia definitiva. Y no es así. Juro por todos y cada uno de los bares de Pozas que os recordamos en cada instante. En los despejados días de otros cielos, en las tardes en las que el Athletic asoma por la tele, en las noches, en las alegrías y, sobre todo, en las soledades.

Nos tratan muy bien, de eso no tengáis duda. En Madrid, que es mi caso, si tienes trabajo y algún amigo, es buena tierra. Como todas. Por cierto, al próximo que me pregunte en Bilbao si me he hecho del Madrid se va a comer el kiosco del Arenal ladrillo a ladrillo. Además de ser menos original que hablar de la crisis, no tiene ni pizca de gracia. Y lo mismo te dirán los paisanos que están en Barcelona, Londres, Papúa Nueva Guinea... Bromas, las justas.

Porque ser de Bilbao es una forma de ser y estar. Como dijo Sinatra, lo que queda es el estilo. Hay gente por el mundo que podría ser de Bilbao y gente del botxo que nunca será bilbaína. De ahí que los emigrados lo tengamos claro. Nos gustaba cuando era industrial y parecía que persiguiera una revolución estética a lo 'Blade Runner' y nos gusta ahora, como limpia y coqueta capital de servicios, pese a que algunos se empeñen en hacer de ella Ginebra. Que como bebida está bien, pero como ciudad es más sosa que Solbes de palmero. Por eso, no sabemos dónde viviremos y aún menos dónde moriremos. Lo único cierto es que somos 'bilbaínos con diptongo'. Habitantes de una villa que no tiene límites. Los que caminamos fuera de su umbral lo tenemos claro: más allá del mapamundi de Bilbao no hay nada.