El negocio de las minas

A finales del siglo XIX, la explotación del hierro produjo toda una revolución económica en Vizcaya que se tradujo en una compleja y diversa estructura empresarial

IMANOL VILLA
Los cargaderos de mineral fueron el destino final del hierro vizcaíno. :: EL CORREO/
Los cargaderos de mineral fueron el destino final del hierro vizcaíno. :: EL CORREO

En 1863, las Juntas Generales reunidas en Gernika tomaron una decisión que cambió el curso de la historia económica vasca. Se suprimió la prohibición de exportar mineral de hierro más allá de los límites del Señorío de Vizcaya, lo que a efectos prácticos suponía una oportunidad de negocio sin precedentes. Ni los más optimistas hubieran imaginado que, a partir de ese momento, un pequeño puñado de privilegiados, dueños de minas, iban a transformarse en una auténtica aristocracia económica favorecida tanto por el preciado mineral férrico como por unos mercados internacionales ávidos de tan valiosa materia prima. Y es que hasta el destino había colaborado para que todo sucediera de esa forma porque en 1855, ocho años antes de la histórica decisión, el ingeniero británico Henry Bessemer, había inventado un convertidor que supuso una auténtica revolución en toda la industria siderúrgica europea ya que permitía alcanzar unos niveles de calidad desconocidos hasta ese momento. Ahora bien, el convertidor Bessemer exigía una condición indispensable: el mineral con el que trabajaba era del tipo no fosfórico, bastante escaso en Gran Bretaña y en la mayor parte de las zonas industriales de Europa. Sólo Suecia y Vizcaya contaban con importantes reservas de ese mineral y, para beneficio de los vizcaínos, el suyo ofrecía unas condiciones de explotación inmejorables. En primer lugar, estaba prácticamente en la superficie, por lo que no exigía grandes inversiones en técnicas extractivas. Por si esto fuera poco, la segunda virtud del mineral vizcaíno era su cercanía con la costa por lo que era muy fácil de transportar. Y además, la mano de obra era abundante y barata. ¿Se podía pedir algo más?

Ferrocarriles mineros

Así las cosas no hubo más que hacer propaganda de las virtudes del mineral propio, amén de los ajustes forales pertinentes, para que los ingleses de decantaran por la oferta vizcaína. Antes de nada fue necesario crear la infraestructura imprescindible que permitiera llevar el hierro desde las minas hasta los embarcaderos. Para ello hacía falta dotar a toda la zona de ferrocarriles capaces de asumir un creciente número de toneladas de mineral y terminar de una vez por todas con el caduco sistema del transporte en carretas de bueyes. Se creó así una estructura productiva muy compleja. Surgieron múltiples empresas que colaboraron en sentar las bases de la posterior explosión económica de Vizcaya. Compañías mineras, transportistas, contratistas, sociedades dedicadas a la compraventa de mineral, etc. De tal manera se formó una estructura compuesta por cinco niveles empresariales fundamentales: los dueños de las minas, las compañías que realizaban la extracción del hierro, los transportistas desde la bocamina hasta el puerto, las sociedades exportadoras y las navieras. En todos y cada uno de los niveles se produjo una curiosa relación entre empresas vizcaínas y extranjeras aunque, a medida que avanzaba el tiempo, el peso de estas últimas creció en importancia.

Con todas las piezas del rompecabezas ya colocadas, a partir de 1865, las compañías extranjeras interesadas por el mineral vizcaíno, inglesas fundamentalmente, comenzaron a planificar la construcción de ferrocarriles, esta vez sí de titularidad privada, ya que hasta ese momento buena parte del transporte lo realizaba el ferrocarril de Triano, propiedad de la Diputación. Entre todos los proyectos de aquella época destacó el de la Bilbao River & Cantabrian Railway Co. Ltd., conocido como el ferrocarril de Galdames, con más de 20 kilómetros y que no se concluyó hasta pasada la segunda guerra carlista, en 1876. También destacaron el de la Orconera Iron Ore Co. Ltd., diseñado por Pablo Alzola a petición de Ybarra Hermanos, y el ferrocarril del Regato concluido en 1872.

Al mismo tiempo se dio forma a un grupo burgués que estaba llamado a liderar el proceso de industrialización y modernización de la provincia y, por extensión, de todo el País Vasco: los Ybarra, los Martínez Rivas, los Lezama-Leguizamón, los Sota, los Chávarri,&hellip Todo cambiaba a pasos agigantados, desde la forma de ver los negocios hasta el propio concepto de las relaciones sociales que, a partir de ese momento, se revolucionó del mismo modo que lo hizo la economía. A finales del siglo XIX, momento de máxima explotación minera, el hierro se extraía de las minas de 73 propietarios. Más de la mitad del mineral salía de las propiedades de los Ybarra, Martínez Rivas y Chávarri. Pero no siempre los dueños de las minas eran los que extraían directamente el hierro, ya que era frecuente arrendar esa actividad a otras empresas. Entre ésas, las más importantes fueron la Orconera Iron Ore Co. Ltd. y la Franco-Belge des mines de Somorrostro. Tras éstas, por orden de importancia estaban Martínez Rivas, Chávarri Hermanos, José Mc Lennan, la Compañía Explotadora Somorrostro, Echevarrieta y Larrínaga, Darío P. Arana, Otto Kreizner y Pedro P. Gandarias.

Lo normal era que una vez que el hierro llegaba al puerto fuera vendido puesto a bordo. Esta actividad concitaba la presencia de varias casas exportadoras que competían entre sí por el negocio aunque al final fueron 13 las que consiguieron hacerse con casi las tres cuartas parte del total del mineral a exportar: Orconera, Martínez Rivas, Otto Kreizner, Seebold, Griffiths Tate, Macleod, V. Jacquemin, Dyers Martin, J.B. Rochelt, Larrucea y López y la Casa Mac Lennan. En definitiva, un negocio redondo en el que, aunque la mayor parte de las minas eran propiedad de vizcaínos, su participación en la exportación fue muy pequeña. Sin embargo, los beneficios procedentes de aquel boom minero fueron la base sobre la que se asentó la revolución industrial vizcaína entre finales del siglo XIX y principios del XX.

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