En lucha contra la «bruja» del cáncer

La Unidad de Oncología Infantil del hospital de Cruces atiende cincuenta nuevos casos cada año, la mayoría leucemias Tres niños vascos y sus familias relatan su batalla contra la enfermedad, «que se puede ganar»

C. BARREIRO BILBAO.
Joseba, gran aficionado al fútbol, es muy consciente de que su hermana María le ha salvado la vida, «aunque hay veces que me enfado con ella». ::                             LUIS ÁNGEL GÓMEZ/
Joseba, gran aficionado al fútbol, es muy consciente de que su hermana María le ha salvado la vida, «aunque hay veces que me enfado con ella». :: LUIS ÁNGEL GÓMEZ

La Unidad de Oncología Infantil del hospital de Cruces atiende cada año medio centenar de nuevos casos. La mayoría de los niños tratados en el centro vizcaíno -procedentes de diferentes puntos del País Vasco y comunidades limítrofes- tiene leucemia, pero también tumores cerebrales o linfomas. Todos los pacientes esconden tras su enfermedad ejemplares historias de lucha y superación, que los pequeños suelen afrontar además con una entereza impropia de su edad. El tiempo juega a su favor. Los últimos estudios revelan que «el índice de supervivencia a los cinco años de una persona libre de enfermedad ya supera el 75%», explica la jefa de la unidad, la doctora Aurora Navajas. La Asociación de Padres de Niños con Cáncer de Vizcaya (Aspanovas) organiza el próximo 14 de mayo su gala benéfica anual para recaudar fondos y ayudar así a los pequeños y sus familias. Andrea, Sendoa y Joseba son un ejemplo de la lucha encarnizada que miles de niños mantienen a diario contra el cáncer y que una gran parte supera. Los tres y sus padres relatan su experiencia para los lectores de EL CORREO.

Andrea Bragado (4 años) Diagnosticada hace diez meses

«Para que la leucemia se vaya tengo que reírme mucho»

«No soy un chico, ¡eh!», aclara a las primeras de cambio. Andrea tiene el pelo cortito porque «la bruja leucemia» entró en su cuerpo hace diez meses y se lo cortó. Así de sencillo. «Para que se vaya tengo que comer mucho, dormir mucho y reír todavía más», explica con la inocencia de una niña de 4 años. Bueno, «casi cinco». Sus padres, Laura y Jose, la han convertido en la «princesa» de un cuento que inventan cada día para hacerle la enfermedad «lo más llevadera posible». En el mejor de los casos, todavía le quedan dos años de quimioterapia.

«Cuando nos dijeron que Andrea tenía leucemia nos hundimos, pero enseguida comprendimos que con esa actitud no íbamos a conseguir nada. Así que hemos decido darle la vuelta a la tortilla», explican. Andrea es un torbellino y no para un minuto quieta. En el hospital de Cruces le llaman la lobita, porque cada vez que suena la canción de Shakira se pone a bailar como una loca encima de la camilla. El centro vizcaíno se ha convertido en su segunda casa. «Cada vez que voy me ponen un jarabe para echar a la bruja», explica. Es la quimioterapia. «Al principio odiaba ir al médico. En cuanto veía a una persona con bata le llamaba rata y se ponía a llorar», recuerda Laura. Ahora incluso le gusta. «Tengo muchos amigos», puntualiza con desparpajo. Sus padres, como la mayoría, se desviven para que la niña sufra lo menos posible. Antes de que se le cayese el pelo, llamaron a su peluquera -Susana- para que se acercase al hospital a cortarle la melena. No querían que el impacto fuese tan fuerte. «Le dijimos que como hacía tanto calor iba a estar mucho más cómoda», recuerda Jose. «Me regalaron un montón de pañuelos de colores muy chulos, aunque ahora ya no los llevo porque me ha crecido el pelo».

Como no puede ir al cole, Andrea tienen una andereño particular -subvencionada por el Gobierno vasco- que va todos los días a su casa de Santurtzi para que siga el ritmo de sus compañeros de clase. La ikastola es una de las cosas que más echa de menos. Aunque lo que más desea es «que la bruja se vaya de una vez». Mientras llega el momento, Andrea se duerme todos los días escuchando una canción inventada por su madre. «Le digo lo especial que es y lo mucho que la queremos». «Yo también se lo digo, porque mi amatxu es la más bonita de todas».

Sendoa Merino (4 años) En octubre finaliza el tratamiento

«No llores, mamá. ¿Por qué lo haces?»

Alto y robusto para sus 4 años, con cara de pillo, una energía imparable y un apego enorme por abrazos y mimos. Al verle, nadie diría que Sendoa pelea a diario contra una leucemia linfoblástica aguda, el tipo de cáncer más común entre los niños. «¡Hola, soy Sendoa! ¿Qué tal?», se presenta descarado mientras muestra sus zapatillas, «casi iguales a las de mi padre». Rubén Merino, un cocinero de 27 años, recibió un día antes de su cumpleaños, el 17 de octubre de 2008, el peor regalo posible. La confirmación de la enfermedad de su hijo. «Ese verano se quejaba de dolor en las articulaciones. Íbamos cada dos por tres a Txagorritxu, le hacían radiografías y no veían nada», recuerda la madre, Paola Peña, de 29 años. «Un día dejó de caminar. ¿Sabes lo que es ver a tu hijo arrastrándose por la alfombra?», interpela Rubén. Así que se plantaron en el hospital de Vitoria, la ciudad donde reside la familia. «Decían que cómo queríamos que pincharan a un niño tan pequeño. Tras insistir y hacerle más pruebas, nos pasaron a una sala donde nos dijeron que tenía algo, que podía ser leucemia pero que fuéramos a Cruces para que lo confirmaran», recuerdan. Y corroboraron la temida noticia.

Comenzó entonces un largo proceso, marcado por dos semanas de ingreso hospitalario, luego estancias alternas y ahora viajes semanales para sesiones de quimioterapia, que completa con un tratamiento oral. Un arduo camino repleto de pruebas y sobresaltos. Como cuando comenzó a sangrar por la nariz. «Le llevamos corriendo a Bilbao, tenía las plaquetas bajísimas y nos dijeron que se podía haber desangrado», rememora Paola, con ojos llorosos. O las continuas inyecciones que se ha visto obligada a ponerle. «Sendoa decía que de mayor quería ser médico para poder pinchar a las enfermeras», añade esta vez con una sonrisa, mientras observa cómo padre e hijo juegan con las acuarelas. Es una de las pasiones del pequeño, junto con los muñecos 'Gormitis' y las espadas de todo tipo. ¡Ah! Y jugar al fútbol, cómo no. «Soy del Madrid, como papá», exclama.

«Es un niño muy fuerte y le gusta luchar mucho. Incluso me decía que no llorara, que por qué lo hacía», cuenta Paola. Atrás quedan aquellos días en que se le caía el pelo por tanta medicación o cuando engordó diez kilos en cuatro meses y casi no podía correr por los corticoides. Aunque mantienen la maleta preparada en la puerta «por si pasa algo y tenemos que salir corriendo», poco a poco han recuperado la ilusión a base de una esperanza que nunca han perdido. «Él es lo más importante. Dejas todo, tu vida, tu trabajo, tus amigos». Paola perdió su puesto en unos grandes almacenes y ahora trabaja de camarera.

Octubre es la fecha clave. «A los dos años, le hacen una biopsia de médula: sólo si está limpia y generando células buenas será positivo. Los tres meses siguientes el riesgo de recaída es mayor y después, si toda va bien, necesitará controles periódicos», suspiran. «Nos tiene que llegar algo bueno, tenemos muchos proyectos». Entre ellos, la entrada en el piso de protección oficial que les tocó y las peticiones de Sendoa; «un hermanito o un perro». Por ahora, se centran en prepararle su fiesta de cumpleaños -hará cinco años en junio- y disfrutar juntos al máximo posible.

Joseba Castaño (8 años) Le trasplantaron la sangre del cordón umbilical de su hermana

«María me ha salvado la vida»

Los padres del pequeño Joseba Castaño Quirós también tienen una fecha grabada a fuego: el 15 de septiembre de 2005. Fue el día que se enteraron de que su hijo de tres años y medio tenía leucemia. Así, de golpe. Como ocurre casi siempre en estos casos. Llevaron al niño al ambulatorio de Gallarta para hacerle unos análisis rutinarios «porque tenía muchos moratones en el cuerpo» y tres horas más tarde ya estaba ingresado en la Unidad de Oncología Infantil del hospital de Cruces. «Cuando me llamó la pediatra para darme los resultados de la analítica, no me lo podía creer. Lo último que me hubiese imaginado es que mi hijo tenía cáncer», recuerda la madre de Joseba.

Las primeras horas fueron de «auténtica desesperación». «Estás tan superado por la situación que no atiendes a razones. Sólo quieres que tu niño se ponga bien». Y lo han conseguido. Aunque todavía es pronto para decir que le han ganado la batalla al cáncer, los últimos resultados confirman que «todo va bien». A diferencia de los adultos, los menores no reciben el alta «hasta que llevan diez años libres de recaída o de problemas derivados del tratamiento recibido», puntualiza la doctora Navajas. Joseba es un ejemplo de que es posible sobrevivir a la leucemia. «Yo lo he hecho», explica orgulloso.

Cristina y su marido pasaron por momentos «muy duros», pero quieren transmitir un «mensaje de esperanza» a todos los padres que se encuentran en la misma situación que vivieron ellos hace cuatro años. «Es importante que piensen en positivo. La actitud es fundamental para superar un trago tan amargo», insisten. Su historia es la de miles de familias que cada día se tienen que enfrentar a una enfermedad que les cambia la vida por completo. La «suerte» de Joseba fue que su madre estaba embarazada de cuatro meses cuando le diagnosticaron la leucemia, lo que les abrió «una puerta a la esperanza». La sangre del cordón umbilical de su hermana podría salvarle la vida. Aunque sólo una cuarta parte de los casos son compatibles, los padres del pequeño se agarraron a esa posibilidad como a un clavo ardiendo. «No veía el momento de dar a luz», confiesa Cristina. Mientras tanto, Joseba seguía un riguroso tratamiento de quimioterapia en Cruces. De cada tres semanas, una la pasaba ingresado.

«Me acuerdo de que estuve muy malito, pero poco más». A Joseba no le gusta recordar su estancia en el hospital. Prefiere hablar de fútbol, su gran pasión. Tanto es así que el ex jugador del Athletic Asier del Horno le regaló un balón firmado por todos los jugadores del Chelsea, que el pequeño -«delantero del Gallarta», puntualiza- guarda en su habitación como un tesoro. Los padres de Joseba siempre se han esforzado por afrontar la enfermedad de su hijo con la mayor naturalidad posible. «Cuando se le cayó el pelo nos decía que lo peinásemos y lo hacíamos», recuerdan.

La situación cambió cuando nació María, el 25 de enero de 2006. Era la oportunidad que esperaban. Aunque los médicos del hospital Niño Jesús de Madrid no las tenían todas consigo -la sangre del cordón de su hermana no era totalmente compatible- la intervención fue un éxito. «Fueron tres meses muy duros porque tuve que dejar a mi bebé recién nacido en casa de mi hermano -recuerda Cristina- y no sabía si mi otro pequeño se iba a salvar».