Retrato de trepador en la cumbre

JOSÉ MARÍA ROMERA:: MARTIN OLMOS
Retrato de trepador en la cumbre

Sed ambiciosos, audaces, competitivos. Es la consigna de la época, una especie de imperativo para un éxito negado a los apocados. Nuestra cultura alaba y glorifica al triunfador que se ha hecho a sí mismo salvando los obstáculos que se cruzaban a su paso, saliendo airoso de las trampas tendidas por sus adversarios y enfrentándose a las contrariedades sin caer en el desaliento. Pero esa loa del valiente no encierra sólo un canto a la capacidad del individuo. Suele ir acompañada del desprecio de los otros. Para mucha gente sólo hay triunfo propio si está acompañado de derrotas ajenas. La vida -y especialmente la vida profesional- es un torneo donde cada paso adelante obliga a descabalgar a un rival, o a servirse de él sin reparar en medios.

Son los 'trepas'. Los buscadores de lo alto. Los que convierten la legítima aspiración de mejora en objetivo central de toda su actividad. Para el trepador no hay más ética que la del ascenso y la promoción personal. Es bueno aquello que sirve a su propósito, y malo lo que pueda dificultarlo. Son convenientes las personas que le sirven de trampolín, e inconvenientes las que les producen atascos. Desde la escuela ha aprendido las primeras técnicas para sacar provecho del compañero al que pedía prestados los apuntes, o a quien dejaba la parte más pesada e ingrata de los trabajos en grupo que luego ellos presentaban al profesor como propios. Pronto se dio cuenta de que no es preciso fatigarse cuando hay infelices dispuestos a hacer ese esfuerzo mientras nosotros guardamos las energías para el tiempo del lucimiento. Interiorizó estrategias de manipulación con las que ganar la confianza de los otros y obtener de ellos favores que luego no sólo no les agradecerá, sino que utilizará en perjuicio del benefactor.

Porque el 'trepa' no conoce otra escala de valores que la de su ganancia. Está dotado de un olfato privilegiado para distinguir las personas y situaciones aprovechables para sus objetivos y desechar aquello que no le reporta ninguna ventaja. Antes de atacar a su presa, la observa analizando sus puntos débiles y buscando la forma de ganarse su confianza. Porque el trepa no actúa necesariamente como lo que se entiende por 'mal compañero'. Si la maniobra de acercamiento lo precisa, se mostrará al principio como un colaborador bien dispuesto, un tipo cordial y amable. Al mismo tiempo, deslizará comentarios negativos sobre otros trabajadores o sobre los jefes, buscando la 'complicidad frente al enemigo' tan común en los colectivos. Una vez que vea el terreno expedito, empezará a pedirnos pequeños favores. Pero lo que empieza siendo la corrección de un informe, la atención ocasional a uno de sus clientes o un intercambio de turnos para resolverle un compromiso familiar, al cabo del tiempo se ha convertido en costumbre. Sin saber cómo hemos podido llegar a ese punto, nos encontramos dedicando una porción nada desdeñable de nuestra tarea a la tarea del otro.

Sin embargo el trepa no suele ser un holgazán caradura ni un parásito escaqueador. Antes al contrario, la mayoría de los arribistas responde al perfil de la persona activa, incluso a veces del 'workaholic' o adicto al trabajo. Si se aprovecha de los demás es por su obsesión de acumular rentas. En el currículum vitae del trepa figuran, junto a los títulos y ocupaciones obtenidos con el esfuerzo propio, las medallas obtenidas merced al concurso de otras personas menos ambiciosas, más serviciales o carentes de su afán de protagonismo. Es el escalador que ha cargado la impedimenta a las espaldas de los sherpas que le abrían camino para alcanzar la cumbre ligero de equipaje y sacarse allí la foto en solitario. Cuando ya ha exprimido a sus iguales, persigue el reconocimiento de sus superiores. Si hace falta halagar, halaga. Si toca humillarse, se humilla sin hacer caso a la advertencia de Jonathan Swift: «La ambición conduce a menudo a los comportamientos más bajos. Adoptamos la misma postura para escalar que para reptar». El trepa avanza imparable dejando cadáveres en las cunetas mientras cosecha aquí el elogio, allá el ascenso, allá la contrata o la adjudicación ganadas al precio que sea.

Es triste que algunos de estos arribistas confíen a las malas artes lo que perfectamente podrían conseguir de buena lid. Pero se diría que consideran la zancadilla y el codazo técnicas imprescindibles que hay que dominar para ser alguien. El trepa -capaz o inútil, tanto da- ha engañado tanto que acaba teniendo la desconfianza como compañera inseparable. Así es el sino de muchos políticos de nuevo cuño formados en las intrigas de partido antes que en las capacidades, el talento, los valores o la ideología. Al alcanzar del poder no pueden desprenderse de los hábitos que les han catapultado hasta lo más alto y, sospechan que detrás vienen otros a moverle la silla. O tratarán de mantenerse perpetuamente en el candelero, igual que hacían cuando trataban de caer bien a los cabecillas, pendientes de situarse en el lugar adecuado y en el momento oportuno.