A Chano

ALBERTO BLANCO DEL PUEYO

Adiós Chano. Te has ido, pero sólo de aquí. Lo has hecho en silencio como no viviste. Cuando estabas con nosotros ocupabas tu espacio: tu físico era menudo, pero lo que era verdaderamente importante era tu voz, tu humor, tu irónica sabiduría, tu corazón, tú.

Representan mucho los tiempos que se comparten con la familia, con las amistades y en el trabajo. Pero no lo son menos los que, sin desdeñar los anteriores, se pasan tras la barra de un bar y en otros lugares que quedan para ti y para mí.

Te has ido, nos has dejado, pero no es mucho tiempo el que nos queda para seguirte. ¿Adónde? A ninguna parte, como tiene que ser.

Vas a quedarte conmigo lo que me quede de vida. Ni más ni menos. El sabor que has dejado en mi vida por haberte conocido, ni lo puedo perder ni dejaré que me lo arrebate nada ni nadie.

Ya sabes que no tengo ninguna creencia por lo que no pienso decir ninguna de esas simplezas como aquella de que nos encontraremos. No nos vamos a encontrar. Nadie se encuentra. No creo en nada, pero sigo creyendo en ti. Quiero pensar que nada se pierde y que todo se transforma. ¿En qué se transformará tu recuerdo?

Pero eso sí, las sensaciones que me dejaste, no se van a borrar. Estarás en mi vida aunque en mi paisaje de cada día me va a faltar tu figura que es de ese paisaje una de las que más apreciaba.

Te quise, te quiero y te querré hasta que esté como tú estas ahora. Me dejas el dolor que no sé donde esconder y es que, verdaderamente, no quiero hacerlo.