La negra huella de Goya

Enfrentan en Milán 73 obras del pintor aragonés con las de sus 'herederos'

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ ENVIADO ESPECIALMILÁN.
'La letra con sangre entra' (Goya, 1780-1785)./
'La letra con sangre entra' (Goya, 1780-1785).

Goya es un precursor y un pionero, eso ya se sabe, germen del expresionismo, del surrealismo, del impresionismo, primer pintor del horror y el absurdo, todas cosas conocidas. Pero otra cosa es detenerse verdaderamente a documentar las remotas ramificaciones de su influencia y lo profundo de sus intuiciones. Es lo que hace una imponente muestra que se abre hoy en el Palazzo Reale de Milán, hasta el 27 de junio, con nada menos que 73 cuadros del pintor aragonés y más de un centenar de obras de 45 autores que le siguieron, hasta nuestros días, y llevaron al extremo sus visiones. Una iniciativa ambiciosa, organizada por el Gobierno español y las autoridades italianas con motivo del semestre de presidencia europea.

Goya fue pintor de corte, retratista social, pero después es, quizá, el primer artista sin concesiones y que logra pasar del encargo a la libertad total. No sólo en su arte es actual. En sus 'Desastres de la Guerra' están ya Auschwitz, las torturas de Abu Graib o las decapitaciones de rehenes de terroristas islámicos. También adelanta el reporterismo, la fotografía o el cómic. «Ésta es la primera representación en la historia de un bombardeo con víctimas civiles», señalaba ayer Valeriano Bozal, comisario junto a Concha Lomba.

La exposición 'Goya y el mundo moderno' es implacable en deslindar cada capa de significado de su obra, todas dolorosas, para desplegar sus efectos posteriores. Son cinco áreas que abren abismos, un progresivo descenso a los infiernos, que es un viaje paralelo en la descomposición de la forma. Se empieza con retratos de Louis David, de melancolía idealizada, y se termina con un páramo desolado de alambradas de Anselm Kiefer. Las cinco secciones son el trabajo del tiempo, los retratos; la vida de todos los días; lo cómico y grotesco; la violencia y, por último, el grito.

El retrato de Goya es sin retórica, de seres perecederos y en penumbra, a pesar de sus títulos, un estilo que lleva hasta una mujer con mantilla de Picasso u otra borrosa, sin identidad, de Soutine. En sus escenas de vida cotidiana el pintor aragonés se detiene en individuos dolientes, en lo siniestro, en el drama exento de nobleza o en la muerte convertida en fiesta y espectáculo en los toros. Si su mirada se fija en una paliza a un niño la despoja de la costumbre y la aceptación social y la muestra como lo que es. Aquí el contrapunto son dibujos de Victor Hugo o unos abogados tenebrosos de Daumier.

La siguiente sección ya supone bajar un peldaño hacia la oscuridad, pues se adentra en lo grotesco, a través de los 'Disparates'. Brujas, bestias y seres de pesadilla, el mundo nocturno, abren un vasto camino en el arte por donde pasarán después Esnor, Rouault, Klinger, Gutiérrez Solana hasta Klee o Miró. La negra huella de Goya ya se muestra larguísima, y en las siguientes salas se dispara en todas direcciones.

La violencia y el grito, los dos últimos bloques temáticos, son un repertorio de lo irracional, la bajeza humana y la angustia vital, de la guerra como la tragedia del hombre, que culminará en el siglo XX. Es un terrible mundo moderno que se plasma en Dix, Kokoschka, Bacon, Kirchner, Picasso, Dalí, Saura, Millares y Pollock, entre otros muchos. Es una exposición que deja exhausto, tal es la potencia de Goya. Con él entran en la historia las víctimas, el individuo y las multitudes.