Suspense

Los científicos están hartos de que parte de la investigación recaiga en jóvenes a los que no se ofrece futuro

MARÍA MAIZKURRENA

Los científicos están en pie de guerra. En Madrid, en la Puerta del Sol, unas 2.500 personas han decidido dar la campanada. Por lo común son silenciosos y discretos, pero están hartos. Hartos de que se aplacen una y otra vez las normas que deberían organizar y sustentar la ciencia en España. Hartos de que parte de la investigación recaiga sobre jóvenes a los que no se ofrece ningún futuro. Por si fuera poco, este año el Ministerio de Ciencia e Innovación ha decidido ahorrar un 10% en subvenciones. No aumentar las subvenciones en un sector estratégico ya sería una respuesta demasiado dura ante la crisis. Del futuro de la ciencia depende el modelo de desarrollo del país, dice Elena Piñero, presidenta de la Federación de Jóvenes Investigadores / Precarios, que por algo se llaman así.

Hoy día, una gran parte de nuestro mundo es artificial. Se extiende por capas y artilugios que nos ayudan a trabajar, ver, entender, pensar o no pensar. Nuestros álbumes de fotos son enormes y se guardan en un pen drive o en una tarjeta SD. El consumidor medio pasa parte de su tiempo en las tiendas de ocio, cultura y electrónica, donde la antigua librería se funde con la sección de net-books. Ordenadores y pantallas y toda clase de parientes nos enredan en una gran red, de cables o inalámbrica. Hemos llegado muy lejos. Nuestro mundo se derrumbaría sin la tecnología. Pero el robot que realiza delicadas operaciones quirúrgicas, el programa informático que hace prospecciones mineras, la pantalla plana de 42 pulgadas que nos muestra los fondos marinos no serían posibles si a mediados del siglo XIX no hubiera existido un tipo llamado George Boole que se dedicó a las matemáticas a pesar de que era hijo de un bodeguero. Boole tuvo que ponerse a trabajar con 16 años. Luego fue maestro de escuela. No pudo conocer a científicos que habrían podido aprovechar sus investigaciones porque no era de clase alta. Según Bertrand Russell, Boole descubrió la matemática pura. Se pasó toda su vida investigando por el simple placer de hacerlo. Sólo en 1949 le dieron una cátedra en Irlanda. Durante mucho tiempo, nadie pensó que los trabajos de Boole pudieran tener utilidad alguna. Hasta que en 1937 el joven ingeniero Claude Shannon se dio cuenta de que el instrumento que sus colegas estaban buscando desesperadamente para describir y controlar los complicados circuitos de las monstruosas computadoras de la época existía: era el álgebra booleana. Sin Boole y sin Shannon no existirían el PC ni el IPod ni el IPad. La ciencia es una carrera de fondo que da sus impredecibles frutos cuando se cultiva tenazmente, como en el Instituto Tecnológico de Massachussets donde enseñó Claude Shannon. La ciencia y la política científica tienen la mano larga, consecuencias decisivas a largo y medio plazo. Esos plazos con los que no están acostumbrados a vérselas los políticos pero que, por otra parte, cada vez son más cortos.