La «hondura y brillantez» de la narrativa de Muñoz Molina gana el Príncipe de Asturias de las Letras

El escritor andaluz es creador de un territorio mítico, Mágina, concebido a imagen y semejanza de los engendrados por Onetti y Faulkner

ANTONIO PANIAGUAMADRID
El escritor Antonio Muñoz Molina. / Leo La Valle (Efe) | Vídeo: Atlas/
El escritor Antonio Muñoz Molina. / Leo La Valle (Efe) | Vídeo: Atlas

A los once y doce años Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) leía con pasión a Julio Verne. El capitán Nemo envenenaba sus sueños. Esa pasión inextinguible por la lectura dio paso a una no menos acendrada vocación de escritor. Cuarenta años después, al flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras no le ha abandonado el amor por la literatura. Es un prosista reconocido que acumula honores y reconocimientos. El jurado que hoy le ha distinguido ve en su persona al intelectual comprometido con su tiempo, a un escritor que ha sabido narrar con "hondura y brillantez" episodios cruciales del mundo contemporáneo, así como acontecimientos personales.

Muñoz Molina es creador de un territorio mítico, la ciudad imaginaria de Mágina, un trasunto de su Úbeda natal, concebida a imagen y semejanza de los lugares engendrados por Juan Carlos Onetti y William Faulkner, narradores por los que el académico siente verdadera devoción. Mágina es a Muñoz Molina lo que Yoknapatawpha es a Faulkner, Santa María a Onetti o Macondo a García Márquez.

Salvo una o dos cosas que no dice, lo que más le gusta a Muñoz Molina es escribir. Con pocos años, fantaseaba con ser un Robinson en el Pacífico o un Tom Sawyer surcando el Misisipi. Quiso ser un periodista pero vio que la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, ese horrible mamotreto de hormigón que se yergue en la Ciudad Universitaria, era un fraude. Quiso ser agitador político, un dramaturgo sartriano que exhortara a la acción, pero le atenazaba el miedo. Así que se dedicó a la literatura, una actividad que satisfacía su inclinación a la pereza. Paradójicamente, Muñoz Molina se ha convertido en un trabajador infatigable de las letras, con una gruesa bibliografía que se adentra sobre todo en la novela, sin perjuicio de alguna incursión en el terreno del ensayo. De su pluma han salido, desde 'Beatus Ille', su primera novela, a 'El invierno en Lisboa', pasando por 'El jinete polaco', con el que se adjudicó el Premio Planeta en 1991; 'Plenilunio' o 'La noche de los tiempos'.

Pese al apocamiento pueblerino que se refleja en sus primeros textos, en los que se asoma un joven anonadado por los misterios de Madrid, Muñoz Molina se ha convertido en un hombre viajado, en un enamorado de Nueva York, adonde se traslada con frecuencia con su segunda mujer, Elvira Lindo. Está prendado de Manhattan, de la orilla del río Hudson, de la pintura de Hopper, de la vitalidad de Central Park. Ya desde que tenía 22 años y era un gris funcionario del Ayuntamiento de Granada le arrebataban el jazz, Dizzy Gillespie y Duke Ellington. Si de joven le acechaba la tristeza, se ponía en el tocadiscos un álbum de Frank Sinatra. Su nombramiento en 2004 como director del Instituto Cervantes de Nueva York es fruto de esa veneración por la ciudad de los rascacielos. 'Ventanas de Manhattan' constituye un tributo de ese idilio entre la ciudad que vio caer las Torres Gemelas y el escritor.

Su obra

El jurado del Príncipe de Asturias ha tenido en cuenta la destreza de Muñoz Molina para contar episodios señeros de la contemporaneidad. Un ejemplo es 'Sefarad', una de sus mejores novelas, toda una indagación en el mundo de los excluidos, una novela que plasma la atroz persecución de los judíos y en la que se entreveran las terribles experiencias de Kafka, Primo Levi o Willi Münzenberg. Personajes reales y ficticios pueblan una trama que destilla tragedia e ironía

En 'La noche de los tiempos', su novela más voluminosa, puso todo su empeño y talento. Se trata de texto que bucea en las raíces de la sociedad española a través de la Guerra Civil. De todo ello resulta un texto riguroso, alejado de maniqueísmos y que quizá, por su intención de analizar la contienda lejos de las categorías de héroes y villanos, no gustó mucho a la izquierda. Muñoz Molina es socialdemócrata, un izquierdista templado. Él resume así su pensamiento político: "Defiendo la instrucción pública y la sanidad pública, el respeto escrupuloso de la legalidad democrática, la igualdad de hombres y mujeres, el derecho de cada uno a elegir su forma de vivir y si es preciso de morir dentro de la conciencia de nuestra responsabilidad como ciudadanos".

El ubetense nació en una buhardilla, en ese tiempo en que las mujeres parían en casa, no existían ni epidurales y las españolas traían al mundo hijos con la ayuda de una comadrona. De origen humilde, su padre, Francisco Muñoz Valenzuela, se afanaba en la huerta y vendía las hortalizas en el mercado de abastos; su madre era un ama de casa. Dos niños de la guerra que abandonaron pronto la escuela para echar una mano en la labranza o lo que hiciera falta. El autor recuerda que de mayores sus padres escribían con letra torturada, deletreando las sílabas mientras arrugaban el papel con el lapicero. Cuando España despertó a la democracia, los dos asistieron a escuelas para adultos. Nunca debieron pensar que su hijo ocuparía un sillón en la Real Academia, daría clases en Nueva York y ganaría un galardón que entregan unos príncipes.

El autor de 'Sefarad' se educó en una escuela de esas que llamaban de perra gorda, donde los niños escribían en pizarras individuales y tizas que se rompían con nada. Con seis años ingresó en un colegio de los jesuitas y un maestro se percató pronto del talento del chico. El profesor se llamaba Luis Molina y habló con su padre para que el hijo no abandonara los estudios pronto, cosa que entonces era lo más natural.

Escritor represaliado

No había cumplido los doce años cuando ese alumno aventajado devoraba libros de Julio Verne, Mark Twain, Alejandro Dumas o Agatha Christie. El primer personaje que inflamó su imaginación fue el capitán Nemo. Con Verne se percató de que detrás de las historias había alguien que las escribía. "Por imitación de Verne concebí la posibilidad fantástica de hacerme yo también escritor".

Después vinieron lecturas más serias: Cervantes, Bécquer, García Lorca A los 16 escribió una obra existencial y con ínfulas contestatarias. Los curas prohibieron el estreno, lo que lejos de desazonarle, le complació. La idea de verse a sí mismo como un escritor represaliado por la dictadura era una circunstancia que satisfacía, todo hay que decirlo, su vanidad.

Estudió en Granada Geografía e Historia. Y en eso quiso probar fortuna. Llegó a Madrid queriendo ser periodista e ingresar en la Facultad de Ciencias de la Información. Quería escribir obras de teatro que conmovieran las conciencias. Quería ser un agitador de voluntades. Pese a su anonadamiento pueblerino, en la capital perdió su virginidad política al participar en una manifestación contra el fusilamiento de Salvador Puig Antich. Le detuvieron, estuvo preso y esposado, y ese escarceo de militante antifranquista le arredró. Todos sus amigos militaban en el PCE; él no lo hizo por cobardía. "Yo estuve a punto de afiliarme también, pero la detención en Madrid había acentuado mi tendencia natural al miedo".

Todo lo que vino después más o menos se sabe. La publicación en 1985 de su primera novela, 'Beatus ille', una prometedora obra con la que obtuvo el Premio Ícaro. En el otoño 1991 le concedieron el premio Planeta por 'El jinete polaco', que tiene mucho de autobiográfico. El protagonista, un traductor simultáneo, desmenuza un relato en el que todas las piezas acaban por encajar, un relato que es el discurrir de la vida en el pueblo andaluz de Mágina, territorio mítico del escritor. Entre el asesinato de Prim y la primera guerra del Golfo, los personajes van entrelazando sus recuerdos como en un mosaico.

Ahora que Muñoz Molina ha ganado todos los premios y ha añadido otro a su currículum, su padre Francisco, muerto en 2004, estaría orgulloso de él.