Holmes y el caso de ‘el eslabón perdido’

Algunas teorías apuntan a Sir Arthur Conan Doyle como el artífice del mayor fraude científico de la historia

ANDER AZPIROZMADRID
Reproducción del cráneo y la mandíbula hallados en Piltdown. / Foto: R. C./
Reproducción del cráneo y la mandíbula hallados en Piltdown. / Foto: R. C.

El creador del más grande detective de todos los tiempos acusado de ser el culpable del mayor fraude científico de la historia. La más endiablada pugna entre la ficción y la realidad se inició hace 100 años. Sir Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes, sigue siendo para algunos el artífice del gran engaño que durante cuatro décadas hizo pensar a la humanidad que había hallado a el eslabón perdido, ese paso de gigante aún desconocido por el que los homínidos pasaron a denominarse seres humanos.

En 1912, la efervescente sociedad científica británica vibró con un descubrimiento insólito. El naturista Charles Dwason hizo públicos unos hallazgos sin precedentes en el subsuelo de un minúsculo pueblo británico de nombre Piltdown: Un cráneo y una mandíbula pertenecientes al primer antecesor del hombre. Fue tal la expectativa levantada que nadie osó poner en duda el descubrimiento del que al poco tiempo fue bautizado como El hombre de Piltdown. En la ensimismada sociedad inglesa de principios de siglo nada pudo ser mejor acogido que el hecho de que las Islas Británicas fueran la cuna del humanidad.

Sin embargo, los avances científicos terminaron por desenmascarar esta singular farsa. Eso sí, no lo consiguieron hasta 40 años después. En 1953, el antropólogo J. S. Weiner analizó de nuevo los fósiles hallados a principios de siglo. El resultado fue demoledor: los restos del cráneo pertenecían a un hombre primitivo, aunque no tanto; la mandíbula se correspondía a la de una orangután muerta hacía 500 años. El hombre de Piltdown fue el primer ser humano que usó dientes postizos, tituló con ironía The Times.

Conocida la realidad, y con ya la mayoría de los protagonistas del descubrimiento ya fallecidos, las primeras acusaciones se dirigieron hacia Dawson. Sin embargo, su perfil nunca se adecuó a la de un estafador en busca de riqueza, sino quizá más hacia la de un entusiasta de la paleontología capaz de creer en un hallazgo imposible. Las miradas se giraron entonces hacia su ayudante de campo, el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin.

Una venganza

En 1983, 71 años después del descubrimiento del falso eslabón perdido, los investigadores John Winslow y Aldred Meyer centraron las pesquisas en un nuevo sospechoso: Sir Arthur Conan Doyle.

Para ello presentaron un sinfín de pruebas, ninguna de ellas por sí concluyente pero en su conjunto suficiente para levantar la sombra de la duda. El primer indicio radica en qué persona pudo tener acceso a semejantes restos óseos como para confundir a los especialistas. Así, relacionaron a Conan Doyle con una serie de íntimas amistades capaces de proporcionarle el cráneo humano procedente de la zona mediterránea- y la mandíbula originaria de Java o Sumatra- Aún había más, el padre de Holmes vivía por aquella época apenas a 10 kilómetros de Piltdown y había contactado con Dawson en numerosas ocasiones.

Apuntan incluso a una semejanza entre una de las obras de Conan Doyle y el engaño. En El mundo perdido, publicado en 1912, el personaje del profesor Challenger hace una aseveración sospechosa: Si uno es listo y sabe su negocio, puede trucar un hueso tanto como una fotografía. Conan Doyle, médico antes que escritor, era un experto paleontólogo. Y la mandíbula hallada fue pertinentemente manipulada con bicromato de potasio, una sustancia que él conocía, para asemejar su color al del cráneo humano.

La mayor prueba reside sin embargo, para Winslow y Meyer, en las creencias del escritor. Conan Doyle, movido por la repentina muerte de varios familiares, se convirtió en un ferviente espiritista. Su fe ciega en las ciencias ocultas le llevó a entablar amistad con el gran Houdini, con el que más tarde rompería al confesarle este último que su magia se limitaba a simples trucos. Conan Doyle llegó incluso a escribir en 1921 The coming of the fairies, una obra basada en las fotografías de unas supuestas hadas del bosque que más tarde se demostrarían falsas. Nueve años antes de este fiasco, el autor ya se sentía cansado de los continuas burlas hacia su persona del sector científico. Y, sostienen ambos expertos, decidió vengarse. Se propuso dejar a la ciencia en ridículo.

De esta forma, habría planeado el engaño de El hombre de Piltdown. Eso sí, dejando pistas enterradas en las zonas de excavación, como la de un hueso de elefante perfectamente tallado como un bate de cricket una de sus pasiones- que los expertos inocentemente atribuyeron a una herramienta primitiva de caza. Pero además de la venganza se le achaca a Conan Doyle otra importante motivación: su gran afición a las bromas.

Pero nada de todo esto ha podido ser demostrado. Los investigadores consideran que el fraude supuso un freno de al menos 25 años para la paleontología. Lo cierto es que un siglo después del descubrimiento de El hombre de Piltdwon nadie sabe quién fue el verdadero artífice de semejante estafa y, lo más probable, es que jamás se averigüe. Solo Sherlock Holmes podría desvelar semejante misterio.