Gilbert no emplea la palabra emoción

Un ataque demoledor en el alto de Miracruz dejó sin ninguna opción al resto de sus rivales

BENITO URRABURUSAN SEBASTIÁN
Gilbert no emplea la palabra emoción

Philippe Gilbert está atravesando el mejor momento de su carrera profesional. Lleva ganando carreras desde el mes de marzo. Cinco meses le han bastado para convertirse en el hombre de moda del ciclismo mundial, en un corredor que ha seleccionado muy bien el calendario que quería cubrir, los períodos de reposo e incluso el empacho de carreras que ha tenido desde que comenzó el Tour de Francia.

El vencedor de la Clásica de San Sebastián, el segundo corredor belga que se impone en la prueba después de que Claude Criquelion consiguiese el triunfo en 1983, 28 años después, lleva poniéndose un maillot para competir desde el 2 de julio, fecha del inicio del Tour. Desde entonces no ha parado puesto que esta semana ha corrido todos los días un criterium antes de llegar a San Sebastián en la madrugada del sábado, a las 2 de la mañana. Todo un derroche físico para un ciclista que no daba muestras de un excesivo castigo.

Lo que se había propuesto en la Clásica lo cumplió: llegó con el tiempo justo para correr porque quería ganar y ganó; sumó puntos para la general del World Tour, atacó en el alto de Miracruz como si fuese un poseso y destrozó el grupo de favoritos. No le gusta emplear la palabra emoción: prefiere la de seguridad, confianza en su momento de forma. Sale en estampida, aprovecha los repechos, con un desarrollo tan brutal que parece que van a explotarle las piernas. Los demás no pueden seguirle. Ni siquiera Samuel Sánchez, que estuvo muy vigilado. Gilbert gana por la fuerza demoledora que emplea, que incapacita a sus rivales a la hora de seguirle.

«Quiero ganar todas las clásicas que pueda», dijo. Es una relación la que mantiene con las carrera de un día muy especial. Menos las clásicas del adoquín, Vuelta a Flandes y París-Roubaix, en todas las demás ha dejado su sello. Se le ha resistido la Milán-San Remo, de momento. Solo ha sido tercero. La Clásica de San Sebastián tiene en Jaizkibel y Arkale unos filtros muy especiales que en esta edición no sirvieron de nada. En la última subida, en la que atacó Samuel Sánchez buscando una selección, el romper el grupo, acabaron juntándose más de treinta corredores en la bajada. Con tanta gente delante había que ir soltando lastre de ciclistas. Arkale volvería a ejercer de filtro. Gilbert se mantuvo frío, espero a la última oportunidad que le quedaba a la prueba: Miracruz.

Un depredador

Demostró que conocía muy bien donde corría. Dejó sin ningún margen de maniobra a quienes le acompañaban, hombres importantes del ciclismo mundial como Frank Schleck, Haimar Zubeldia, que lo intentó todo para no llegar en un grupo en el que se sabía condenado, Philippe Gilbert, Jelle Vanendert, Van Avermaet, Joaquín Rodríguez, Rigoberto Uran, Samuel Sánchez y Devenyns. Por si no le bastase con él mismo, tenía a Jelle (Vanendert), el corredor que encontró su camino hacia el éxito en el Tour después de que Jürgen VandenBröeck se cayese. Sin la responsabilidad de trabajar para un líder, ganó en Plateau de Beille y fu segundo en Luz Ardiden. En una prueba selectiva como la de San Sebastián, le fue limando los ataques que le lanzaron y él se quedó para el decisivo, el de Carlos Barredo. Agradeció el trabajo impagable de su compañero: no se desgastó, esperó, tensó los estados de ánimo, los momentos físicos cuando todo el mundo estaba al límite, menos él.

Gilbert es un depredador, un ciclista que se se asemeja a Sean Kelly y Laurent Jalabert, salvando las distancias, que comenzó ganando el 2 de julio, en la primera etapa del Tour y volvió a repetir el 30 del mismo mes. Ha dejado por medio los Pirineos, los Alpes, seis criteriums, el cansancio, los viajes. Muchas cosas se han quedado en su camino para llegar hasta San Sebastián, salvo esas piernas que parecen engrasadas por el linimento de la eternidad. San Sebastián era una de las pruebas que quería ganar, en las que sabía que podía imponerse y no falló. La carrera tuvo el diseño habitual, una escapada que se sabía que no iría a ninguna parte y luego Jaizkibel, que está vez no decidió.

Se limitó a realizar una labor de desgaste, a ir minando las fuerzas de quienes lo pasaron en las primeras posiciones. Estamos ante una clásica que tiene ya tres escenarios para poder jugarse, Jaizkibel, Arkale y el alto de Miracruz. Gilbert está en condiciones de escoger donde moverse, lo que le da ventaja sobre sus rivales, que parecen esperar la guillotina del campeón belga, que no deja margen para improvisar. Carlos Barredo, Joaquín Rodríguez, Haimar Zubeldia y Samuel Sánchez finalizaron entre los diez mejores.

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