Yago Lamela: «Sí, estuve chungo, pero me he recuperado y voy a luchar»

Yago Lamela: «Sí, estuve chungo, pero me he recuperado y voy a luchar»

Después de seis días ingresado en Psiquiatría, el deportista reconoce que sufrió una depresión, pero asegura que se siente con fuerzas para recuperarse y da las gracias por todo el apoyo recibido esta semana

J. F. GALÁNAVILÉS

Yago Lamela ya está en su casa. «Me encuentro mejor, un poco cansado, pero con muchas ganas de recuperarme cuanto antes», manifestó ayer a este periódico el mejor saltador español de todos los tiempos pocas horas después de abandonar la planta de Psiquiatría del Hospital San Agustín. Permaneció ingresado allí seis días. «Sí, estuve un poco chungo, con una depresión bastante grande, pero me he recuperado muy rápido», reconoció Lamela, que se deshizo en elogios hacia los facultativos que le atendieron y hacia el resto de pacientes. «El trato ha sido excepcional, increíble. Me han apoyado mucho, ellos fueron los que me han sacado adelante», manifestó al respecto.

La sonrisa que se dibujaba en su rostro no ocultaba el mal trago que está pasando Yago Lamela Tobío. «Se me juntaron una serie de circunstancias negativas». Una de ellas fue la imposibilidad de retomar sus estudios en la Universidad de Iowa (Estados Unidos), como era su deseo. Lo tenía en la mano, y se cayó en el último momento. No fue el único revés. «El deporte me ha dado muchas alegrías, pero también muchos golpes, y aprendes que lo importantes es levantarte y seguir luchando. Y eso es lo que voy a hacer ahora, luchar para superar esto lo más rápidamente posible».

Deportivamente, el peor golpe lo recibió en 2004, año olímpico. Fue un golpe bajo, en el tendón de un tobillo, el de la pierna de batida, la que soporta todo el peso, la que le impulsa. Lamela había terminado 2003 con la mejor marca mundial del año, 8,53, a tres centímetros de su récord personal, y con la sensación de que en la gran cita ateniense podía llegar aún más lejos. Además, el destino le brindaba la oportunidad de iniciar la temporada en su casa, en la pista de atletismo de Avilés, entonces recién construida. Unos días antes, anunció que una lesión le impediría saltar ante su público.

Lo que parecía un contratiempo, sin más, se convirtió en una lesión crónica. A trancas y barrancas consiguió competir en Atenas, pero se quedó lejos, muy lejos de sus marcas. No llegó a los ocho metros.

Periplo médico

Fue su último salto. Meses después acudió a Finlandia para someterse a un intervención quirúrgica. No dio resultado, y la segunda, tampoco. Lo intentó de todas maneras, hasta con acupuntura, pero ni aún así. Yago no se resistía, no quería tirar la toalla. Regresó con Juanjo Azpeitia, el entrenador ovetense que le llevó a los 8,56 aquel ya lejano mes de febrero de 1999, en los Mundiales de Maebashi (Japón), un salto que además de la medalla de plata, le catapultó a la fama.

Cuando parecía que el tándem Lamela-Azpeita volvía a funcionar, todo se vino abajo. El tendón no aguantó y un día dijo basta. Se retiró. Corría el mes de marzo de 2009.

Yago dirigió entonces su mirada al cielo, hacia la aviación, una de sus pasiones, junto a la informática y la música electrónica. Se inscribió en un curso de piloto de helicópteros en Cuatro Vientos (Madrid), y cuando ya acumulaba un buen número de horas de vuelo, la escuela quebró. Yago volvía a quedarse en tierra. El año pasado intentó remontar el vuelo en Estados Unidos, en Iowa. Estuvo allí hasta el verano pasado, cuando regresó a Avilés con intención de retomar su estudios en el curso que ahora termina. No pudo ser, y tampoco lo será en el próximo, según acaba de saber.

A punto de cumplir 34 años (el próximo 26 de julio), sin trabajo ni pareja estable, el futuro de Yago Lamela no termina de definirse. «Se me han juntado muchas cosas, una serie de circunstancias negativas que me afectaron el ánimo. Decaí bastante, y mis padres se preocuparon muchísimo». Tanto que el pasado sábado decidieron llevarle al hospital, donde quedó ingresado. El diagnóstico, depresión.

«¿Quién me lo iba a decir? Pero bueno, son cosas que pasan, y la verdad, hay cosas mucho peores. Lo importante es contar con la ayuda adecuada, y yo tengo la suerte de contar con esa ayuda». Yago Lamela volverá hoy al Hospital San Agustín. «Tengo que ir a pasar consulta, a ver si poco a poco me van bajando la medicación. Sí, me han dado unas cuantas pastillas», admitió sin tapujos el avilesino, que pese a todo, no tuvo inconveniente en hablar con este periódico. Estaba comunicativo, consciente de que el primer paso para curar un proceso patológico es admitir que le ha tocado padecerlo.

El tratamiento no se reduce a la medicación. «Los médicos me han recomendado que vuelva a hacer deporte. Que no tenga prisa, pero que vuelva. Menos mal, porque si llegan a prohibírmelo, creo que no seguiría el tratamiento. No podría entender mi vida sin deporte», dijo Lamela antes de regresar a su domicilio para descansar, tranquilo y sonriente.

El caso de Lamela no es el único en el deporte. La alta competición suele pasar alta factura. La presión por ser el mejor, por rendir más y no defraudar acaba engendrando fracaso. Y la retirada, cuando el cuerpo empieza a fallar, harto de lesiones y recuperaciones, cansado de tanta tensión y desgaste, puede incluso desembocar en tragedia. ¿Qué sucede? ¿Cómo se puede saltar de la gloria al abismo? ¿Dónde encontrar la red que amortigüe el golpe de nacer otra vez y encima alejado del reconocimiento social? Expertos en psicología deportiva como David Llopis esbozan la clave del problema: «Lo que sucede con un competidor de élite cuando abandona la práctica deportiva es que no recibe la atención que debería». No obstante Yago dice que sí está en buenas manos para, como él bien recordó ayer, levantarse y seguir hacia adelante.