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Fiel a la esencia del carnaval rural, el pueblo expía sus males en las carnes de un muñeco al que quema en la plaza
05.10.09 -
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Carnavales Zalduondo (Álava). Markitos, el malo
Markitos, tras ser expuesto a la vergüenza pública y empalado, acaba envuelto en llamas mientras otras figuras cantan y bailan. / Quintas
Hace ya 33 años que Zalduondo, el pue­blo más pequeño de Álava, recuperó su carnaval rural, después de la prohibición de la dictadura. La concienzuda y rigurosa restauración de los etnógrafos Blas Arratíbel, Martiniano Martínez de Ordoñana y Joaquín Jiménez lo ha convertido en uno de los más completos y singulares del País Vasco y en el más representativo de las carnestolendas que tienen lugar fuera de las ciudades. En ninguna otra localidad alavesa han cuajado como en la patria chica de Celedón, otro de los mitos locales, y son cientos de personas las que se acercan cada Domingo de Carnaval –antes se hacía siempre el martes– a contemplar esta historia de máscaras, de muerte y de vida.
No hay que olvidar que esta fiesta transcurre en pleno invierno, cuando el campo está aletargado, pero ya asoma un fuerte deseo de que llegue la primavera para desinhibirse. Por eso todo gira en torno a un personaje central, Markitos, un muñeco grotesco de tamaño natural, embutido de heno y disfrazado con chaqueta negra y pantalón gris, como un señorito de ciudad, al que se le acusa de todos los males que sufre el pueblo y, por ello, debe pagar con su vida.
A mediodía, tras la misa, el protagonista es paseado por Zalduondo. Lleva una gran txapela negra y un collar de cáscaras de huevos cocidos y plumas de aves teñidas. Como un condenado antiguo, es llevado a la grupa de un burro y exhibido por las calles. Un mozo, con capa y sombrero, lo acompaña. Le siguen varios músicos y unos mozos, dos de los cuales llevan un largo mástil que llaman ‘lata’. A la altura del palacio de los Gizones o Lazarraga, Markitos es desmontado y empalado. Es el malo de esta película.
Cenizas esparcidas
Después de la comida popular, Markitos –fusilado a insultos en todo momento–
es bajado y de nuevo paseado por la comparsa mientras suena una reiterada melodía que la gente corea: «Que venimos de la función, que venimos del carnaval». Txistus, acordeón y atabal repiten el tema, acompañados de una banda de música.
Las máscaras merecen atención especial. La más sorprendente, sin duda, es ‘La madre’ o ‘vieja’, una superposición de dos personajes, una vieja achacosa y un hombrón que lloran la muerte de ‘Markitos’, su hijo, mientras los demás se burlan. El ‘barrendero’ transporta un largo palo con una chaqueta hecha jirones, que pasea por las narices de los espectadores. El ‘cenicero’, empelucado, lleva un caldero de zinc en la mano y esparce por doquier las cenizas del muñeco quemado el año anterior. Antaño lo hacía con afán de molestar. Un par de gordísimas máscaras que recuerdan a personajes del Pirineo, embutidos en sacos, son empujados por un oso para que caigan al suelo. Hay también tres ovejas y los ‘porreros’, chicos y chicas cuya indumentaria se nutre de todos los trapos viejos de baúles y desvanes.
En el desfile no falta un carruaje tirado por una mula desde el que varios niños arrojan confetis y que lleva también una nasa tejida con tallo de centeno y zarzas, que servía para guardar el pienso. Es el improvisado púlpito donde ‘el predicador’ leerá el discurso que servirá de razonamiento jurídico para dar buena cuenta de ‘Markitos’. El predicador se renueva cada año y pasa revista a las cosas que han ocurrido en el pueblo. El primer discurso, de 1897, decía esto: «Sea por siempre alabado todo vino generoso; que sea puro y no esté bautizado; de las carnes, el carnero; de los pescados, el salmón; de las aves, la perdiz; y de los puercos, el jamón... El pecado dañó a la cabra, dañó al cochino, también dañó a este pollino, amado lechuguino. Qué gusto sería el mío en la presente ocasión, si tuviera la elocuencia del sabio Salomón»...
En el frontón, acabada la procesión final, es ajusticiado el pobre ‘Markitos’. Antiguamente se le pegaba un tiro y un cartucho de dinamita acababa con él descuartizado. Ahora es quemado con gasolina. Pero junto a sus despojos, los porreros danzan y cantan. Su vida ha sido fugaz, como el carnaval.

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