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El Aquarium de Donosti nos permite pasear entre un millón y medio de litros de agua habitados por 50.000 seres vivos
10.03.11 -
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Aquiarium de San Sebastián: El palacio del mar
La Sociedad de Oceanografía de Gipuzkoa se fundó en 1909. Un puñado de ilustres donostiarras la puso en marcha con la intención de investigar y poner a disposición de pescadores, marinos y capitanes mercantes los últimos adelantos tecnológicos de la pesca, la construcción naval y la navegación. Diez años después, 1919, se presentó el primer proyecto para la creación de un palacio del mar que se haría realidad en 1928. Restaurado, modernizado y reinaugurado en 2008, hoy el Aquarium de San Sebastián es el segundo lugar del País Vasco que visita más gente, después del Guggenheim, naturalmente: 300.000 visitantes y 50.000 escolares que participan en programas especiales. Tan especiales que muchos, en grupos de 15, han llegado a pasar la noche en el Aquarium durmiendo en sacos en el fascinante y espectacular túnel transparente de 360º.
El Palacio del Mar de Donostia no ha perdido en ningún momento su ímpetu investigador. Más allá de la emocionante visita que puede durar tranquilamente cuatro intensas horas, quien al Aquarium llega debe saber que aquí, en este edificio desde cuya terraza las regatas de La Concha se contemplan como desde ningún otro lugar, estudiantes llegados de todos los puertos del mundo realizan el muy famoso y reconocido Máster Europeo de Medio Ambiente y Recursos Marinos. Mientras, en el Auditórium, presidido por una increíble pecera donde reina una bellísima y truculenta morena que se diría de fieltro verde, se proyectan un puñado de películas del joven Surfilm Festival que se celebra en junio.
Más allá del cristal de los más de 32 acuarios que posee este Palacio del Mar, biólogos, técnicos de laboratorio y acuaristas no cejan en sus investigaciones. Puede ser el cultivo de la anchoa en cautividad o el estudio del jurel, la merluza o el caballito de mar pero, tras el cristal, repetimos, se cultivan algas, se mima a los tiburones recién nacidos o se intenta aclimatar a unas criaturas bien traviesas que pronto serán una de las joyas de los pequeños oceanarios: los saltarines del fango.
La ballena franca
Cientos de especies pueblan el espacio del Aquarium. Algunas son legendarias. En el espectacular oceanario de un millón y medio de litros de agua habitados por 50.000 seres vivos destacan dos fabulosos tiburones toro. No menos fascinante es su hermano oriental, el tiburón de los arrozales de Tailandia que nada entre pirañas.
En el Palacio del Mar donostiarra hay bellísimas medusas y unos pepinos de mar que si los coges (hay una zona en la que se puede meter la mano en el agua y jugar….) se estresan y se defienden echándote un chorro de agua a la cara. Hay un pez vaca tuerto y otros que nadan boca abajo y no lo saben.
Pero así que pasen los años y el camarón boxeador se pavonee entre las rocas, por más que todo donostiarra sueñe con saltar a bordo del barco de la Sociedad Oceanográfica, el Satanás, para ir a pescar en la Bahía los peces que acaso haya que reponer, el Aquarium tiene una única Majestad: el todavía hoy y siempre impresionante esqueleto de la última ballena franca cazada en el Cantábrico en 1870, nunca sabremos si por arponeros de Zarautz o de Getaria pues ambas villas se disputan ún honor tan inmenso. En 2008, con una operación de logística tan impecable como sorprendente, sus huesos fueron trasladados a Sevilla. Allí su cabeza, sus costillas, sus barbas fueron bellamente restauradas.
El Palacio del Mar de Donostia complementa al coqueto, exquisito e imprescindible Museo Naval cercano con un puñado de tremendas maquetas de navíos, dedica una zona a las buenas y malas artes de la pesca y analiza en una sala la magnífica batalla a remos que, septiembre tras septiembre, sucede en las aguas que lo bañan: las regatas de traineras.
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