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El 12 de julio, la ronda gala pasa por el Tourmalet, excusa ideal para visitar los Pirineos, la milagrosa Lourdes y decenas de pueblos-balneario
09.07.09 -

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Visita al Tourmalet (Francia). En el templo del Tour
Traducido del dialecto gascón, Tourmalet significa «mal desvío». Un lugar aislado, para osos, lobos y vaqueros sin más consuelo que el deshielo del breve verano. Por allí no hubo carretera hasta que Napoleón III mandó construir en 1864 una ruta termal. Décadas después, en 1910, uno de los inventores del Tour de Francia, Alphonse Steinés, viajó a los Pirineos desde París. Henry Desgranges, patrón de la carrera, le había ordenado buscar un reto. Una aventura. Hasta entonces, la ronda gala apenas tenía puertos. Desgranges quería algo nuevo, pero temía que la cordillera fuera excesiva para aquellas bicicletas de quince kilos. Steinés, en cambio, se enamoró de los Pirineos.
Él descubrió el Tourmalet. Fue un mañana de invierno. Subió en coche y con chófer, hasta que una barrera de nieve le detuvo a cuatro kilómetros de la cima. Caía ya la noche, pero cubrió a pie ese tramo. Medio día después apareció casi congelado en el pueblo de Bareges. Antes de pedir ropa o comida, tiró hacia la oficina de telégrafos. Desde allí punteó las siete palabras de una maravillosa mentira, la que regaló al ciclismo uno de sus grandes colosos: «Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable».
Ostras y foie en Pau
Desgranges se tragó el cuento. Afortunadamente. En el verano de 1910, el Tour conoció ese ‘mal desvío’. El próximo 12 de julio (domingo) volverá por allí, en la novena etapa del Tour: 160,5 kilómetros entre Saint-Gaudens y Tarbes. El punto más cercano para nuestros aficionados al ciclismo. Cita con el Tourmalet.
Para ir no hay más que subirse a la autopista que corre paralela a los Pirineos. Plácida. De escaso tráfico. Tras pasar Pau, se pueden elegir dos salidas: Tarbes o Lannemezan. La primera da acceso a la villa más próspera de Baigorri y meta ese día del Tour. Pero para conocer el trazado que seguirán los corredores es mejor bajarse en Lannemezan y tirar hacia Arreau. De allí al col del Aspin, a S. Marie de Campan (los cicloturistas paran siempre en la fuente de dos caños situada junto a la iglesia), a la estación de esquí de La Mongie y, cuatro kilómetros más arriba, hasta la cima del Tourmalet. La etapa de la ronda gala descenderá luego hacia Lourdes para terminar en Tarbes. Ese día, el Tourmalet lo ocupará todo. Conviene ir con tiempo. El Tour es un atasco ambulante. Y la Gendarmería suele cerrar las carreteras incluso un día antes de la prueba.
Ciclismo, cicloturismo o turismo a secas. Todo vale como disculpa el Tourmalet. Se puede parar en Pau, a comer en sus terrazas ‘belle époque’ de la Vieja Villa. Ostras y foie. O detenerse en las muchas termas o balnearios de Luz St-Sauveur o Bagneres de Bigorri. O surcar en barca las cavernas de las Grutas de Bétarram. O detenerse en Lourdes, la ciudad del milagro. La de los cinco millones de visitantes anuales. El pueblo de la joven Bernadette, la niña que en 1858 vio a la Virgen en la Gruta Massabielle. Junto al manantial. Agua milagrosa.
Milagros y bicis en Lourdes
Lourdes es un lugar extraño: decadente, de hoteles con papeles pintados de otra época, de toses en las habitaciones, de sillas de ruedas... De escaparates dedicados al milagro y de multidudinarias hileras de peregrinos hacia la Gruta. Cuenta con unos 350 hoteles, con 32.000 camas disponibles, con un cámping en el centro de la localidad y doce más en los alrededores. Y restaurantes y braserías de todo tipo... Hasta hay locales dedicados al alquiler de bicicletas. Por si alguno quiere emular a Merck o Christophe.
También, claro, hay aire libre. Lourdes y el Tourmalet están en el Parque Nacional de los Pirineos. Un lujo verde y azul, con 350 kilómetros de senderos señalizados y más de 200 lagos. Con refugios que ofrecen cama y comida (información en la oficina del parque, en Cauterets, o en la oficina de turismo de Luz St-Sauveur). Allí arriba aún se puede escuchar el silbido de las marmotas. Y en la cima del Tourmalet, sobre el letrero que da nombre al puerto, es obligatorio pararse bajo ‘El Gigante del Tour’, la estatua con forma de ciclista que recuerda el primer paso por el puerto, en 1910, gracias a aquel telegrama mentiroso de Steinés.

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