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Las tierras saladas del Lagunillo de Arreo

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Las tierras saladas del Lagunillo de Arreo

Un paseo fácil y entretenido a un paraje olvidado sobre las famosas Salinas de Añana, en Álava

06.06.13 - 16:33 -
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Las tierras saladas del Lagunillo de Arreo

Salinas de Añana o Gatzaga ofrece al visitante un paisaje blanco y espectacular formado por cientos de eras (explanadas) escalonadas en terrazas que sirven para extraer la sal disuelta en los manantiales. En cambio, el visitante desconoce que al otro lado de la montaña estas aguas se remansan en un lago profundo y oscuro llamado lagunillo de Arreo o lago de Caicedo. Un enclave único en el norte de la península y en el País Vasco, tanto por formación, como por salinidad.

Está próximo. Se alcanza por pista desde el mismo Salinas. Más cómodo por carretera, con desvío a Viloria y Arreo y aparcamiento en el cruce de la ermita de Nª Sª del Lago. El templo está 150 metros más arriba. Es un edificio rectangular sin mayor historia. Cuenta la leyenda que allá por la Edad Media la Virgen fue a pedir comida a una casa. Se la negaron y se marchó. Al día siguiente su espacio lo ocupaba el lago.

El lagunillo brilla en una hondonada. Es circular y está rodeado por una amplia banda de carrizos. No parece grande, pero su superficie llega a las 11 hectáreas. Más de 6 corresponden a lámina de agua libre, con una profundidad de 24 metros. Por el Norte protege el paraje un espeso encinar que amenaza -de hecho lo hace- con derrumbarse sobre el lago. Nos llega el concierto de graznidos y silbidos de las aves que colonizan el paraje. Enmudecen cuando alguna rapaz sobrevuela la zona.

Vamos hacia el agua y a los manantiales salados. Para ello caminamos de frente, por la pista asfaltada que lleva a Añana. Son 700 metros en ligera subida con la laguna a la izquierda y las casas de Arreo, lejos, a la derecha. Cruce. El camino penetra en el encinar (izq.). Basta con seguirlo para salir a una rastrojera que permite aproximarse al agua.

Con cuidado, sin meter el pie en el barro, sumergimos la mano. Nunca está fría. Se debe a su alta concentración en sales. Se puede beber. Antes había unas rocas (derecha) desde las que los chavales se zambullían. Se las ha tragado el estanque.

A simple vista (mejor con prismáticos) se aprecian las evoluciones de los zampullines, ánades, fochas, pollas de agua o rascones, que nidifican en el enclave. Croan las ranas y no es raro ver culebras. En el fondo nadan las carpas. En otro tiempo hubo cangrejos.

El manantial salado está cerca, a unos 100 metros, en el límite con los trigales. Lo delata la ancha banda de tierra quemada por la sal que rodea la fuente. La muera mana con escaso caudal y deja una costra blanquecina que las ovejas devoran. En verano es un tostadero.

Volvemos al coche por el camino de venida. ¡Ojo¡ No es aconsejable bajar al lago por el encinar. La orilla es abrupta y tiene una fuerte caída. A la vuelta se deben visitar las eras de Salinas.

Mapa de la excursión
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