Extraterrestres en Invernalia

Lo que define a Oslo, la ciudad más cara del mundo, no es ni el frío, ni las pocas horas de luz, ni ‘El Grito’ de Munch, ni el salmón ahumado; es el singular carácter de los noruegos

LUIS LÓPEZ
El parque Vigeland de Oslo./
El parque Vigeland de Oslo.

A las 8.15 de la mañana comienza a sonar la alarma de incendios del hotel. El sonido estridente, casi insoportable, ruge por encima de un mensaje recitado en noruego e inglés que pide desalojar inmediatamente el edificio. Uno, que ya se ha visto antes en situaciones semejantes, escucha el escándalo con escepticismo. Será un simulacro. O una falsa alarma. Enseguida volverá el silencio... Pero no. Pasan los segundos y las luces rojas no dejan de tiritar. ¿Irá en serio? Entonces, uno abre la puerta de la habitación para ver cómo reacciona el personal local y presencia como un vikingo legañoso sale corriendo del cuarto de al lado en calzoncillos. Sin dudarlo. Civilizadamente asustado. Estamos en Oslo.

Cuando pensamos en Noruega nos viene a la cabeza el salmón ahumado, el frío, los fiordos y un revoltijo de estereotipos, personajes y novelas que nunca sabemos muy bien a qué país escandinavo adjudicar. Pero lo realmente pintoresco, lo que de verdad admira y sorprende al visitante una vez allí, es el carácter de los noruegos, tan distinto del que se les supone a sus sanguinarios ancestros vikingos. ¿Cómo saber si estamos en Oslo? Mirando a la gente. Aquí van algunas pistas.

No son quejicas. En situaciones incómodas el personal no se altera, se aceptan los contratiempos con entereza y sin aspavientos. La gente es educada. Por ejemplo, en la alerta de incendio mañanera en el hotel antes mencionado. La chica de recepción, con sus veintipocos años, se calza un chaleco fosforito con autoridad y sin dejar de sonreir organiza profesionalmente el cotarro. En un par de minutos hay varias decenas de personas en plena calle, frente a la puerta del edificio. La mayoría, en manga corta, como todos los empleados del hotel. Y a cuatro grados bajo cero. El episodio, que resultará ser intrascendente, se prolonga durante un cuarto de hora. Nadie alza la voz. Nadie reclama atenciones especiales, ni la mujer que aprieta a un bebé contra su pecho para calentarlo. A quien parece más aterido y tembloroso se le acerca la recepcionista, amabilísima, le acaricia el brazo y le dice que todo se arreglará.

Confianza en el prójimo. Un compañero de viaje cuenta que cuando visitó Noruega por primera vez lo que más le llamó la atención fue la sensación de riqueza. ¿Cómo es eso? "La gente tiene cosas caras y no las esconde". Los niños no saben lo que es un candado para la bici, la gente deja el bolso y el móvil sobre la mesa en las terrazas... En museos y restaurantes ni hay ropero: uno cuelga la chamarra en un listón con decenas de perchas que hay a la entrada y, cuando regresa, sigue ahí.

Jerarquías difusas. ¿Quién será el jefe? En las reuniones de trabajo cuesta saber quién lleva los galones. No hay ninguna silla que tenga el respaldo más alto que el resto, ni un lugar destacado en la cabecera de la mesa, ni la actitud de los presentes da pista alguna. Además, da igual ir a la sede de la patronal o a la de un colectivo laborista: la austeridad nórdica es similar, igual que el mobiliario de madera clara y el ambiente relajado. Si hay que subir a un segundo piso, se va por las escaleras aunque haya ascensor. Y si uno, tras la reunión y en un descuido, se deja la taza de café sobre la mesa de trabajo, el que resultó ser el jefe se da la vuelta y la recoge mientras explica sin un gesto de reproche y con desenfado que así se ahorra la bronca de la persona que hace la limpieza. Todo el mundo baja los dos pisos con sus tazas en la mano para dejarlas en un lavavajillas.

Cuestión de género. Evidentemente, el machismo no ha desaparecido ni aquí ni en ningún otro país. Pero en Noruega, al menos en su capital, hay una apariencia formal de igualdad. Por ejemplo, uno puede ir a restaurantes donde no sirven primero a las chicas.

La puntualidad es sagrada. Los británicos se llevan la fama, pero los noruegos nada tienen que envidiarles en la disciplinada rigidez horaria. Uno puede llegar corriendo para tomar el tren hacia el aeropuerto y prometérselas muy felices porque cuando ya está a sólo veinte metros del vagón las puertas siguen abiertas. Pero como ya es la hora, las 8.00 y 00 segundos, un individuo uniformado, sonriente y muy cordial, se interpone, extiende los brazos, impide el paso e invita a esperar al convoy siguiente mientras las puertas se cierran implacables.

¡No hablan dos a la vez. Por supuesto que los noruegos discuten, pero lo hacen de manera diferente. Da igual que sea en encuentros informales o en reuniones de trabajo: uno no empieza a hablar hasta que concluye el otro. Nunca se pisan. Y cuando accidentalmente lo hacen durante un nanosegundo, todo el mundo se disculpa y cede la palabra al otro. Una sonrisa irónica con ligero balanceo de la cabeza significa desacuerdo. Abrir los ojos y alzar las cejas, aprobación.

En fin, que es toda una experiencia pasar unos días en la capital noruega y ver cómo se manejan esos extraterrestres. Oslo está a unas cuatro horas y media de vuelo desde Euskadi (hay que sumar escalas) y visitarla en estas fechas es toda una frikada. Lo decimos porque amanece a las nueve de la mañana y oscurece a las tres de la tarde, y las temperaturas raramente suben de los cero grados. Aún así, tiene su encanto la materialización de Invernalia.

Pero, atención. Hay que llevar los bolsillos llenos. Estamos en la ciudad más cara del mundo y nos lo recuerdan todo el rato: cervezas a 80 coronas (kr), es decir, unos diez euros; cenar en un restaurante por menos de cien euros es todo un logro; incluso la ropa de una conocida multinacional gallega omnipresente a lo largo y ancho del orbe duplica sus precios. Hay que recordar que los cinco millones de noruegos viven sobre inmensas bolsas de petróleo descubiertas a mediados del pasado siglo y el país es el tercer exportador mundial de crudo. O sea, hay dinero aquí.

Hecha esta advertencia, es justo decir que hay agradables atracciones en la ciudad. El simple paseo por la céntrica arteria comercial Karl Johans es una delicia, hasta llegar al Palacio Real, que está encaramado en una colina y rodeado por su propio parque. También tiene su gracia el puerto y encontrarse de frente con el fiordo (Oslofjorden). Aquí está bien coger un ferry, navegar entre las islas Vippetangen, Hovedøya, Lindøya, Nakholmen, Bleikøya, Gressholmen y Langøyene. En invierno el agua se congela y los botes avanzan por canales hechos por barcos rompehielos.

En el plano cultural hay dos citas ineludibles: primero, visitar El Grito, la obra más célebre del pintor noruego más internacional, Edvard Munch. La versión más conocida (porque hay cuatro copias) está en la Galería Nacional, mientras que otras dos se encuentran en el Museo Munch, también en Oslo. En segundo lugar es bonito y curioso el parque Vigeland, uno de los lugares más visitados del país; es el fruto de toda una vida del escultor Gustav Vigeland (1869-1943). Fue él quien diseñó este espacio enorme y quien realizó las más de 200 esculturas en bronce, granito y hierro forjado que aparecen por doquier.

Como parada casi obligada por su carácter brutal y relevancia histórica está la zona gubernamental donde el 22 de julio de 2011 Anders Breivik hizo estallar una bomba antes de desatar el terror en la isla de Utoya. El lugar, aún desolado, con los edificios rodeados por planchs de madera que impiden el acceso a ellos, es todo él un monumento al desengaño. Aún está por definir qué se hará con todos estos inmuebles, ubicados en pleno corazón de Oslo.

Hay muchas más cosas que ver en esta ciudad: el Ayuntamiento imponente, donde se entrega el premio Nobel de la Paz; el castillo Akershus y sus suntuosos salones; museos a patadas entre los que destaca el dedicado a barcos vikingos; pistas de hielo con música... A las afueras, visible desde varios puntos de la urbe, está el famoso trampolín para los saltos de esquí. El catálogo de posibilidades es inmenso. Esto, en invierno. En verano la ciudad es otra.