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¡Arriba esa bota!

empinar el codo

¡Arriba esa bota!

Es uno de esos diseños perfectos que soportan el paso de los siglos. "Se bebe menos y refresca más, es buena para compartir y ayuda a relacionarse, sobre todo después de unos tragos", elogia un botero

12.05.13 - 00:00 -
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Hay placeres sencillos que, al menos por un instante, dan pleno sentido a esto de vivir. Y, en esa liga, uno de los campeones es el chorro de vino que cae de la bota y se cuela por el gaznate, con esa mezcla de frescor líquido y calorcito alcohólico. Beber de una bota tiene algo de beberse el momento: en el monte, en la verbena de un pueblo, en una plaza de toros o, por qué no, en el balcón de casa, el vino parece aprovechar su corto vuelo para impregnarse del sol, el aire y las buenas vibraciones de alrededor. La bota es uno de esos diseños perfectos que soportan el paso de los siglos. "Estos últimos años nos toca resistir el envite de la crisis, como a todos los sectores, pero por supuesto que se siguen vendiendo botas, explica David Blasco, de la botería Jesús Blasco, en Sigüenza (Guadalajara). Ahora mismo, con los calores, empieza su época natural, aunque los altibajos del sector no solo están sujetos a la meteorología: en Hadalhondi, donde venden las piezas del único botero artesano que queda en Bilbao, todavía recuerdan cuántas les compraron el año pasado durante las semanas de triunfos (o 'casi triunfos') del Athletic.

Las boterías suelen ser negocios heredados, que conectan el presente con el siglo XIX. Los responsables de Jesús Blasco, por ejemplo, remontan su historia a 1899, aunque ya antes un bisabuelo se dedicaba a esto. Las Tres Z.Z.Z., de Pamplona, sitúan sus orígenes en 1873, con la llegada del fundador desde Huesca: bautizaría su negocio con ese nombre peculiar porque tuvo trillizas, y de ahí 'las tres zagalas'. En Botas Rioja, la botería de Logroño, Félix Barbero evoca al bisabuelo Teófilo, que en 1865 ya andaba con sus cueros y sus pellejos. Y en la botería Los Tres D.D.D., de la calle San Cosme de Burgos, la cadena generacional alcanza hasta 1870: el nombre, en este caso, se debe a que el taller pasó a manos de los tres hermanos Domingo. "En el siglo XIX, el trabajo en las boterías era muy duro -explica Jorge Domingo, que actualmente lleva el taller junto a su hermana Rocío-. Se hacía el curtido de las pieles y pellejos y cosían cuatro o cinco boteros en torno a una bombilla, la única que había en el taller. Se preparaban las calderas de pez en el propio taller, algunas de dos mil kilos. En la actualidad disponemos de alguna máquina que nos hace el trabajo más llevadero, aunque nosotros seguimos estrictamente todos los procesos de fabricación de siempre".

La pez, un producto resinoso que se extrae del pino o el enebro, es el recurso tradicional para impermeabilizar las botas, fabricadas habitualmente con piel de cabra. En los últimos tiempos, se han generalizado también las botas con interior de látex, que necesitan menos cuidados y, además, sirven para guardar otras bebidas: los puristas sostienen que el vino sabe mejor en una bota de pez, pero el látex es la opción clara si lo que uno pretende es llevarse el kalimotxo al fútbol. El mercado también se ha diversificado con modelos de distintos colores, personalizados o tan singulares como las botas con forma de balón de rugby que fabrican en Jesús Blasco. En Bilbao, Hadalhondi ofrece botas pintadas a mano con el diseño que desee el cliente: predominan escudos, ikurriñas y lauburus, pero también han hecho, por ejemplo, una bota de Dora la Exploradora para regalar a una niña. En los trabajos recopilados en su web se pueden ver diseños como la bandera pirata, los blasones de varios apellidos, el escudo de la Cuadrilla de Ayala o la fecha de una boda. "Es curioso, pero nos encargan muy pocos escudos de Bilbao. En veinte años solo llevamos tres, menos que del Real Madrid", se asombra Roberto Rubio.

¿Cómo animarían a la gente a mantener la tradición de beber en bota? El burgalés Jorge Domingo está sobrado de argumentos: "Se conoce su uso desde hace más de mil años. Si algo se utiliza desde hace tanto tiempo sin cambiar, será porque solo se encuentran ventajas en su uso: es la mejor forma de transportar y conservar el vino durante días, se bebe menos y refresca más, es una forma buena e higiénica de compartir y ayuda a relacionarse, sobre todo después de unos cuantos tragos". Roberto Rubio asiente en su establecimiento de la calle Iparragirre, frente a la Alhóndiga: "Es cómoda, no tiene comparación con una botella. Pero es que, además, el vino sabe mejor: hay quien dice que le mete vino peleón y le sabe a reserva, y tampoco es eso, pero la verdad es que gusta beber en bota".

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Las botas suelen estar hechas de piel de cabra e impermeabilizadas con pez, un producto resinoso que se extrae del pino o el enebro.
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