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El cráneo de Mozart y otras aventuras de muertos ilustres

andanzas post-mortem

El cráneo de Mozart y otras aventuras de muertos ilustres

También el pene de Napoleón o la calavera de Descartes han pasado de mano en mano: algunos personajes han tenido un descanso eterno bastante agitado

07.05.13 - 12:07 -
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Por paradójico que suene, algunas biografías no terminan con la muerte. Hay personajes ilustres que, al fallecer, inician un periodo de ajetreo más frenético que sus vidas: sus restos mortales son objeto de peripecias que no encajan nada bien en la idea del reposo eterno. Bess Lovejoy, una escritora residente en Seattle, ha recopilado más de medio centenar de estas historias en su libro ‘Rest In Pieces’ (un juego de palabras a partir de ‘rest in peace’, ‘descanse en paz’, que podría traducirse como ‘descansa en pedazos’). Así presenta el volumen, recién publicado por Simon & Schuster en Estados Unidos: "Algunas de las vidas más notables de la historia han tenido sorprendentes posdatas. Cadáveres famosos han sido comprados y vendidos, estudiados, coleccionados, robados y diseccionados. Han sido utilizados para fundar iglesias, ciudades e incluso imperios. Partes de ellos han languidecido en bibliotecas y museos, en refrigeradores y archivos, en maletines ocultos bajo camas". Repasemos cuatro de esas ‘andanzas post-mortem’.

René Descartes. El filósofo francés fue a morir en Estocolmo en 1650. Le había llevado allí Cristina, la extravagante reina de Suecia, una mujer intelectual y amante de la ropa masculina que quería recibir sus clases de filosofía a las cinco de la mañana. A Descartes, los madrugones le amargaron el último tramo de su vida, y no está claro si el relente matutino de Estocolmo contribuyó a la neumonía que le acabó matando. Como era católico en una Suecia luterana, lo enterraron en un cementerio para niños sin bautizar, pero dieciséis años después su descanso se vio perturbado por primera vez: sus escritos se hacían cada vez más influyentes y Francia reclamó el cadáver, que fue desenterrado y trasladado a París en un viaje de once meses en carruaje. Fue aclamado y recibió un funeral esplendoroso en la iglesia de Santa Genoveva. En aquel panteón aguantó hasta 1792, cuando los revolucionarios atacaron el templo y, para salvar sus restos, los trasladaron al Museo de Monumentos Franceses, donde fueron introducidos de manera provisional en un sarcófago egipcio: el encargado del trasvase aprovechó, por cierto, para tallar unos cuantos anillos con huesos del filósofo.

En 1819, las autoridades decidieron que Descartes debía ser enterrado. Por tercera vez. Pero, cuando abrieron el sarcófago, descubrieron que al esqueleto le faltaba el cráneo, esa cabeza que una vez ‘pensó luego existió’. La calavera salió a la luz años después en una subasta en Suecia: los expertos desconfiaban de su autenticidad, pero resultó que los sucesivos propietarios habían ido grabando sus nombres en la superficie del hueso. El primero de la lista era Isaak Planstöm, capitán de los soldados que protegieron los restos de Descartes cuando fueron desenterrados por primera vez en 1666, así que el filósofo llevaba ya un par de siglos con la cabeza perdida. Parece probable que el cadáver rescatado de Santa Genoveva ni siquiera fuese el suyo, porque haría falta ser muy cegato para no notar la ausencia de la calavera.

Wolfgang Amadeus Mozart. La frenología, esa supuesta ciencia que pretendía indagar en la personalidad del individuo a partir de las formas del cráneo, estuvo detrás de muchos descuartizamientos de figuras insignes: a los frenólogos les resultaba sencillo conseguir cadáveres de criminales, pero también pretendían investigar calaveras que mostrasen las curvas propias de la genialidad. El cráneo de Haydn estuvo más de un siglo pasando de mano en mano, y Mozart corrió una suerte parecida: en 1791, cuando murió a los 35 años, lo enterraron en una fosa común vienesa, pero un sacristán previsor le anudó un alambre al cuello para poder reconocerlo. En 1801, cuando se vació la sepultura, buscó lo que quedaba del compositor y se guardó el cráneo. Lo heredó su sucesor, que lo entregó a un amante de la música, que a su vez se lo regaló a su hermano: se trataba de Joseph Hyrtl, profesor de anatomía y propietario de una de las colecciones de cráneos más espléndidas de Europa. Parece que fue él quien se cargó la mandíbula inferior, al emprender una investigación anatómica cuando ya estaba casi ciego.

El cráneo se guarda hoy en el Mozarteum de Salzburgo. No se expone al público desde los años 50, pero ha sido objeto de múltiples exámenes científicos, que han servido para explicar la muerte del compositor mediante 118 causas diferentes.

Napoléon Bonaparte.Napoléon murió a los 51, durante su exilio en la remota isla atlántica de Santa Elena. Su médico personal, corso como él, le hizo la autopsia y retiró el corazón y el estómago, que guardó en sendos tarros. Napoleón había dejado escrita su voluntad de ser enterrado junto al Sena, pero al gobernador británico de la isla no le hacía mucha gracia la idea, así que introdujo el cadáver y las vísceras en cuatro ataúdes (se supone que para desanimar a los ladrones de tumbas), soldó las tapas y enterró al exemperador en un bosquecillo de sauces de la isla.

Veinte años después, los franceses reclamaron los restos, los trasladaron a París y los inhumaron en Les Invalides, pero la leyenda cuenta que Napoléon estaba incompleto, y no solo por tener fuera del cuerpo el estómago y el corazón. Al parecer, el médico que hizo la autopsia también decidió cercenarle el pene, que acabó en la colección del cura que asistía espiritualmente a Napoleón, creador de una especie de museo en Córcega. En 1916, el pene se subastó en Londres y emprendió el habitual itinerario de propietario en propietario: llegó a exponerse en Nueva York, donde un reportero de ‘Time’ describió su apariencia como "un trozo maltratado de cordón de zapato o una anguila reseca". Muchos han puesto en duda que se trate realmente de un viejo falo, pero un examen reciente con rayos X lo ha confirmado. Otra cosa es que sea de verdad el de Napoleón.

Gram Parsons. No todas estas aventuras de cuerpo presente se deben a la codicia o la curiosidad ajena. El músico estadounidense Gram Parsons falleció en 1973 con solo 26 años: no pudo conseguir heroína y se inyectó una cantidad excesiva de morfina de uso médico, que su camello había robado del consultorio de una base militar. Dos meses antes había asistido al funeral católico del bajista de los Byrds y no se había quedado contento con la ceremonia. Aprovechó para hacer un trato con su ‘road manager’, el singular Phil Kaufman: cuando uno de los dos muriese, el otro llevaría el cadáver al parque nacional de Joshua Tree, en el desierto de Mojave, y le prendería fuego tras beberse unos tragos a su salud. Se dio la casualidad, por no decir feliz coincidencia, de que Parsons fue a morirse justo en Joshua Tree, así que la ejecución del plan parecía relativamente fácil.

Pero el músico venía de buena familia, enriquecida con el comercio de limones. Su padrastro, con una visión tradicional de lo que se debe hacer con los difuntos, contrató a una empresa de transporte aéreo para que llevase los restos a Nueva Orleans y enterrarlos como Dios manda. Kaufman no iba a permitir ese aburrido desenlace: llamó a la rica heredera Dale McElroy, una amiga que estaba con Parsons cuando falleció, y le pidió el coche fúnebre color cereza que solía utilizar para ir de camping. También se llevó al novio de la chica, Michael, y juntos se presentaron en los hangares de la empresa de transportes y lograron convencer al personal de que la familia había cambiado de idea. Se llevaron el féretro, pararon para comprar hamburguesas y un poco de gasolina y llegaron a un aparcamiento que les pareció buen lugar para la despedida. Kaufman bromeó un poco con el cuerpo antes de rociarlo de combustible y prenderle fuego, un acto por el que él y Michael serían condenados a pagar los 700 dólares del ataúd y otros 300 de multa cada uno. Cuarenta años después, aquel parking sigue siendo un lugar de peregrinación para los fans de Gram Parsons.

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