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Juegos de guerra en los montes vascos

esto no es vietnam, es el gorbeia

Juegos de guerra en los montes vascos

Nos colamos en una partida de Airsoft, el juego de estrategia sobre el terreno que simula misiones militares al estilo de algunos videojuegos

04.12.12 - 18:27 -
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El grupo de jugadores de Airsoft, en los prolegómenos de su 'partida' en Gopegi, en las faldas del Gorbeia. / R. Gutiérrez.
GALERÍA DE FOTOS: Así es el Airsoft, un juego de simulación de misiones militares
Con el AK-47 pegado al cuerpo, el chaleco antibalas ceñido y la vista pegada en el militar que le escolta, el periodista esquiva ramas perdidas como si fuesen disparos. Media hora antes se le ocurrió pensar que esa mañana sería el testigo privilegiado de un juego de guerra de realismo extremo. Pero al llegar, los protagonistas le pusieron un fusil en la mano, unas gafas protectoras y retaron al equipo de Prensa -redactor, fotógrafo y operador de cámara- a sumergirse en una misión. Ya no estamos en Gopegi (Álava), advierten, esto es Vietnam. Los recién llegados serán escoltados por el batallón para que entrevisten a los habitantes de un poblado que les van a revelar los avances agrarios que han conseguido realizar gracias a este grupo de militares. En el trayecto hay riesgo de caer en una emboscada del Vietcong. Toca jugar.
La tensión es evidente. El sorprendido equipo de EL CORREO mide cada pisada para que los chasquidos no delaten su presencia. Los soldados les rodean y barren con el cañón cada zona sospechosa, el dedo siempre en el gatillo por si hay sorpresas. Ya se ve el poblado. Quienes hacen el papel de aldeanos reciben a los visitantes con una alegría desmedida, algo que despierta algunas sospechas. Empiezan las miradas de reojo. No da tiempo ni de empezar a grabar la entrevista. Suenan ráfagas de ametralladoras y los escoltas caen al suelo.
Era una trampa. El enemigo esperaba escondido en las zonas boscosas de los laterales, cazando a su blanco desde una posición privilegiada. Los tres reporteros echan el cuerpo a tierra, mientras los "civiles" escapan, temerosos de volver a toparse con quienes les han obligado a participar en el engaño. Las tropas ocultas aparecen, nos apuntan y desarman al redactor. El mensaje es directo. «Seguidnos». El Vietcong y sus tres presas alcanzan la zona de seguridad. El militar coge su radio y da el aviso. «Hemos alcanzado el objetivo», advierte. Se acabó. Las agujas del reloj empiezan a girar y las 18 personas que han participado en esta refriega se reúnen en la misma parcela. En sus caras se dibuja una sonrisa cómplice. De ésas que significan «una cosa es verlo y otra vivirlo ¿no?».
Entre ellos ya no hay enemistad, y al juntarse en uno de los claros del terreno preparado como campo de prácticas toca elogiar al adversario, bromear un poco y estrechar las manos. Todas las ametralladoras, rifles y fusiles llevan puesto el seguro. La guerra ha terminado, aunque la batalla haya sido "de pega". Porque todos ellos son aficionados al airsoft, una modalidad deportiva que junta a dos o más equipos en la simulación de un campo de batalla y en el que hay que elaborar una serie de estrategias y tácticas con el objetivo de eliminar al contrario. El Call of Duty en directo, para los aficionados a los videojuegos.
Las armas que lucen son réplicas exactas de los equipos que emplean los diferentes ejércitos, preparadas de tal forma que se puede regular su potencia. La munición son pequeñas bolas biodegradables, de unos 0,20 gramos, «que a los seis meses desaparecen». A diferencia del paintball, no manchan. Su impacto se nota -debe ser así para que el jugador se declare "muerto"- pero no duele, siempre que se cumpla con las distancias marcadas. Existen diferentes modalidades de partidas, cargos para cada uno de los integrantes, y el juego se diseña antes de cada batalla para crear cierta ambientación. Para practicarlo «no hace falta mucho. Solo hay que traer una réplica, las gafas de seguridad, y ganas», explica Eneko Atxa, un llodiano que lleva practicándolo desde hace cinco años. «Pero lo más importante es leerse las normas», añade.
Seguridad
Él forma parte de una de las asociaciones vascas que se han juntado para recrear esta partida, y aún recuerda su primera vez. Le "picó" su hermano regalándole una réplica, y ya en plena faena, sintió ese recelo. «Al principio tenía las dudas de si lo iba a hacer bien o mal, y el miedo a no saber si iba a poder respetar las distancias...», confiesa. Cinco años después, ya es todo un experto. Su religión es no disparar a menos de 10 metros con el arma principal, ni a menos de 5 con la secundaria o corta -la pistola-. El tiro a quemarropa se hace tocando con la mano. A eso se le suma el equipo, «que aunque te vale con algo de ropa de camuflaje, luego tienes cosas mucho más preparadas, ropa militar auténtica». Es importante llevar buenas botas.
Bien lo sabe David Aguedo, un vecino de Durango que tuvo una tienda de airsoft «con más de 8.000 clientes». Es francotirador en esta partida, con un traje que produce envidia a los arbustos de la zona. «Lo más importante son las medidas de seguridad. Gafas protectoras, que cumplan la normativa y resistan los golpes de impactos a alta velocidad. El protector bucal es opcional, porque un diente te lo pueden arreglar, pero un ojo no. Tenemos unas potencias máximas, y unas distancias mínimas que hay que cumplir», vuelve a recordar. «El que no lo haga no vuelve a jugar. Y aunque no tengamos una lista, el boca a boca hace que nos conozcamos todos», añade.
Con ocho años de experiencia, sabe que lo más importante es el honor. «Avisamos a la Ertzaintza cada vez que vamos a jugar, tenemos seguros, y en los campos estamos siempre con el permiso del dueño, ya sea un Ayuntamiento o un propietario privado. No somos piratas», avisa. Ahora, el sueño de estas asociaciones es crear una federación vasca que agrupe a todos. Y tienen las puertas abiertas a nuevos miembros, en las llamadas partidas abiertas.
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