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El vecino más cercano, a 2.500 kilómetros

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El vecino más cercano, a 2.500 kilómetros

Un recorrido por algunos de los rincones más remotos del planeta. A la isla de Tristán de Acuña, en mitad del Atlántico Sur, se tarda en llegar una semana en barco desde Ciudad del Cabo

22.10.12 - 18:14 -
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El vecino más cercano, a 2.500 kilómetros
Tristán de Acuña, fotografiada desde el satélite ‘Aqua’./ Jeff Schmaltz/NASA
Nuestros antepasados se asombrarían al ver lo pequeño que se ha vuelto el mundo: saltamos con rapidez e indiferencia de país en país, de continente en continente, atravesando un planeta saturado de rutas y atajos. Pero lo remoto, ese concepto que evoca lentas reatas de mulas y expediciones en carabela, continúa existiendo en esta Tierra nuestra, sin necesidad de levantar la mirada al espacio. Todavía hay destinos a los que no resulta tan fácil llegar o de los que, una vez que se han plantado los pies allí, no resulta tan fácil salir. En general, no se trata de sitios donde uno se plantee organizarse unas vacaciones, aunque lo remoto funciona como valor turístico en sí mismo y en ocasiones sí se explota con prudente rentabilidad.
Algunos de estos lugares, de hecho, ni siquiera se pueden visitar. La comunidad humana instalada más al norte, por ejemplo, es una estación de señales del Ejército canadiense situada en Alert, en el extremo noreste de la isla de Ellesmere, ahí donde el mapa americano parece resquebrajarse como hielo. Se encuentra a unos 800 kilómetros del Polo Norte: el asentamiento esquimal más cercano es Fiordo Grise, 725 kilómetros al sur, y la ciudad canadiense más próxima queda más lejos que Estocolmo. La base cuenta con un centro meteorológico, pero a sus habitantes no les hace falta para darse cuenta de que allí hace mucho frío: ellos mismos suelen denominarse los ‘Frozen Chosen’, los ‘elegidos congelados’. De diciembre a marzo, la temperatura media roza los 30 grados bajo cero, con un mínimo histórico de 50, aunque esas cifras son meramente orientativas, ya que la sensación física empeora por el viento gélido y el ánimo se enfría aún más a causa de la noche perpetua. El medio centenar de ocupantes de la base, donde el turno más habitual es de seis meses, se despidió a principios de septiembre de los últimos coletazos del verano ártico, cuando jamás llega a anochecer –el sol se limita a serpentear indeciso sobre el horizonte– y la temperatura media ronda el cero.
«Lo bueno de este aislamiento es que ayuda a acercar a la gente y se forman lazos muy fuertes de amistad, que pueden durar toda la vida. Estas personas se convierten en tu familia adoptiva», resume el brigada Edward Curtis, que llegó hace tres meses y ya hizo un turno completo el año pasado. En medio de la nada, los militares y civiles que componen el equipo distraen el tiempo libre con los libros y deuvedés de su biblioteca, las máquinas del gimnasio y, cómo no, internet, aunque de vez en cuando el peculiar entorno interfiere en sus rutinas. «Al poco de llegar, me informaron de que había dos osos polares cerca de la estación –relata Curtis–. Soy el oficial responsable de nuestra seguridad frente a la fauna local, así que salí y me encontré con los osos a solo cien metros de la entrada principal. Me apeé del vehículo con una sirena en la mano, confiando en que diese resultado. ¡Menos mal que sí lo hizo!».
Por algo a nadie se le había ocurrido establecerse en ese lugar. En la isla de Bouvet, al sur del Atlántico, ni siquiera hay militares: se suele considerar el trozo de tierra más aislado del planeta, fuera de todas las rutas, y la verdad es que no parece un pedazo muy apetecible. Su descubridor, el navegante francés Jean-Baptiste Charles Bouvet de Lozier, se limitó a bautizar la península que había avistado con el sonoro nombre de Cabo de la Circuncisión, y después apuntó mal la ubicación en sus libros. La principal baza para la popularidad de Bouvet, dependencia noruega desde 1930, es que allí se desarrolla la trama de la película ‘Alien vs. Predator’. «Es el entorno más hostil de la Tierra y probablemente lo más cercano a una superficie extraterrestre que se pueda imaginar», justificó el director, Paul W. S. Anderson, que además buscaba un lugar donde pudiese ocurrir cualquier cosa sin que quedara evidencia ni recuerdo. Si ahora mismo hubiese varios alienígenas reptilianos bailoteando encima de Bouvet, seguramente ni siquiera llegaríamos a enterarnos.
Bouvet son 49 kilómetros cuadrados cubiertos de hielo, con acantilados que miran hoscamente al mar y algunas playas de arena volcánica. Pero, cómo no, algunas personas han visitado la isla porque sí, porque al fin y al cabo está ahí. «Es como un icono para los viajeros extremos», se emociona el estadounidense Jeff Shea, que forma parte de ese puñado de tipos que han estado en todas partes: basta decir que, a los dos años, su hija Lani ya había pasado por 105 países de todos los continentes. Por supuesto, Jeff ha estado en Bouvet: «¿El motivo? Ir a un lugar así te sobrecoge. El viaje es asombroso en sí mismo, pasas junto a enormes icebergs en el Antártico. Y la isla es fascinante, austera, imponente: allí no hay nadie que pueda ayudarte».
Rescatar a Napoleón
Los que llegan a esos extremos son muy pocos, la élite de una élite de viajeros. La mayoría de las personas con sincera pasión por estos retos suelen conformarse con Tristán de Acuña, la isla habitada más remota: está en mitad del Atlántico Sur, a 2.805 kilómetros de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y a 3.350 de Río de Janeiro (Brasil). Los vecinos más cercanos se encuentran en la isla de Santa Elena, al otro lado de 2.429 kilómetros de agua, y gracias a esa supuesta proximidad los habitantes de Tristán de Acuña son británicos. Londres se anexionó este pequeño archipiélago a principios del siglo XIX, temiendo que a algún lanzado se le ocurriese organizar desde allí una expedición para rescatar a Napoleón, desterrado en Santa Elena.
Los 261 residentes de Tristán de Acuña viven en Edimburgo de los Siete Mares, que pese a tener un nombre de tanta rimbombancia es un sencillo pueblito ubicado en la única zona llana de la isla principal. En cuanto se sale del casco urbano hay que empezar a subir, porque, aunque el área total no alcanza los cien kilómetros cuadrados, el volcán que forma la isla se eleva más allá de los 2.000 metros.
A Tristán de Acuña solo se puede llegar en barco, en uno de los pesqueros de langosta que zarpan de Ciudad del Cabo y pasan dieciocho veces al año por el archipiélago, nueve en cada sentido. La travesía desde Sudáfrica dura una semana. ¿Nunca se sienten atrapados en su isla? «Jamás. Lo mejor de vivir aquí es precisamente la libertad y la paz. Cuando viajamos a Ciudad del Cabo, siempre estamos deseando volver», responde Dawn Repetto, cuyo apellido es uno de los siete que existen en Tristán, correspondientes a familias llegadas desde Europa y Estados Unidos entre 1816 y 1892. Se podría pensar que Dawn exagera, pero la historia demuestra que esa añoranza es real: en 1961, una erupción volcánica obligó a desalojar a todos los residentes y trasladarlos a Inglaterra. El Gobierno británico daba por hecho que la inaccesible Tristán de Acuña quedaría ya deshabitada para siempre, pero los isleños se obstinaron en regresar. ¿Qué se puede hacer allí un fin de semana? «Mis planes son trabajar en el campo de patatas, dar de comer al ganado, cocinar y pasar el domingo con la familia», resume Dawn, responsable del departamento local de Turismo. Porque Tristán de Acuña, que ha sabido promocionarse de forma atractiva como la comunidad más aislada, recibe cada vez más cruceros, con pasajeros que desembarcan ansiosos de retratarse junto al cartel de ‘bienvenido a la isla más remota del mundo’.
El concepto opuesto al de Bouvet y Tristán de Acuña es lo que se conoce como polo continental de inaccesibilidad: el lugar de tierra adentro más apartado del mar. En 1986, los exploradores británicos Richard y Nicholas Crane se propusieron alcanzar el punto exacto y lo ubicaron en el desierto de Gurbantünggüt, en China, cerca de la frontera kazaja. Y allí se fueron, en un trayecto agotador y accidentado que después contarían en el libro ‘Viaje al centro de la Tierra’. Después de mil desvelos y padecimientos, ¿qué se encontraron al llegar? «Era particularmente poco estimulante –describen en su relato–. Había mucha arena, unos pocos matorrales espinosos, huellas de animales y algunos excrementos de camello».
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