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La Retirada

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La Retirada

De la frontera de Port Bou hasta Argelès sur Mer, siguiendo al fantasma de un exiliado de la Guerra Civil

19.09.12 - 17:57 -
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Quizá con los viajes pase lo mismo que con la literatura, que es para Antonio Tabucchi la demostración de que con una vida no nos basta. Los viajes significan cosas distintas para cada uno, porque somos nosotros y nuestras circunstancias; porque, queramos o no, cargamos con un equipaje hecho de anhelos que no pertenecen a nadie más. Por eso lo que evoca en mí un paisaje no tiene nada que ver con los sentimientos que despierta en otra persona. Esta es la historia de un viaje de solo dos días, tejido con mimbres que han cruzado océanos de tiempo.
No reparé en el parecido hasta que me detuve por segunda vez delante de la fotografía. Era una de esas imágenes de la Guerra Civil española que recogían la huida al exilio de los republicanos en las semanas que precedieron a la toma de Barcelona. Una larga fila de jóvenes derrotados, exhaustos y hambrientos; cubiertos con mantas y aún así ateridos, por supuesto desarmados. Un gendarme abría la marcha. El pie de foto explicaba que era una columna de prisioneros camino de un campo de concentración en Argelès sur Mer, al sur de Perpignan. Allí les esperaba una larga playa, aunque el viaje distaba mucho de ser unas vacaciones. Me fijé en su cara y me recorrió un escalofrío, las sinapsis cerebrales estableciendo relaciones sin yo proponérmelo. Fui a casa de mi padre y le mostré lo que había descubierto, sin darle nombres, ni fechas, ni lugares que le permitieran hacer la misma conexión que yo había hecho. Y su respuesta no hizo sino avivar mi excitación. “Pues sí, se da un aire”, me dijo.
La Retirada
Columna de prisioneros camino de un campo de concentración en Argelès sur Mer, al sur de Perpignan. A la izquierda, Herminio Gutiérrez junto a familiares. FOTOS: Sergio García.
Herminio Gutiérrez era mi tío. Bueno, el tío de mi padre, pero desde que yo era un niño, en aquellos veranos eternos que la familia pasaba en Burgos, me tomó a su cargo y se convirtió en una suerte de Chanquete, un mago que te desvela la vida de dos pinceladas y al que no tardas en idolatrar como solo saben hacerlo los niños. Había pasado casi 40 años en Francia y le rodeaba una aureola que yo no acababa de comprender hasta que una noche oí a mi abuela hablar en el dormitorio de aquel hermano que había perdido una hija enferma de meningitis, y que luchó primero en la Guerra Civil y luego en la Resistencia, saboteando armamento y volando líneas de telégrafo cada vez que la radio escupía un mensaje cifrado que solo unos pocos eran capaces de comprender. Vivía en un chalet al sur de Pau, con una huerta que daba berenjenas y tomates, y un anexo que era mitad taller, mitad garaje, repleto de motos y telarañas, cubierto en el lado que daba a los Pirineos por un macizo de hortensias rozagantes.
El caso es que al día siguiente de visitar la exposición decidí aprovechar un par de días libres para recorrer los lugares donde había estado Herminio. Cogí el coche y en poco más de cinco horas me planté en  Argelès sur Mer, pasando por Pau, Toulouse y Carcassonne. Conforme me acercaba a mi destino, los Pirineos siempre a la derecha, el paisaje iba cambiando. Cuando asomó el Mediterráneo –la luz del sol refulgiendo en la lámina de agua, tan distinto del Cantábrico que acababa de dejar atrás-, la autopista se convirtió en una ininterrumpida sucesión de rotondas y parterres, un paisaje aséptico, como si en cualquier momento fueran a asomar los teletubbies -“Tinky Winky pasea con su bolso”, ¿recuerdan?- y los cálices de las flores no escondieran abejorros sino la etiqueta del precio. Todo muy limpio, muy ordenado, como esos pueblos fantasma que se levantan para los ensayos nucleares, con columpios sin engrasar azotados por el viento y maniquíes rubios a los que la explosión parece sorprender escuchando a Elena Francis.
La Retirada
Playa de Argelès sur Mer en la actualidad y hace 73 años.
Cuando, finalmente, llego a la playa –larguísima, más aún, pienso, que La Salvé de Laredo- encuentro un monolito que marca el inicio de lo que en otro tiempo fue el campo de internamiento, y donde ahora los jóvenes hacen footing por parejas. Hay paneles con fotografías que llevan por título ‘La Retirada’ –en castellano- y que reproducen un paisaje de alambradas, con los refugiados hacinándose por decenas de miles en esa especie de gueto, sucios y famélicos, los más afortunados calentando la olla sobre una fogata que las más de las veces sofoca el viento. Recuerdo a mi padre hablando de raciones presas de una lógica imposible. “Una lata de sardinas para tres personas cada dos días”. Y me imagino a Herminio, consumiéndose como una vela, mientras las horas pasan. Y a los días les siguen semanas, y a las semanas, meses, y lo que era una situación transitoria revelándose como una condena en vida a la que sigue entregándose ese reguero de civiles harapientos que se derrama por la cordillera, huyendo de las represalias. Y la tramontana, que azota la playa como lo hace ahora, levantando cortinas de arena que nublan el juicio. Y la sed, esa sed terrible que acompaña a los prisioneros a todas horas, que pinta de espumarajos las bocas, que se ríe del mar porque sabe que tiene en la sal a un aliado.
Arturo Pérez Reverte habla en su libro ‘El pintor de batallas’ de los supervivientes y de lo que han sido capaces de hacer para seguir vivos. A Herminio fue, precisamente, la falta de agua lo que le permitió escapar de allí. De formación ferroviaria y con experiencia en una fábrica de armas, se las ingenió para construir una especie de noria con la que abastecer a los prisioneros. Aquello despertó el interés de los franceses, que no dudaron en reclutarle y le enviaron a trabajar a la zona de Oloron. Fue el primer día del resto de su vida, aunque no logró reunirse con mi tía hasta meses más tarde, oculta bajo las redes de un pesquero que faenaba en la bahía de Txingudi. Dicen los que de esto entienden que entre enero y febrero del 39 cruzaron la frontera más de 450.000 personas, la mayoría por La Jonquera y Port Bou, aunque otros treparon como cabras por la Sierra de L’Albera, que se adivina desde el otro lado de las montañas. La Gendarmería esperaba en pueblos como Le Perthus o Cerbere a una muchedumbre donde abundaban los analfabetos y faltaba gente con cualificación profesional. Mala tarjeta de presentación en un país a la sazón inmerso en una devastadora crisis económica. ¿Les suena el escenario?
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Puerto de Colliure.
Argelès sur Mer no encierra grandes atractivos, más allá de esa playa de arena blanca que parece trazada con tiralíneas, moteada de hoteles, juegos para niños y pizzerias que ya han cerrado para los ocho de la tarde. Siguiendo por la carretera hacia el sur se llega hasta Colliure, un pueblo pintoresco de innegable sabor catalán -estamos en el Rosellón-, con sus fortificaciones, un palacio real, la iglesia de Notre Dame des Anges asomada al mar, su coqueto puerto. La villa tiene una turbulenta historia que alcanza su punto de inflexión en el siglo XVII, con el Tratado de Los Pirineos, y su paso a manos francesas, aunque todavía tendría que ser sitiada y conquistada por los españoles. Por aquí pasaron desde Matisse a Picasso. Pasamos por La Cuisine, templo de las tapas catalanas y albóndigas prodigiosas, donde con una Heineken en la mano uno se permite, al fin, pensar en verde. Quizá porque es lo último que uno espera encontrarse por estas latitudes. Aunque si a alguien buscan los españoles que se acercan a Colliure es a Antonio Machado. Desandando la rue Camille Pelletan se llega a Casa Quintana, donde el poeta se despidió de este mundo solo, enfermo y con una sensación de profundo desarraigo. Es un edificio de color rosa, pegado a un canal que tiene más de aliviadero que de río, triste como debieron ser los últimos momentos del autor de ‘La Saeta’. El camino de la izquierda conduce al cementerio donde reposan sus restos. La bandera republicana cubre una tumba que tiene más de relicario, cubierta como está de placas, recuerdos y homenajes póstumos, lo que se espera de un lugar que se ha convertido en centro de peregrinación para nostálgicos y soñadores.
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Casa Quintana, lugar donde murió Antonio Machado.
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Cementerio donde reposan los restos de Machado.
Desde Colliure, la carretera discurre entre la ladera escarpada y el mar azul; terrazas repletas de vides, como si cada terrón contuviera un tesoro. Puede que estemos solo a 25 kilómetros de la frontera, pero el trazado es tan sinuoso que el viaje se demora. Los pueblos se suceden con cada pequeña cala: Port Vendres, Banyuls sur Mer, Cerbere… Llegamos al collado de Los Belitres, convertido en aula de interpretación al aire libre. Por aquí pasó el grueso de refugiados, cargados de colchones, maletas, bicis y vajillas que luego quedarían abandonados en los arcenes o vendidos al mejor postor para aguantar un día más, una semana. Una columna donde alguien ha pintado la senyera marca la muga. Sigue aullando la tramontana, ese viento del que García Márquez dijo que soplaba como si tuviera algo personal contra nosotros. Desde luego, si de cuentas pendientes se trata, este es el lugar indicado.
La Retirada
Los Belitres. Una columna donde alguien ha pintado la senyera marca la muga.
Saco entonces la fotografía de Herminio, arrugada después de un viaje de 600 kilómetros que ha discurrido en sentido inverso al de La Retirada. Comparo esa barbilla, la media sonrisa, la frente amplia. Sigo pensando que es él. Le recuerdo con txapela recorriendo El Espolón, mirándome por encima de sus lentes con una sonrisa en la boca, de vuelta de todo aunque sin hacer alarde. Como cuando jugábamos al dominó y adivinaba con solo mirarme a los ojos que yo tenía el seis doble. Había sufrido tanto en esta vida que había cosas que, sencillamente, no cabía discutir con él. ¿Cómo decirle a un hombre, que ha pasado por un campo de prisioneros y ha visto morir a sus camaradas de hambre, que no te gustaba la verdura? Recuerdo que la segunda vez que me llevó a Francia, le preguntó a mi madre si yo comía de todo. Ella le contestó que no, que odiaba las vainas. Cuando estábamos a punto de cruzar la frontera de Hendaya, bajó del tren e hizo una llamada telefónica. Al llegar a casa, los vecinos habían dejado dos sacas de judías verdes apoyadas contra la puerta. “Joder, qué suerte. No vamos a tener ni que hacer la compra”, dijo, mientras yo miraba los dos bultos con el mismo horror que si fuera estiércol. Catorce días seguidos comimos vainas. Los dos. Y aún tuvo la flema de decirme que le llevara algunas a mi madre, que se iban a perder. Mi tía se plantó la víspera de mi marcha y dijo que ya era suficiente. Cocinó una paella como nunca he vuelto a probar. De saltarse las lágrimas. Pero mi tío había conseguido su propósito: adoro las vainas, casi tanto como le adoraba a él.
Hace horas que la noche se ha echado encima. Abajo, encajonado entre las montañas, está Port Bou. Produce una sensación extraña; demasiada estación para un pueblo tan pequeño, pienso. Su valor estratégico ha sido enorme a lo largo de la historia, como enorme es también la marquesina que cubre el complejo de tres alturas. Fundada en 1878, tiene su equivalente en la vecina Cerbere y, como corresponde a una estación fronteriza con Francia, dispone de ancho ibérico y ancho internacional. Por aquí pasaban los refugiados más adinerados, que no siempre eran los que más tenían que perder. Me imagino a Herminio huyendo, echando una y otra vez la vista atrás, sin saber cuándo volvería a pisar esas calles, a abrazar a su mujer o a escuchar su idioma. Estrujo con fuerza la fotografía que llevo en el bolsillo y miro al cielo. Hay misterios que, por mucho que nos esforcemos, están llamados a no resolverse. Supongo que espero una señal, una estrella fugaz cruzando el firmamento o algo por el estilo. Pero está nublado. O eso o es que estoy llorando.
La Retirada
Estación de Port Bou (Gerona).
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