La vasca que no quiso besar a Clark Gable

La donostiarra Conchita Montenegro fue una estrella internacional del cine en los años 30 y 40 y la primera española que enamoró a los grandes estudios de Hollywood

ITSASO ÁLVAREZ

Un día de abril de hace siete años fallecía en Madrid a los 94 años la donostiarra Concepción de Andrés Picado, más conocida como Conchita Montenegro. Ella fue la primera actriz vasca en la meca del cine, Hollywood, y llegó a codearse con actores de la talla de Charles Chaplin, Greta Garbo, Buster Keaton y Clark Gable. El centro virtual Cervantes, en su galería de personajes, al tratar la figura de Conchita rememora en una curiosa entrevista realizada en 1942 para la revista Cámara por Martín Abizanda (reproducida en el libro de Álvaro Armero Una aventura americana: españoles en Hollywood') los primeros días de la actriz en Estados Unidos: Querían que trabajase enseguida. Desgraciadamente, no sabía decir más palabras inglesas que okay, all right y ham and eggs. Edgar Neville, que andaba también por esas tierras, se encargó de iniciarme en la materia. Estudiaba por las noches. Un día llamaron a mi puerta. Abrí, extrañada, sin imaginarme quién pudiera venir a esas horas. Soy el nuevo profesor, me dijo un hombre de pelo cano y sonrisa de niño. Apenas lo reconocí. Charles Chaplin acostumbraba a gastar bromas de ese género a todos los nuevos de Hollywood. () Mi primera prueba, ¡ahí es nada!, fue con Clark Gable. Me hicieron vestir, si le llaman vestir a una mujer cubrir su cuerpo con hierbas de hawaiana. () Aquello me daba mucha vergüenza. Mi rubor aumentó considerablemente cuando llegó el instante del beso; un beso apasionado y verídico. Creí que me iba a morir. Y Clark buceó con sus labios inútilmente cerca de mi cara. Me negué a besarle. Precisamente el gesto de abandono y repulsión que adopté gustó extraordinariamente. Lionel Barrymore, experto en la materia, afirmó: Esta chiquilla dará mucho juego.

Así fue. Tenía 19 años, no hablaba una palabra de inglés pero aprendió el idioma lo suficientemente bien en poco tiempo para desempeñar el papel de una bella nativa de una isla del Pacífico frente a Leslie Howard en Never the Twain Shall Meet (1931) para la Metro Goldwym Mayer. El doblaje aún no existía y Montenegro participó después en versiones habladas en español de los éxitos del momento destinadas a las salas de exhibición de España y Latinoamérica. ¡De frente, marchen! (1930), de Edward Sedgwick; Sevilla de mis amores (1930), de Ramón Novarro; Su última noche (1931), de Chester M. Franklin; En cada puerto un amor (1931), de Marcel Silver Conchita Montenegro participó en Strangers May Kiss, cinta hecha para que pudiera lucirse la edulcorada estrella Norma Shearer, donde hace de una bailarina española; y en The Cisco Kid (1931) interpretó a una dama latina.

La Greta Garbo europea

Hizo 37 películas antes de retirarse definitivamente de la pantalla en 1944. Nunca recibió la misma atención que sus contemporáneas estrellas hispanas en Hollywood como Dolores del Río, Raquel Torres y Lupe Vélez. A partir de 1935 regresa a Europa y sigue su carrera en Francia, Italia y España, donde protagonizó su última película, Lola Montes, de Antonio Román, en 1944. Después abandonó el cine para casarse con el embajador español en el Vaticano Ricardo Gómez Arnau. Nunca más se supo de ella públicamente. Quedaban atrás sus trabajos en las versiones hispanas de las películas de Hollywood, sus conquistas y éxitos como bailarina Se la llegó a considerar la Greta Garco europea. Había sido contratada por la Fox y la Metro y con esa fama regresó a España tras la Guerra Civil, aunque para interpretar películas de menor valía y como estrella destacada del cine franquista. El director, escritor y productor de cine estadounidense Howard Hawks, autor de algunas de las mejores películas de la historia del cine, en una entrevista publicada en La Vanguardia, que recogía a su vez unas declaraciones suyas en Film Ideal, se lamentaba de esta pérdida y llegó a decir de Conchita que era infinitamente superior a muchas de nuestras famosas luminarias.

Cuando alguien intentaba que reapareciera, ella escurría el bulto. Como cuando el festival de San Sebastián quiso rendirle un homenaje proyectando La mujer y el pelele (1928), una de sus películas mudas en la que mostraba una provocadora desnudez. Pero no era yo la de esa secuencia. Mis padres no me lo hubieran permitido; era una doble, se excusaba ella, que vestía siempre de Balenciaga. Jesús Angulo contaba en el obituario que le dedicó en El Diario Vasco que mantuvo conversaciones con ella en los últimos años de su vida para intentar conseguir una larga entrevista, base para la redacción de un libro sobre su carrera. En esas charlas, Conchita Montenegro recordaba su pasado en el cine como un pecado de juventud. Entre enfermedades y evasivas la entrevista se postergó tanto que al final no se realizó.

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