El séptimo alcalde de la democracia

Ibon Areso sustituye desde hoy a su íntimo amigo Iñaki Azkuna en el Ayuntamiento de Bilbao. Por la alcaldía han desfilado antes que él otros seis primeros espadas del PNV bajo cuyos mandatos fue gestándose la transformación de la ciudad

GUILLERMO ELEJABEITIABILBAO

Ibon Areso, estrecho colaborador de Iñaki Azkuna que se estrenó como concejal en el Ayuntamiento de Bilbao en 1991 al comienzo de la era Ortuondo, toma hoy el relevo de su íntimo amigo como colofón a una larga trayectoria en el Consistorio de la villa, que estuvo precedida por su labor en las inundaciones de 1983 cuando era delegado de Urbanismo y Vivienda del Gobierno vasco en Bizkaia. Este arquitecto de profesión se convierte así en el séptimo alcalde de Bilbao en la democracia, tras tomar posesión de la makila que le ratifica en su nuevo cargo hasta el final de la presente legislatura, en mayo de 2015. El concejal más veterano de la ciudad comienza así este nuevo reto, al que antes ya se enfrentaron otros seis alcaldes, todos ellos del PNV.

Jon Castañares (1979-1983)

Un economista para un Ayuntamiento «arruinado»

«Habrá que ver cómo vivo estos cuatro años sin cobrar», se preguntaba el primer regidor de la democracia poco después de ser elegido. Y es que Jon Castañares (Bilbao, 1924) se encontró un Consistorio literalmente «arruinado», que padecía situaciones rocambolescas, como que el hospital de Basurto comprara material médico en las farmacias cercanas porque no recibía suministros, o que la Policía Municipal careciera de radioteléfonos «porque se habían llevado a arreglar y no había dinero para ir a recogerlos».

La escasez impedía acometer nuevos proyectos -«se hacían concursos y nadie optaba, porque sabían que iban a cobrar el día del juicio, y los que se presentaban hacían una birria. Total, para no cobrar...»-, así que el entonces alcalde centró sus esfuerzos en equilibrar el presupuesto, quizá la labor más valiosa de Castañares en sus cuatro años al frente de la villa. Un mandato convulso en lo político y social, en el que se sucedían «encierros, huelgas de hambre, manifestaciones y protestas vecinales». Castañares describía así su desembarco en el Ayuntamiento: «Me tiraron en paracaídas en medio de una batalla en la jungla».

Durante su gestión se produjo la desanexión de Erandio, Sondika, Loiu, Zamudio y Derio. Sin embargo, muchos bilbaínos le recordarán por un episodio más oscuro, la quema de 1.500 ejemplares del ganador del primer concurso de cuentos Villa de Bilbao. Castañares, «indignado» por el bulo, aclaró años después que los libros comenzaron a desaparecer cuando se corrió la voz de que era un «cuentito verde»: «Mandé parar aquello y un funcionario tomó la decisión de enviarlos a la incineradora. Asumí la responsabilidad, pero yo no fui el culpable».

En 1983 no renovó su candidatura, por decisión de su partido. «Ni siquiera me preguntaron, tendrían miedo de que dijese que sí», bromeaba. Respresentaba un perfil gestor y no se consideraba «lo suficiente zorro para la política». Dejó la alcaldía con los deberes hechos y volvió a su puesto en el banco, aunque después «no levanté cabeza profesionalmente». Se dejó ver en actos oficiales puntuales y coincidió con Azkuna en su afán por restaurar la memoria de Unamuno en su ciudad natal. La última vez que pisó el Salón de Plenos fue en 2003, con motivo de la despedida del que había sido secretario general del Ayuntamiento a lo largo de tres décadas. Carlos Sistiaga reconocía entonces que a Castañares «no se le había hecho suficiente justicia».

José Luis Robles (1983-1987)

El capitán de la reconstrucción de la villa

Se dice que las desgracias unen a quienes las sufren y la memoria de José Luis Robles (Bilbao, 1927-2007) quedará irremediablemente asociada al recuerdo de las inundaciones. Su estampa con botas de goma y la camisa arremangada recorriendo las calles de un Casco Viejo devastado forma parte del imaginario colectivo de los bilbaínos y convirtió a Robles en uno de los regidores más queridos por la ciudadanía.

El segundo alcalde de la democracia tomó la makila despues de haber desempeñado cargos en prácticamente todos los niveles de la Administración. Capitán de barco, fue director general de la Marina Mercante en el Gobierno de UCD, dirigió el departamento de Industria y Asuntos Marítimos en el Consejo General Vasco preautonómico y ocupó el puesto de consejero de Transportes en el primer Ejecutivo vasco. Además, fue senador por Bizkaia durante dos legislaturas, escaño que compaginó con su labor como presidente de la Corporación de Bilbao.

En la villa se encontró con unas finanzas todavía maltrechas que le llevaron a solicitar créditos bancarios para poder pagar las nóminas y lastraron los proyectos que demandaba una ciudad urbanísticamente obsoleta. Pero a los pocos meses de tomar posesión sobrevino la mayor catástrofe natural que ha vivido Bizkaia en la historia reciente y la regeneración pasó de ser una opción a una imperiosa necesidad. Con los lodos que invadieron el corazón de la ciudad comenzó a moldearse el "nuevo Bilbao" que Azkuna remataría tres décadas después. Quizá el mayor logro de Robles fuera su apuesta por un cambio de modelo económico para la ciudad en un momento en el que la industria vizcaína tocaba fondo.

Una pedrada de un manifestante radical le dejó ciego de un ojo siendo todavía alcalde y contribuyó a alimentar su aureola de «hombre bondadoso, pero que tuvo mala suerte». Cuando falleció, el 27 de enero de 2007, Azkuna -con el que le unía una «entrañable amistad» después de haber tenido «alguna enganchada con él por la calidad del agua de Bilbao tras las inundaciones»- dijo de Robles que «le tocó bailar con la más fea», pero que «sabía mandar». Y lo definió como «un bilbaíno, bilbaíno, bilbaíno».

José María Gorordo (1987-1990)

La imaginación al poder

Coherente con la renovación que quería para la ciudad, Robles cedió el testigo al que entonces era una joven promesa del nacionalismo en las elecciones de 1987. Se llamaba José María Gorordo (Plentzia, 1947) y en los años siguientes revolucionaría la política municipal, tanto desde el gobierno como desde la oposición. Licenciado en La Comercial, fue consejero delegado de "Deia" y se puso al frente de EITB antes de que el PNV depositara sus esperanzas en su tirón de cara a las municipales de 1987. Gorordo ofrecía un perfil carismático hasta rozar lo populista, pero también audaz hasta llegar al desatino. Su alcaldía será recordada precisamente por estos últimos, pero lo cierto es que suyos son los primeros sueños de grandeza de una capital hasta entonces deprimida, que en las décadas posteriores lograría asombrar al mundo.

En la primera Nochevieja que vivió en el cargo, Gorordo contrató a Sabrina, entonces mito erótico catódico, para actuar en Bilbao. Le llovieron las críticas, pero él se justificaba tiempo más tarde afirmando que «sólo trataba de insuflarle optimismo a una ciudad triste y apagada». En mayo de 1988 aún no había elaborado su primer presupuesto, mientras gestionaba la compra del parque Etxebarría por 1.000 millones de pesetas y comenzaba a dar forma a la reconversión de La Alhóndiga. Desde entonces se ganó una fama de derrochador que le acompañó durante toda su carrera política. Curiosamente, acabó su trayectoria fiscalizando a otros consistorios desde el Tribunal de Cuentas.

El célebre Cubo de Oteiza y Sáinz de Oiza debía servir para transformar el antiguo almacén de vinos en un ambicioso centro cultural; fue el proyecto estrella de Gorordo, pero también el que le apeó de la alcaldía. Por defender la iniciativa se enfrentó al lehendakari Ardanza, al que reclamaba más inversiones para la capital vizcaína. El desafío sólo sirvió para que el PNV le retirara su confianza, precipitando su dimisión a seis meses de las elecciones.

Gorordo no se arredró, fundó un nuevo partido y se presentó a los comicios de 1995, poco después de pugnar sin éxito contra Arrate por la presidencia del Athletic. Logró ser tercera fuerza, pero su formación no tardó en descomponerse. En 1999 arañó dos concejales y se convirtió en llave de la gobernabilidad. Aprovechó esa situación para aumentar la cota de poder de la oposición en los órganos municipales o subir el sueldo de los ediles. «Estamos desplumando a Azkuna», alardeaba entonces. Tras recibir el premio al Mejor Alcalde del Mundo y con Gorodo ya fuera de la escena política, Iñaki Azkuna diría de su antiguo oponente que, como regidor, «tuvo imaginación, chispa y carácter».

Beti Duñabeitia (1990-1991)

Seis meses de «servicio»

Durante los seis meses que duró su interregno al frente del Ayuntamiento bilbaíno, Beti Duñabeitia (Bilbao, 1929-2013) se vio obligado a comer y cenar en su despacho, e incluso se hizo instalar una butaca para echar una cabezadita de vez en cuando porque apenas dormía. Tomó posesión del cargo tras la dimisión de Gorordo, sabiendo que no sería el candidato del PNV en los siguientes comicios, una situación atípica que asumió con vocación de servicio: «Ser el primer bilbaíno significa ser el último, por cuanto tienes que estar al servicio de los demás», decía entonces.

Como alcalde, contó con el apoyo de los socialistas y trató de desbloquear temas que habían quedado atascados, como la revisión del Plan de Ordenación Urbana o la recalificación urbanística de los terrenos de Euskalduna. Fue el único hijo de la villa que llegó a ser alcalde y presidente del Athletic, aunque quizá fue su labor al frente del Consorcio de Aguas su papel más destacado en la Administración. Pero también el momento más impopular de su carrera, por los cortes de agua a los que tuvo que someter a la población durante la sequía del otoño e invierno de 1988 y 1989. Cuando falleció, hace tan sólo unos meses, Azkuna destacó que era capaz de mostrarse «optimista hasta en aquella situación alarmante».

Josu Ortuondo (1991-1999)

Una ciudad nueva nace en Abandoibarra

El retrato más reciente de la galería de alcaldes muestra a Josu Ortuondo con el museo Guggenheim y el Palacio Euskalduna de fondo. Y es que esos dos edificios singulares son los máximos exponentes de una metamorfosis urbana que se gestó precisamente bajo su mandato. Licenciado en Empresariales, desarrolló su labor profesional en el BBV antes de pasar a la esfera pública. Sucedió a Gorordo en la dirección general de EITB en 1987 con el encargo de atajar un déficit de 1.000 millones de pesetas en la entidad, y cuatro años después le sustituyó como candidato para gobernar un Ayuntamiento cuya deuda pasaba de los 27.000 millones. Nacionalista fiel, el PNV apostaba entonces por la buena gestión frente al carisma tras la experiencia de José María Gorordo.

Resulta curioso que Bilbao adquiriera la mayor parte de su protagonismo a nivel internacional bajo el mandato de un político de perfil discreto. Sin embargo, Ortuondo fue uno de los más firmes valedores del acuerdo con la Fundación Guggenheim que catapultó la transformación de una gris ciudad posindustrial en un destino turístico cultural de primer orden. «Creo en un Bilbao de marca», fue su lema. Y para ello apostó por Abandoibarra como teatro de operaciones y por los grandes nombres de la arquitectura mundial como actores principales.

La creación de Bilbao Ría 2000 como instrumento para financiar la reconversión es uno de los logros mejor valorados por su sucesor, Iñaki Azkuna, que le consideraba «un gran alcalde». Tras dos mandatos en minoría en los que se vio a merced de pactos con socialistas y populares, no quiso volver a presentarse. El PNV le agradeció los servicios prestados poniéndole como cabeza de lista de las europeas en 1999.

Iñaki Azkuna (1999-2014)

El líder carismático de la mayoría absoluta

No sólo fue el único que superó la barrera de los dos mandatos, sino que únicamente él llegó a cosechar una mayoría absoluta. En su creciente éxito electoral había sin duda mucha parte de carisma personal, pero tambien pesaron los frutos de una transformación urbana que él capitalizó, pero que comenzó a gestarse bajo sus predecesores. El esfuerzo por cuadrar las cuentas de Castañares, la apuesta por la regeneración de Robles, la audacia a la hora de plantear el futuro de Gorordo o la visión internacional de Ortuondo allanaron el camino a un Azkuna que condensaba en su perfil político un poco de todos ellos.

Sus quince años como primer edil le convierten en el segundo alcalde que más tiempo ha pemanecido en el cargo en los dos últimos siglos. Sólo Joaquín Zuazagoitia Azcona, regidor entre 1942 y 1959, le supera. Desde luego, ningún oponente político le ha puesto en aprietos en la contienda por la Alcaldía. Pero es que, además, lejos de 'quemarse' con los años e ir perdiendo popularidad -el efecto de desgaste del poder suele ser implacable-, Azkuna logró el más difícil todavía: ganar votantes con el paso de los años.

A lo largo de su mandato, la villa pasó de ser una ciudad industrial y gris con una ría maltratada y desaprovechada a una ciudad de servicios y referente mundial para otras urbes ansiosas por mirar al futuro de otra manera. El metro y el Guggenheim fueron el punto de partida para la transformación de Abandoibarra. Le siguieron el Euskalduna, la Torre Ibedrola, la biblioteca de Deusto, Zorrozaurre, los nuevos accesos a la villa por San Mamés y el nuevo estadio rojiblanco...Y todo este trabajo no sólo se tradujo en votos y en una ferviente admiración. También le sirvieron para ser elegido mejor alcalde del mundo en 2012, el punto álgido de su mandato y un epílogo de lujo a una gran carrera como regidor, que desempeño con ardor -también en sus broncas era apasionado y aplastante, como se pudo comprobar en algunos plenos- a pesar de que desde el arranque de su segundo mandato en 2003 tuvo que compaginar el cargo con la lucha contra un cáncer de próstata que finalmente acabó con su vida más de diez años después.

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