La extraordinaria vida del hombre mosca

Harold Lloyd nació para el cine hace un siglo. Se colgó de aquel reloj tras haber perdido dos dedos, hizo fotos eróticas en 3D a Marilyn Monroe y Betty Page, vivió en una casa de 44 habitaciones...

ISABEL IBÁÑEZ

Televisión Española estrenaba en 1981 un ciclo dedicado a Harold Lloyd y un programa recopilatorio de escenas suyas. Muchos conocieron entonces al genio de gafitas y sombrero canotier capaz de provocar la carcajada con sus acrobacias enloquecidas. Aquí puede verse un poquito de aquel programa (en inglés), con una musiquilla de inicio tan pegadiza que a muchos trasladará a otra época en la que la caja tonta no lo era tanto.

Nació el 20 de abril de 1893 en Nebraska, pero se estrenó en el cine en 1913. Sus dotes cómicas, que exhibió en 150 películas y un buen montón de cortos le pusieron a la altura de dos genios de la época como Buster Keaton y Charles Chaplin. Se le recuerda sobre todo por 'Safety Last' (en España, 'El hombre mosca', 1923), de donde proviene su escena más famosa, en la que cuelga a gran altura de las manecillas de un reloj. Tenía la agilidad de un acróbata y, quitando algún momento particularmente peligroso para el que se utilizó un especialista, era él quien escalaba el edificio, aunque tuviera a poca distancia de sus pies una plataforma salvavidas. Lo que muchos desconocen es que acometió aquella escalada después de perder dos dedos de la mano derecha. Aquí está parte de aquella mítica secuencia:

Fue el 24 de agosto de 1919. Lloyd, que tenía 26 años en aquel momento, acudió a las oficinas de la distribuidora Pathé para hacerse unas fotos publicitarias y encontró allí una caja de accesorios de rodaje. Dentro había esas bombas con mecha tan típicas de entonces, y el cómico prendió fuego a una de ellas para retratarse encendiendo su cigarrillo. No sabía que aquella en concreto pertenecía a un lote particularmente peligroso que la compañía había descartado (habían llegado a romper una gran mesa de roble). Nunca se supo cómo llegó hasta allí. Lloyd, al ver que aquello echaba un extraño humo distinto al que habituamente emanaban los explosivos falsos de papel maché, la apartó de su cara, pero era demasiado tarde. "No supo lo que había pasado hasta que comenzó el dolor", recuerda su biógrafa, Annette D'Agostino Lloyd (nada que ver con el actor), en la web http://haroldlloyd.us/. "Se abrió un enorme boquete en el techo y el fotógrafo se desmayó. El actor describió entonces su rostro como 'carne cruda'. No podía ver por uno de sus ojos y el otro estaba dañado también. Sin embargo, lo más doloroso fue el recuerdo permanente que le quedó de aquel fatídico día: perdió el pulgar y el dedo índice de su mano derecha".

En el hospital, los médicos lucharon contra la gangrena que amenazaba su cara, y finalmente, tras varios meses, recuperó la vista. Lloyd contó entonces: "El dolor era considerable, pero trivial en comparación con mi estado mental". Pensaba que su carrera había acabado, algo normal cuando basaba buena parte del éxito en sus acrobacias. Pero su optimismo ayudó a obrar el milagro y también cientos de cartas de apoyo, entre ellas las de sus compañeros Stan Laurel (el flaco) y Roscoe Arbuckle (Fatty). Contribuyó sobre todo la construcción de una prótesis muy avanzada para la época creada con un molde de goma sacada de la mano izquierda de Lloyd e invertido después para hacer la derecha. El índice del guante se cosió al dedo corazón para que así se pudieran mover juntos y el pulgar quedaba inmóvil. El guante se sujetaba fuertemente al brazo y se disimulaba con maquillaje para que nadie pudiera detectarlo. Aquí puede verse en estas dos fotos, una de ellas perteneciente a un documental que pudo verse en La 2.

Lloyd, que era diestro, se convirtió en ambidiestro gracias a la práctica del balonmano, deporte que le encantaba. Eso sí, nunca mencionó en público la pérdida de sus dedos, ni siquiera en su autobiografía de 1928, escrita cuando tenía solo 35 años. Sí hablaba del accidente, pero consideró que aquella falta no iba a suponer un problema para él. Su biógrafa lo explica así: "La lógica detrás de esto presenta una gran solidez: él no quería que su creciente audiencia acudiera a ver sus películas por piedad, compasión o curiosidad. Deseaba un público puramente bueno, con una risa limpia. Y eso es lo que consiguió siempre". Después de 'El hombre mosca' llegaron muchas más películas. 'Casado y con suegra' (1924), 'El Tenorio tímido' (1924), 'El estudiante novato' (1925), 'El hermanito' (1927)... Y también probó suerte en el cine sonoro con clásicos como 'La vía láctea' (1936), aunque en esa década fue perdiendo fuelle hasta su última aparición en una cinta, 'El pecado de Harold Diddlebock' (1947).

Había amasado una gran fortuna, y vivía con su mujer y tres hijos en una casa en Beverly Hills de 44 habitaciones y 26 cuartos de baño de la que estaba muy orgulloso. Le había costado en aquellos años la friolera de dos millones de dólares (1,4 de euros). Siete jardines, doce fuentes, una pista de tenis, piscina olímpica... La bautizó como Greenacres; dicen que siempre había un abeto con la decoración navideña. Después de abandonar el cine, empezó a apasionarse por la fotografía, especialmente por una nueva técnica que permitía retratar objetos y personas en tres dimensiones. Se calcula que dejó más de 300.000 diapositivas. Su fama hacía que todo el mundo quisiera posar para él y Greenacres se convirtió en paso obligado para un montón de famosos. Entre sus modelos están los actores Alan Ladd, Jayne Mansfield y Mary Pickford, pero hubo muchos más. Incluso una veinteañera Marilyn Monroe, que posó en plan erótico para él. También un buen puñado de chicas que le ofrecieron sus desnudos, como la pin-up Betty Page. Hasta los Beatles se colocaron ante su objetivo. Dejó además paisajes de sus viajes por América y Europa. Pero nunca exhibió el resultado; concebía la fotografía como un hobby. Posteriormente se han organizado exposiciones y publicado libros. Aquí pueden verse algunas de sus fotos.

A las seis de la mañana del 9 de febrero de 1971, Lloyd, que a sus 77 años se encontraba enfermo de cáncer de próstata, sintió el suelo vibrando bajo sus pies. Era el terremoto de San Fernando, de 6,6 grados en la escala Richter, que se cobró la vida de 65 personas y causó numerosos daños. Cuando el temblor cesó, él mismo recorrió la casa para comprobar que Greenacres había sobrevivido a aquella desgracia. Quedó tranquilo al saber que su querida mansión podría con otro incidente similar. Pero murió el 9 de marzo.

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