Una estatua a la deuda perpetua

El municipio cántabro de Liendo sale cada año en procesión para recordar al indiano que en 1897 les regaló rentas vitalicias como las de Eroski y Fagor a fin de atender a los necesitados

JAVIER MUÑOZ
A la izquierda, estatua de Luis María de Avendaño en Liendo. A la derecha, título de deuda perpetua./
A la izquierda, estatua de Luis María de Avendaño en Liendo. A la derecha, título de deuda perpetua.

En la plaza de Liendo, municipio cántabro próximo a Laredo, hay tres estatuas dedicadas a otros tantos hijos ilustres. Una de ellas corresponde a un indiano y lleva la siguiente inscripción: 'El 1 de mayo de 1897 D. Luis M. de Avendaño y López donó a Liendo su pueblo natal una lámina intransferible de la deuda interior perpetua de quinientas mil pesetas para con su renta aliviar las cargas de este vecindario. El pueblo agradecido erige este monumento para perpetuar su memoria. 25 de agosto de 1902'.

La estatua, pagada con una cuestación popular, fue colocada en los jardines del ayuntamiento. Luis María Avendaño (1833-1904) era un ingeniero industrial que había emigrado a Nueva Orleans y se había hecho rico con el comercio y las finanzas. Tres hermanos suyos, Miguel, José María y Teodomiro, también prosperaron en esa ciudad estadounidense; y otro hermano, Peregrino, lideró a los españoles de Nueva Orleans que combatieron en la Guerra de Secesión con el bando confederado.

Los Avendaño realizaron donaciones generosas a Liendo. Peregrino construyó las escuelas que llevan su nombre y las casas de los maestros. Luis María regaló al Ayuntamiento una renta vitalicia del Estado; o lo que es lo mismo, los intereses anuales de unas obligaciones públicas no reembolsables valoradas en 500.000 pesetas y suscritas por un nacional -por eso se llamaba deuda interior-. Era una inversión respetable a finales del XIX y, a efectos prácticos, un producto financiero que recuerda a la deuda perpetua de Fagor y Eroski -la aportación no se recupera, salvo el emisor quiera canjearla o que exista un mercado para vender los títulos-.

Ciertamente, detrás de la fortuna regalada por Avendaño no estaba una empresa privada, sino el Estado. Pero no se olvide que España ha quebrado trece veces a lo largo de su historia desde Felipe II hasta la II República. Cuando el indiano de Liendo confió su patrimonio a su pueblo, apenas habían transcurrido tres décadas desde la bancarrota del reinado de Isabel II, causada en 1866 por las inversiones y la corrupción desmedidas en el sector del ferrocarril. Fue un desastre que se llevó por delante al sistema financiero.

El Reino de España recurrió a la deuda perpetua unos años después de aquella quiebra, durante el último cuarto del siglo XIX. Lo solía hacer en el contexto de reestructuraciones de préstamos pendientes -una forma suave de referirse a las crisis de deuda-. La deuda perpetua de 1882, por ejemplo, ofrecía un interés algo mayor, del 4%, rentabilidad que se repitió en emisiones análogas posteriores. A los extranjeros se les pagaba en oro, pero a los nacionales, en pesetas; y además se les aplicaba un impuesto del 20% sobre los intereses.

En el caso concreto de Liendo, Luis María Avendaño dispuso que los réditos de su deuda perpetua se destinaran a las familias necesitadas del municipio y a otras actividades comunitarias que fueron detalladas minuciosamente. Al ingeniero, un soltero adinerado, todavía lo homenajean en su tierra por su generosidad. Todos los años, coincidiendo con la festividad del 1 de mayo -el día en que se hizo efectiva la donación-, una procesión sale de la iglesia local y se detiene ante su estatua. A continuación se lee la carta que el benefactor escribió a Liendo en 1897.

Más de un siglo después, el Ayuntamiento cántabro ya no tiene deuda perpetua. Desapareció de forma definitiva con la introducción del euro y la obligación de denominar la deuda pública en la divisa común. Hasta entonces, canjearla por otros títulos del Estado era una posibilidad que el Gobierno podía ofrecer en diferentes ocasiones.

La deuda perpetua de Avendaño acabó convertida en dinero. Las quinientas mil pesetas habían empequeñecido -en el franquismo, la inflación era una forma de reducir la deuda-; pero también habían sido una fuente de ingresos regulares para la comunidad. La donación fue a una cuenta bancaria en euros. El Ayuntamiento la canceló recientemente porque las comisiones del banco se comían el principal.

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