Hallan en su cama a una vecina de Bilbao que llevaba muerta tres años

El casero entró hace ocho meses en la casa con la Policía judicial a reparar unas goteras, pero la creyeron vacía. El cadáver fue descubierto el viernes por unos peritos y la policía judicial

ITZIAR REYEROBILBAO
Imagen del edificio donde se encontró el cadáver en la calle Bilbao la Vieja.  / Luis Calabor/
Imagen del edificio donde se encontró el cadáver en la calle Bilbao la Vieja. / Luis Calabor

En tres años a nadie le dolió su ausencia. Solo la tímida intentona del casero por ordenar las cuentas de la comunidad. Al timbre la llamó entonces, aunque en vano. En el barrio se pensaba que «se había ido al asilo». Pero lo que nadie nunca imaginó es que la vecina del primero, «Soledad», ¿o tal vez se llamaría «Olvido»?, había muerto en 2011 y esperaba en su cama a que alguien viniera a buscarla. Han tenido que pasar tres calendarios completos para que la Ertzaintza encontrara el pasado viernes su cuerpo, momificado. En su cocina, el almanaque se había parado en «abril de 2011». También las recetas del médico y los yogures en la nevera certificaban que se fue esa primavera. «Por causas naturales», dice la autopsia que se le practicó. Pero lo cierto es que la protagonista de esta triste crónica sí fue víctima de una enfermedad, creciente en nuestro tiempo: la del mudo desarraigo que, como un velo invisible, cubrió en vida a esta mujer, española de 65 años, y se la llevó silente.

Un cuerpo «momificado»

Dos arquitectos que el viernes 27 de diciembre hacían un peritaje rutinario del inmueble situado en el número 25 de la calle Bilbao la Vieja, en la capital vizcaína, se quedaron «desencajados» al hallar el cuerpo de la víctima. Yacía en la cama, boca arriba y «momificado», según confirmaron a ABC fuentes policiales. Fue un vecino quien avisó a la Ertzaintza y quien hubo de atender en primera instancia a los arquitectos que se encontraban es estado de colapso.

Acudieron varios agentes, el forense y la Policía judicial, pero ni siquiera ayer, una semana después, en las tabernas que pueblan la acera se habían enterado de nada. Nadie vio nada. «¡Buf! Eso lleva cerrado hace años», soltó un residente del edificio de enfrente, que se fue sin saber. En el balcón de la mujer fallecida, solo una bombona de butano olvidada. Las cortinas corridas, las persianas, sin bajar. Acodados en sus respectivos ventanales, otros vecinos del edificio de enfrente, que dan justo a la casa, huían de la periodista, seguramente también lo ignoraban todo.

«Si no tiene herederos, que me den el piso»

Dentro del domicilio de la víctima de soledad, la humedad conservaba el cadáver, que no presentaba signo alguno de violencia ni desprendía mal olor después de tanto tiempo. «La Ertzaintza nos dijo que solo huelen en los tres primeros meses», comentó el joven que dio la llamada de alerta y que se acaba de mudar al edificio. Tampoco en eso molestó la vecina del primero, que había comprado su pequeña casa «hacía unos veintitrés años», según la dueña de la peluquería situada justo en frente del portal. «Yo viví en ese piso, mis aitas se lo vendieron. La Policía nos llamó hace unos días, pero no sabemos nada. Nos dijeron que no tiene descendencia», relata a las puertas de su negocio. «Pues si no tiene herederos, que me den a mí el piso», decía esta chica del barrio, con algo de ironía seca y ninguna aflicción.

«Solo sé que al mudarme aquí me comentaron que era una familia peculiar y que si la veía, avisara», decía una voz femenina al otro lado del telefonillo. La comunidad de propietarios le reclamaba las cuotas atrasadas desde hacía año y medio. Según los vecinos, se intentó localizar a la señora y a un supuesto hijo que en realidad nadie conoce.

La nota rocambolesca de esta amarga historia ocurrida en el centro de Bilbao añade que hace ocho meses, es decir, dos primaveras después de su muerte, la policía judicial entró en la casa. Habían sido avisados por el administrador de la finca, que pedía acceder a la vivienda porque unas goteras afectaban a la taberna «Itxurra», ubicada justo debajo. Entraron a arreglar la fuga en la cocina. Creyeron que la casa estaba vacía. Entonces tampoco nadie se percató de nada.

Un cartel de la policía judicial informando sobre que se había procedido a entrar en la vivienda al no estar «localizable» el propietario y por imperiosa necesidad de arreglar los desperfectos de las goteras colgaba en la puerta. Se había cambiado la cerradura. El casero guardó las llaves por si se producía otra incidencia. Eso permitió que los arquitectos entraran el viernes. «Nos llamó la atención porque sí que parecía que vivía alguien. Estaban las gafas, la lista de la compra, la medicación», aseguró el nuevo vecino. Vio lo que el resto no supo ver.