En el palacio del rey Minos

En sus excavaciones en Cnosos, Arthur Evans sacó a la luz una civilización desconocida en cuya recreación proyectó sus ideales pacifistas

JULIO ARRIETA , @JULIOARRIETASAN

Unos sellos con inscripciones encontrados en un mercadillo de Atenas acabarían llevando a Arthur Evans hasta Creta. Allí, en una colina en la que ya habían puesto el ojo otros arqueólogos, sacó a la luz en 1900 el palacio de Cnosos, un edificio enorme no relacionado con ninguna cultura antigua conocida hasta entonces y a cuya excavación, consolidación y estudio dedicaría tres décadas de trabajo. Como señala David Fagan en su libro 'Archaeologists. Explorers of the human past', "pocos arqueólogos descubren civilizaciones perdidas y Arthur John Evans fue uno de ellos".

Arthur John Evans (1851-1941) lo tuvo todo a su favor para dedicarse a la arqueología. Nació en una familia rica encabezada por Sir John Evans (1823-1908), anticuario, numismático, geólogo y coleccionista devoto. Miembro de las sociedades científicas más prestigiosas de Reino Unido, fue uno de los pioneros en el estudio de la prehistoria en las Islas Británicas, pero debía su fortuna a su matrimonio con su prima Harriet Ann Dickinson, hija de su tío John Dickinson, un rico fabricante de papel para el que él mismo había trabajado. Arthur, el mayor de cinco hermanos, perdió a su madre cuando tenía solo 7 años y fue criado por su madrastra, Frances (Fanny para la familia), también prima de su padre, en una mansión repleta de antigüedades y libros que su progenitor le animaba a leer.

El joven Arthur era un estudiante brillante que destacaba entre sus compañeros por un dominio asombroso de la cultura clásica. En 1870 se matriculó en el Brasenose College de Oxford, donde, a pesar de su gusto evidente por el pasado remoto, decidió especializarse en Historia moderna. En Oxford, Evans padre era una autoridad reconocida, por lo que Arthur empezó a ser motejado como 'Little Evans'. El pequeño Evans resultó ser una alumno desconcertante para sus profesores. Era inteligente y brillante, pero pronto quedó claro que había escogido una especialidad por la que no sentía gran interés y a cuyo estudio dedicó el esfuerzo mínimo para superar los exámenes. Sus examinadores se encontraban ante un joven que era capaz de demostrar sus cualidades cuando le interesaba, pero que se veía en dificultades para contestar a preguntas sobre cualquier cosa que hubiera pasado a partir de la Baja Edad Media. Logró graduarse en 1874 gracias al prestigio de su padre y de la simpatía de uno de sus tutores, Edward Augustus Freeman, que acabaría siendo su suegro.

Cuando todavía estaba en la universidad, Arthur Evans empezó a viajar, aunque no como el típico niño rico de la época. A menudo lo hacía a pie. Pacifista militante, le gustaba visitar zonas en conflicto, en las que tendía a simpatizar con las víctimas y desde las que escribía artículos de denuncia. Eso sí, sin dejar de recolectar antigüedades en todo momento. Tras una breve estancia en la Universidad de Gotinga, el joven se dedicó a viajar por los Balcanes, en los que se vivían los últimos años de la ocupación turca y donde los serbios se habían alzado en armas. A lo largo de toda su vida, Evans, políticamente un liberal de libro en la línea de William E. Gladstone, siempre tendió a prestar su apoyo a los pueblos oprimidos y las minorías maltratadas.

En los Balcanes esto le costó la animadversión de las autoridades turcas, primero, y de las austríacas, después, cuando la zona pasó a depender del Imperio austrohúngaro tras el Congreso de Berlín de 1878. Evans regresó a los Balcanes varias veces y llegó a establecerse con su esposa Margaret, con la que se había casado en 1878, en Ragusa (actual Dubrovnik, Croacia). Desde allí escribió crónicas nada complacientes sobre la situación política de la región para 'The Manchester Guardian'. Ello le supuso una estancia en prisión de seis semanas -en espera de juicio- y la expulsión definitiva del país en 1882, acusado por las autoridades austriacas de ser un agente provocador y de incitar a la insurrección.

Un museo moribundo

De vuelta a Inglaterra, Arthur y Margaret se establecieron en Oxford en 1883. El joven arqueólogo estuvo casi un año en paro, tiempo que dedicó a escribir sobre yacimientos y calzadas romanas en los Balcanes y a viajar a Grecia, donde conoció a Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya, con el que entabló amistad. Al año siguiente, y no sin la oposición de varios académicos, que le consideraban mal preparado y demasiado dado a la aventura, Evans fue nombrado conservador del Ashmolean Museum, puesto que ocuparía durante 25 años. A la llegada del arqueólogo, dicha institución, más moribunda que venerable, era una especie de almacén en el que se amontonaban los resultados de 300 años de coleccionismo naturalista y arqueológico sin ningún criterio museístico. Evans puso orden en aquel caos y logró los apoyos económicos necesarios para construir un edificio adecuado para exponer los fondos en condiciones. Además, donó la colección de su padre. Evans se las apañó para conciliar esta labor con sus viajes, por lo que sus ausencias eran frecuentes. "El conservador está en algún lugar de Bohemia, señor", se convirtió en la fórmula automática de respuesta a la que sus asistentes recurrían cuando alguien preguntaba por él.

A principios de los 90 del siglo XIX, Arthur Evans gozaba de una excelente posición. Había convertido una montaña de antiguallas en un museo notable, realizaba excavaciones (como la necrópolis de la Edad del Hierro de Aylesford), publicaba y viajaba con su esposa. Pero este cuadro de plenitud personal y profesional se vino abajo el 11 de marzo de 1893, cuando Margaret murió en Italia tras sufrir espasmos durante dos horas y sin que se llegara a determinar la causa.

La muerte de Margaret cambió su vida. Fue desentendiéndose del Ashmolean Museum y decidió centrarse en Creta, a la que llegó por primera vez en marzo de 1894. En un artículo publicado en marzo de 1901 en 'The Monthly Review', 'The Palace of Minos', explicaba así cómo encontró la pista que le acabaría llevando a la isla: "Hace ya siete años llegaron a mis manos ciertas pruebas que demostraban rotundamente que mucho antes de la introducción del alfabeto fenicio, según fue adoptado posteriormente por los griegos, los cretenses poseían de hecho un sistema de escritura. Mientras andaba buscando en Atenas antiguas piedras grabadas encontré unos sellos de tres y cuatro caras que tenían en cada una grupos de jeroglíficos y signos lineales distintos de los egipcios e hititas, pero que evidentemente representaban cierta forma de escritura. Después de mis investigaciones supe que estos sellos habían sido descubiertos en Creta. Poseía en estos momentos una pista y, como Teseo, me propuse seguirla, si fuera posible, hasta los recintos más ocultos del laberinto. Nunca había dudado que la fuente y el centro de la gran civilización micénica permanecían sin ser descubiertos en suelo cretense, pero ahora se presentaba, por fin la posibilidad de conocer sus documentos escritos".

Pero a la llegada de Evans la isla atravesaba momentos delicados: estaba fraguándose una insurrección de los cretenses griegos contra las autoridades turcas. No se concedían permisos de excavación y Evans se dejó llevar por sus inclinaciones políticas, apoyando a los isleños oprimidos y publicando indignadas notas sobre la situación en 'The Manchester Guardian'. Eso sí, sin dejar de interesarse por la labor de los arqueólogos en la isla.

Del mismo modo que Troya tuvo su 'predescubridor' en Frank Calvert, que excavó allí antes que Schliemann, Cnosos contó también con un excavador que llegó antes que Evans. Se trataba de Minos Kalokairinos (1843-1903), un industrial jabonero y cónsul de España ocasional en la isla que se había aficionado a la arqueología tras el triunfo de Schliemann. Kalokairinos se había fijado en una pequeña colina cerca de Heraclión, en cuya superficie solían aparecer restos de cerámica y monedas antiguas. Su excavación fue muy limitada, pero encontró unas grandes vasijas para almacenar aceite que publicó y que acabaron expuestas en el Louvre y en el Museo Británico. Kalokairinos identificó el lugar con la antigua Cnosos, que la tradición y los mitos señalaban como el lugar en el que se alzaban el palacio del rey Minos y el Laberinto construido por Dédalo para recluir al Minotauro. El mismo Schliemann visitó el lugar -de hecho estuvo invitado y alojado en casa de Kalokairinos- y abrió dos sondeos. Los resultados le debieron de parecer muy prometedores, porque tiempo después escribió que deseaba rematar su carrera con "una gran empresa: la excavación del antiquísimo palacio prehistórico del rey de Creta en Cnosos, que creo haber identificado hace ahora tres años".

Comprar una colina

Evans estaba al tanto de todo ello y cambió impresiones con Kalokairinos y con el arqueólogo italiano Federico Halbherr. Pero la situación política de la isla, cada vez más encrespada, impidió que pudiera excavar. Se propuso comprar la colina a la mínima oportunidad. Como los propietarios, presionados por las autoridades turcas, no querían vender a particulares, Evans recurrió a una entidad similar al Palestine Exploration Fund y el Egypt Exploration Fund: el Cretan Exploration Fund, que, a diferencia de sus modelos, contaba al principio con un único socio donante, el propio Arthur Evans. Ocultando este pequeño detalle, "en 1895 tuve éxito en la adquisición de una parte del sitio de uno de los copropietarios", con opción a comprar el resto. El arqueólogo inglés acabó siendo el único dueño de todo el terreno, en el que por fin pudo meter la pala en marzo de 1900, cuando Creta, tras el abandono de las autoridades turcas en 1898, era un principado autónomo tutelado, regido por el príncipe Jorge de Grecia. Las tornas habían cambiado y ahora eran los turcos que quedaron en la isla quienes se habían convertido en víctimas de todo tipo de abusos. Fiel a sus principios, Evans defendió a esta nueva minoría perseguida. De hecho, procuró que en su excavación convivieran trabajadores cretenses griegos (cristianos) y turcos (musulmanes).

La excavación de Cnosos comenzó el 22 de marzo de 1900 y empezó a rendir resultados espectaculares a las pocas horas de arrancar, cuando comenzaron a aflorar restos de muros antiquísimos. Durante tres campañas sucesivas de tres meses (1900/1902), Evans desenterró un enorme complejo de edificios formado por más de 1.500 estancias y pasillos, que ocupaba un área de 20.000 metros cuadrados y cuya planta solo puede ser descrita como 'laberíntica'. La identificación con la residencia del mítico rey Minos estaba cantada. "El resultado (de la excavación) ha sido descubrir una gran parte de un enorme edificio prehistórico, un palacio con sus numerosas dependencias, pero un palacio a una escala muy superior a los de Tirinto y Micenas", resumió en el artículo citado: "Gracias a la buena fortuna los restos de los muros empezaron a aparecer solo a un pie de la superficie, a menudo a unas pocas pulgadas". Además, comenzaron a aflorar "frescos muy bien conservados".

Evans no era un gran arqueólogo de campo. Consciente de sus limitaciones técnicas, contó en su equipo con el escocés Duncan Mackenzie (18611934), que había demostrado su minuciosidad y saber hacer en las excavaciones de Filacopí, en Milo, donde había adquirido experiencia en la interpretación estratigráfica. Además, completó su equipo técnico con dos arquitectos, Theodore Fyfe y Christian Doll, y el artista suizo Emile Guillieron y su hijo, encargados de restaurar -o más bien recrear- los frescos que decoraban la construcción. El número de trabajadores osciló entre 50 y 200. Aunque la mayor parte del edificio fue desenterrada durante las primeras campañas, los trabajos de excavación y consolidación se prolongaron hasta 1914. Tras el paréntesis de la Primera Guerra Mundial, fueron prolongados hasta 1932, aunque desde 1929 se hizo cargo de dirigir las labores de campo John Pendlebury (1904-1941). Además de lo espectacular de todo el conjunto monumental, cabe destacar el hallazgo en el estrato más reciente, el correspondiente a la destrucción del palacio, de un archivo formado por más de 3.000 tablillas escritas en lineal B, un tipo de escritura cuyo descifrado Evans no llegaría a conocer, y que publicó en los libros 'Scripta Minoa' (volumen I en 1909 y volumen II, póstumo, en 1952).

Evans concluyó que aquel era el palacio principal de una civilización desconocida hasta entonces a la que llamó minoica (aunque el término ya había sido utilizado antes), en referencia al rey Minos, del que la tradición griega había conservado recuerdo desde Homero a Tucídides, quien, en el libro I de la 'Historia de la Guerra del Peloponeso', escribió: "Minos fue, según la tradición, el primer rey que dispuso de una flota y señoreó ampliamente el mar hoy griego; dominó las Cícladas y fue el colonizador de gran parte de ellas, después de haber expulsado a los carios y constituido señores a sus hijos. Hizo cuanto pudo por acabar con la piratería marítima, para asegurarse la recepción de los tributos".

Para establecer su cronología, Evans utilizó como referencia las cerámicas minoicas encontradas en yacimientos egipcios bien datados. Con la ayuda de Mackenzie, llegó a la conclusión de que la cultura minoica había vivido tres grandes fases y tenía sus raíces en el Neolítico. En todo caso, las grandes estructuras del palacio pertenecen en su mayor parte a la fase conocida como de los Segundos Palacios o Neopalacial (1700 1350 aC), durante la que Cnosos pareció dominar sobre los demás núcleos de la isla.

Evans había descubierto una civilización. Pero cometió el error de 'modelarla' a su gusto. Casi desde el principio de la excavación, el arqueólogo inició obras de restauración que más bien acabaron siendo de reconstrucción e incluso recreación. Justificó sus primeras intervenciones en que las estructuras desenterradas en la primera campaña habían sufrido un deterioro notable a la intemperie que se podía apreciar al inicio de la segunda. Además, al despejar construcciones de varios pisos, se corría el riesgo de que se vinieran abajo, al haber desparecido las vigas de madera que las mantenían en la antigüedad. Decidió improvisar e intervenir deprisa: "Ir más lentos hubiera supuesto la caída de los restos de las plantas superiores sobre las inferiores, y el resultado hubiera sido un confuso montón de ruinas. La única alternativa posible era sustituir de forma permanente los soportes de las estructuras superiores", justificó.

El palacio imaginado

Asistido por sus arquitectos y los obreros locales, Evans cubrió plantas, levantó columnas y muros, usando materiales como el hormigón armado y vigas metálicas. Pero, además, ideó la decoración a partir de unos pocos modelos reales, dando una falsa apariencia homogénea a todo el conjunto con sus características columnas de colores rojo, negro y blanco, y redecorándolo con frescos recreados con mucha imaginación a partir de los escasos ejemplares antiguos bien conservados. Una intervención como la de Evans en Cnosos hoy día sería impensable. Es una recreación imaginativa en la que unos restos arqueológicos fueron trabajados para que el edificio, cuya naturaleza palaciega es objeto de discusión hoy día, se pareciera a lo que Evans pensaba que 'debía de haber sido'.

En arqueología, a menudo es difícil precisar la función que tuvo una estructura y es fácil caer en la tentación de dejarse llevar por la conjetura. Evans se entregó totalmente a su imaginación. Bruce G. Trigger señala e su 'Historia del pensamiento arqueológico' que Evans "fue uno de aquellos arqueólogos que intentan proyectar en el pasado sus propios ideales de sociedad". Idealista, pacifista convencido y militante, en 'El palacio del rey Minos' (1921-1935), la monumental obra en cuatro volúmenes en la que resumía sus hallazgos, describió una civilización luminosa y espiritual, que había mantenido una pacífica hegemonía comercial en el Mediterráneo. Para dar consistencia a esta imagen, no dudó en alterar a su gusto el registro arqueológico.

Arthur Evans fue investido Sir en 1911 como reconocimiento a su labor en Cnosos y el Ashmolean Museum. Trabajos arqueológicos posteriores en otros yacimientos cretenses y el desciframiento de las escrituras Lineal B y Lineal A (parcialmente) han ido perfilando con más precisión cómo fue en realidad la cultura minoica, que se desarrolló en Creta entre 3000 y 1400 aC. Sin embargo, la imagen del palacio de Minos tal como lo imaginó Evans se ha convertido en un icono arquitectónico indestructible.

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