La Iglesia vasca en tiempos de 'guerra sucia'

Los obispos, que alertaron a Felipe González sobre el "radicalismo" de algún líder socialista, fueron pioneros en la denuncia de los GAL

PEDRO ONTOSOBILBAO
Manifestación de Gesto por la Paz contra los GAL en 1991: ‘La democracia no se defiende en los desagües’ se lee en un cartel./ Efe/
Manifestación de Gesto por la Paz contra los GAL en 1991: ‘La democracia no se defiende en los desagües’ se lee en un cartel./ Efe

La noche del 15 al 16 de octubre de 1983, José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala fueron secuestrados en Francia por los denominados Grupos Armados de Liberación (GAL), que firmaban así su aparición tras otros episodios de guerra sucia. Los refugiados serían luego asesinados tras haber sido torturados. Cuando aquellas atrocidades se cometían, una parte de la sociedad vasca, hastiada por la violencia de ETA, miraba hacia otro lado y guardaba silencio. Los obispos vasconavarros denunciaron aquella barbarie y tomaron posición contra la Ley del Talión. Incluso anticiparon a Felipe González, en una visita a La bodeguilla, los "excesos" y el "radicalismo" de Ricardo García Damborenea, secretario general del PSOE vizcaíno dsede 1978 hasta 1990 en que fue expulsado, y condenado luego por su vinculación con los grupos parapoliciales.

Lo contó en 1997 José María Cirarda Lachiondo, arzobispo de Pamplona y, antes, administrador apostólico de Bilbao en una de las épocas más difíciles de la Iglesia vizcaína. Cirarda, el más locuaz de los obispos vascos, reveló en una entrevista radiofónica que había mantenido una reunión, junto a los obispos Uriarte y Setién, con Felipe González, entonces presidente del Gobierno, y el ministro de Justicia Fernando Ledesma. la cita se celebró en la célebre Bodeguilla, un sótano bajo las cocinas de La Moncloa -emulaba a una tasca sevillana-, donde el presidente del Ejecutivo recibía algunas visitas ilustres de una manera más distendida. La cita se celebró durante el primer mandato socialista.

Los obispos entregaron a González un informe de cinco folios sobre la situación de Euskadi y, según contó luego Cirarda, le pusieron en guardia "contra determinados excesos de algún dirigente socialista en el País Vasco, en concreto sobre Damborenea", que terminaría pidiendo el voto para Aznar. Los prelados criticaron lo que consideraban "unas actitudes muy radicales, que no eran el procedimiento y que iban a irritar más que a resolver problemas". Además, le trasladaron que "el problema vasco no se puede abordar por la vía puramente de la fuerza".

En su libro de memorias, Cirarda -que también mantuvo una entrevista en solitario con Barrionuevo y Vera- cuenta que sí hablaron de las dos tendencias que había en el PSE: "Una muy dura, capitaneada por Damborenea, y otra más moderada y dúctil, encabezada por Txiki Benegas". En este libro señala que "nosotros no nombramos ni a uno ni a otro, pero Felipe González captó muy bien lo que queríamos decirle", escribe.

Damborenea, auténtica bestia negra contra el nacionalismo, acusó a los cónsules de Francia y Bélgica de apoyar a ETA y atacó a los jueces, a los que consideraba "más preocupados por los derechos constitucionales de los terroristas que de la mayoría de los ciudadanos".

Desde el primer momento, los obispos se posicionaron de manera nítida contra la cultura del ojo por ojo y diente por diente, que amenazaba con cuartear la fibra moral de la sociedad vasca. También se les unió Gesto por la Paz, que denunciaba toda conculcación de los derechos humanos, fuera quien fuera la víctima. El magisterio episcopal en esta materia se puede confrontar en distintos libros de recopilación de sus pastorales. Lo han hecho José Antonio Pagola sobre Setién (La paz es posible, idatz), Pablo Azpitarte y Félix Azurmendi sobre Uriarte (Palabras para la paz, una pedagogía evangélica, idatz), Galo Bilbao sobre el conjunto de los prelados (Sacrificadas a los ídolos. Las víctimas del terrorismo en el discurso de los obispos vasconavarros, IDTP), José F. Serrano (La Iglesia frente al terrorismo de ETA, BAC) y Félix García Olano cuando era delegado espiscopal de medios de comunicación en la diócesis de Bilbao.

Aunque no han firmado una pastoral específica contra la guerra sucia -tampoco lo han hecho sobre las vícitimas- las referencias son constantes en su discurso. Uno de los documentos más representativos es el trabajo Erradicar la violencia debilitando sus causas, publicado en julio de 1985, cuando en tan solo dos meses ETA había asesinado a una veintena de personas y los GAL a tres, que merecieron idéntica repulsa moral. Los obispos -Luis María Larrea (Bilbao), José María Setién (San Sebastián), José María Larrauri (Vitoria) y Juan María Uriarte (auxiliar de Bilbao)- ofrecían sus criterios morales y de ética política y marcaban una hoja de ruta hacia una sociedad reconciliada. Dejaban claro, además, que la sociedad tiene derecho a defenderse de las acciones violentas mediante sus propias fuerzas de seguridad: "La justa represión de la violencia armada corresponde únicamente a los poderes públicos legítimos, que deben hacer de esta delicada atribución un uso vigilante, siempre respetuoso con los derechos intangibles de toda persona humana", advertían.

Y luego abundaban más. "Una aplicación leal del Estatuto; una legislación que, también en el ámbito de la represión de la violencia, respete escrupulosamente los derechos de la persona humana; una actuación policial mesurada y justa y una eficaz desarticulación de las actividades del GAL constituyen, a nuestro juicio, una necesaria contribución del Estado a la extinción de ETA y a la pacificación de la sociedad. Por el contrario, las restricciones del Estatuto, la lesión de los derechos humanos propiciada por la ley antiterrorista, las torturas y otros excesos policiales y cualquier síntoma de tibieza al perseguir al GAL refuerzan los viejos sentimientos de buena parte de este pueblo y alimentan en los adictos a ETA su falsa conciencia de legitimidad".

El discurso de los obispos, apelando a que la violencia había que combatirla con medios justos y legítimos, y denunciando excesos policiales, provocó no pocos recelos y muchas polémicas en aquella época. En la presentación de su libro Un obispo vasco ante ETA, el prelado emérito de San Sebastián José María Setién defendía que la Iglesia estuviera tanto al lado de las víctimas de ETA como de los GAL, porque "ambos sufrimientos existen. La Iglesia debe llegar por igual a todos los que sufren, pero esto no debe interpretarse como si se quisiera dar a entender o afirmar la equiparación de unos con otros", sostenía.

"El territorio del dolor es sagrado"

A esas heridas también se ha asomado Harkaitz Cano en su novela Twist, traducida al castellano en febrero de este año. "El territorio del dolor es sagrado", mantiene el escritor, Premio Euskadi de Literatura, de la Crítica y del Beterri, el de los lectores en euskera. El autor echaba mano de la ficción para hablar de sucesos reales, sabiendo que se adentraba en un terreno muy delicado. Treinta años después. El obispo Juan María Uriarte se ha referido a la guerra sucia en muchos de sus trabajos para exigir que "resplandezca la verdad". Acaba de presentar un informe sobre la vulneración de derechos en Euskadi en un informe en el que se cuantifican los muertos por la violencia: 837 muertos por el terrorismo de ETA, 94 por los excesos policiales y 73 por los grupos paramilitares y la extrema derecha. Y le han llovido las críticas desde algunas instancias. Treinta años después. Y esto no es ficción.

Cirarda, por su parte, nunca tuvo pelos en la lengua. En un texto de 1981 defendía que "ninguna razón política, por legítima que pudiera ser, da derecho a que nadie se tome la justicia por su mano. Aunque se trate de combatir una injusticia, no puede pensarse en remediar ésta con una mayor. El asesinato es siempre asesinato. El terrorismo, siempre terrorismo", escribió el obispo vizcaíno, que también denunció casos de tortura ante el mismísimo Franco. Al prelado de Bakio le tocaron vivir momentos duros y difíciles, con numerosos atentados de ETA y algunos episodios de guerra sucia. En su libro Recuerdos y memorias (PPC) dedica un espacio a la muerte de Mikel Zabalza, natural de Orbaizeta, un conductor de autobús al que se acusó de colaborar con ETA. Cirarda le describe como "un joven sano y buen cristiano, que no era de ETA". Zabalza murió cuando permanecía detenido por la Guardia Civil, si bien luego se dijo que se había ahogado cuando pretendía ecapar. Su cuerpo apareció en el Bidasoa.

El párroco de Orbaizeta consultó con su arzobispo la homilía para los funerales, quien le sugirió unas pequeñas correcciones. "Tomando pie de los cortes de árboles frecuentes en su pueblo, rico en bosques, decía que la vida de su buen monaguillo había sido segada por la motosierra de la tortura. Le hice ver que la metáfora era un tanto ruda y que, de otra parte, no debía dar por cierto que su joven amigo había sido torturado, pues no había constancia de ello. El buen párroco atendió todas mis indicaciones. Aun así, el funeral causó tanto ruido que hasta el ministro de Interior, Barrionuevo, se atrevió a condenar la susodicha homilía nada menos que en el Parlamento español. El párroco había dicho que, así como Jesús fue condenado a muerte siendo inocente, él esperaba que un día se aclarara que su fiel monaguillo había muerto violentamente, a pesar de ser inocente". Cirarda no encontró en la homilía "nada contrario ni a la fe ni a la moral, ni siquiera a la prudencia".

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