Memoria de nuestras amamas de caserío

¿Estaríamos dispuestos a vivir como lo hacían nuestros antepasados del medio agrario? El documental '81.amama' reúne testimonios de las últimas mujeres criadas en caseríos y de sus nietas

BILBAO
Anna Mouesca, de 85 años, del caserío Zendalepoa de Makea, en Iparralde. / '81.amama'/
Anna Mouesca, de 85 años, del caserío Zendalepoa de Makea, en Iparralde. / '81.amama'

En el acarreo de mineral o en labranza, en las matxinadas y en la guerra, durante la época de la pesca del bacalao y la ballena, y al mando de los caseríos. Las mujeres vascas no tuvieron nunca reparos, tampoco les quedaba otro remedio, a la hora de tomar parte en todos los quehaceres de la vida cotidiana. La autoridad de la etxekoandre dentro del hogar y de la economía familiar era primordial, sí. El trabajo en un baserri requería una fuerte cohesión familiar y al parecer ésta se lograba mejor con la mujer controlando la casa. Ella era además la poseedora del conocimiento tradicional y de la sabiduría medicinal, y la encargada de transmitirla de generación en generación. Sin ser perfecto, el sistema funcionaba bien. Y aunque hoy sabemos que los tiempos eran otros y que siempre se trató más bien de un reparto igualitario de tareas entre los sexos que de un matriarcado propiamente dicho, ese mito con el que hemos convivido con total naturalidad, es reconocido que la figura femenina en la cultura vasca tuvo siempre un estatus superior al adjudicado en otros grupos sociales y culturales.

Hoy aún la imagen de la etxekoandre unida a un paisaje, el del caserío, y a un idioma, el euskera, tiene una importante carga emocional y simbólica. ¿Pero estaríamos dispuestos a vivir como lo hacían nuestras amamas de caserío, con todas sus vivencias y con todas sus carencias? El documental 81.amama, de la getxotarra Izaro González Ieregi, habla sobre el imaginario construido de la mujer vasca y para ello reúne testimonios de catorce mujeres mayores, hoy septuagenarias y octogenarias, criadas en algunos de los caseríos repartidos por la cornisa cantábrica, de Bizkaia a Iparralde, y cuatro de sus nietas, criadas lejos de la vida en el campo. En el primer caso, se trata en su mayoría de madres de familia que se vieron obligadas a emigrar a la ciudad a principios del siglo XX, cuando la vida en el campo no daba para más y protagonistas en primera línea de la decadencia de lo que hoy conocemos por vida tradicional. Son especiales porque son las últimas que han vivido del medio agrario. En 1963, el ensayo Quosque Tandem! del escultor vasco Jorge Oteiza nos situaba en la generación número 80 desde el cromlech-neolítico hasta comienzos del siglo XX. La de hoy sería la generación 81, y por eso he querido saber qué piensan nuestras amamas y sus descendientes. Es una reflexión sobre la transmisión cultural y la forma de entender lo vasco, relata la autora de este documento audiovisual de 50 minutos que este jueves se presentará en sociedad a las ocho de la tarde en el Kafe Antzokia de San Sebastián.

"La que más hacía era ama"

A pesar de vivir alejadas de sus raíces, los testimonios de las protagonistas se han recogido en el solar, origen o cuna de su apellido o estirpe. El caserío Sagondo en Sopelana; Txagorri, en Azkoitia; Pellizar en Intxaurrondo; Garagartza en Leiza; Zendalepoa, Etxeñoa y Jauberria, Alastainea en Iparralde son algunos de los lugares visitados. En su gran mayoría, se trata de inmuebles abandonados desde hace años, que lucen desmantelados con los caballetes del tejado semiderrumbados y con el esqueleto de madera frontal hecho polvo, aunque aún se diferencian los pisos dedicados a vivienda y a granero y las tierras colindantes donde antaño los moradores sembraban sus legumbres y plantaban sus frutales. Los caseríos que han corrido mejor suerte se han convertido en sidrerías u hoteles rurales. Otros, los menos, aún conservan a sus habitantes. Hicimos grandes obras aquí y ahora está todo hundido, evoca una mujer al volver a su antigua morada. De comer no faltaba. Nos abastecíamos de la huerta, pero la comida era casi todos los días igual, relata una de las protagonistas. Vivíamos con las estaciones, con la tranquilidad, con la naturaleza, con la gente del campo, añade otra. En esta casa, la que más hacía era ama, reconoce otra mujer. Poca fiesta, trabajar y trabajar. Estaban las fiestas del pueblo y la misa de los domingos. Había un vendedor de telas y un joslari que andaban de casa en casa y hacían las ropas y los trajes. Comprábamos toallas y telas en el mercado y con los años se alargaba o se acortaba la falda. La minifalda, muy mal vista, evoca con nitidez otra mujer. Abarkas en verano y, en invierno, un jersey para el colegio. Un testimonio más, desde Iparralde: No hablaré euskera en el colegio, no hablaré euskera en el colegio, me hacían repetir en casa.

En el caso de las nietas, han vivido siempre en la ciudad, pero conservan recuerdos de infancia en el caserío familiar que un día fue de su amama o del que tanto han oído hablar a lo largo de su vida. Un giro de 180 grados es la distancia que separa a unas de otras. Toda la que puede haber. Recuerdo que el baserri era el punto de encuentro familiar en las grandes celebraciones, evoca una de las jóvenes entrevistadas por Izaro González Ieregi para el documental 81.amama. Los caracoles, esos nunca faltaban en Navidad con mi amama, rememora otra. Vivimos más deshumanizados, no tenemos contacto con la tierra. Si no tomamos el relevo, se perderá el caserío, concluye otra joven mientras observa la Ría de Bilbao. Se perderá.

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