El nuevo mesías de Cataluña

Ciutadans ya es la tercera fuerza en las encuestas. Su líder, Albert Rivera, ha convertido el partido en el antídoto contra el nacionalismo. Y en la bestia negra de PSC, CIU y PP. Les araña votos sin parar

ANTONIO CORBILLÓN
Albert Rivera se relaja pilotando su moto cuando tiene tiempo./ Julio Carbó/
Albert Rivera se relaja pilotando su moto cuando tiene tiempo./ Julio Carbó

Tiene la edad de Jesucristo (Barcelona, 15 de noviembre, 1979) y también se ha presentado en el templo de la vida pública catalana para cantar las verdades a los que considera «mercaderes de la política». Albert Rivera, parlamentario y presidente de Ciutadans, también lo hizo completamente desnudo para demostrar que ya era tiempo de salir del 'armario' y atreverse a divulgarlo: «No todos los catalanes somos nacionalistas. Es tiempo de ver lo que nos une a España y no lo que nos separa». La idea la remacha el dramaturgo Albert Boadella, autoexiliado en Madrid y uno de los promotores en 2005 del manifiesto que dio origen a Ciutadans. «Hay un montón de gente joven que esperaba a alguien así. Es la última esperanza blanca sin contaminar que queda».

¿Será de verdad Albert Rivera el nuevo mesías de la vida pública? Las encuestas parecen ratificarlo. Las últimas sitúan a Ciutadans como la tercera fuerza política de Cataluña (tras ERC y CiU) y la primera no nacionalista (por delante de PSC-PSOE y PP). Bajo su liderazgo se ha asentado un partido 'antisistema', que va de frente contra la rígida balanza nacionalismo-constitucionalismo y que sube como la espuma al lograr situarse en el centro del tablero. «Rivera plantea las preguntas inaugurales que nadie hacía hasta ahora. Y lo hace sin pedir disculpas», reflexiona Félix Ovejero, profesor de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona y también pionero de Ciutadans. En la misma línea se pronuncia Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional y profesor del joven político cuando era su alumno en los doctorados. Admite que no destacó especialmente, salvo porque «era de los tres o cuatro que más participaban». Cuando De Carreras decidió dar el paso con otros intelectuales y promover un partido que rompiera la deriva catalana, apareció por allí el veinteañero Albert, que ha logrado que «muchos le escuchen ahora y se den cuenta de que 'este chico dice lo que yo pensaba y no me atrevía a manifestar'».

Empujados por esa voz que habla por ellos, 275.007 votantes le entregaron su confianza en las elecciones del 25-N del pasado año, que se ha traducido en nueve escaños, el triple de su primera aventura electoral. Son los votos de la gente que, en palabras de Félix Ovejero, ha logrado romper la «espiral de silencio: esa que hacía que solo se escuchara una idea (por supuesto, la nacionalista), lo que provocaba que todos acabaran pensando que debía ser la única verdad». Pero también ha arañado muchos votos a socialistas y populares. Es su bestia negra.

Otras consultas ya le ubican como el político mejor valorado incluso en toda España. Un logro en el que juega a su favor el título de campeón nacional de oratoria con el equipo universitario de la Universidad Ramón Llull (Esade), donde cursó la carrera. Y, desde luego, es el primero que logra tal proyección política sin venir del pasado: solo conoce la vida tras la Constitución del 78. Lo demás tiene que buscarlo en los libros de historia. Por eso invita a sus conciudadanos a salirse de «las trincheras ideológicas». Sabe que vivimos un tiempo en el que «las siglas están en peligro, pero la gente sigue teniendo sueños e ideas. Y a partir de ahora van a votar sobre cosas pragmáticas».

Detrás de su figura, un incipiente equipo de pensadores trata de ayudarle a orientar su posible espacio, que debe estar «fuera de los mercados políticos tribales», insiste Ovejero. Un discurso que se mueve en «el mensaje de los derechos constitucionales, que es social-liberal en lo económico, avanzado en lo social y laico», resume Francesc de Carreras. De hecho, en sus perfiles en Facebook (65.000 seguidores) y Twitter (8.500), el joven líder dejar claro su agnosticismo religioso.

Resulta una metáfora tan fácil como inevitable concluir que la carrera política de este joven doctor en Derecho Constitucional, con plaza en excedencia en la asesoría jurídica de La Caixa, va como una moto, su afición favorita. Cuando se lo permite su cada vez más apretada agenda, en la que ha roto las barreras y da más conferencias fuera que dentro de Cataluña, se sube a lomos de su máquina de gran cilindrada y se hace unas curvas en los aledaños de su casa de La Garriga, en la zona del Vallés Oriental. Cuando se quita el casco escucha a los Black Eyed Peas, a Melendi o a clásicos de lo que podríamos llamar sonido 'catalanoespañol': Loquillo y Estopa.

Alumno preguntón

Él encarna los valores de una sociedad plural, muy lejos del 'monocultivo' nacionalista que se impone en las calles y plazas de Cataluña. Insistiendo en la línea argumental de sus padres políticos, Albert Rivera Díaz concluye que «solo soy el alumno que levanta la mano y pregunta algo distinto».

Hijo de Agustín Rivera, un catalán, y María Jesús Díaz, malagueña, una pareja que regenta una pequeña tienda de electrodomésticos en el popular barrio de La Barceloneta, la infancia de Albert la completaron veranos en Málaga y tardes de mucho deporte en el patio del colegio. Su adolescencia y juventud se forjaron bajo el silencio de las piscinas de Granollers, que le permitieron ser dos veces campeón de Cataluña de braza. Cuando ingresó en la universidad, cambió la exigente disciplina de la pileta por el waterpolo para no retrasar sus estudios.

Con el título bajo el brazo, La Caixa le hizo rápidamente un hueco en su equipo de letrados, en donde sacó plaza por oposición interna. Por aquel entonces el gusanillo de la política ya le había capturado y por eso nunca dejó de pulir su formación con cursos como los de Marketing Político en la Universidad George Washington. Con 26 años (2006) se convirtió en el cabeza de cartel de aquel primer ensayo de Ciutadans: un atleta desnudo dispuesto a una larga carrera de obstáculos. No importó que «fuera muy joven e inexperto y nos hiciera sufrir», como recuerda Boadella. En aquella primera 'jaula de grillos' que fueron los tres escaños de Ciutadans (acabaron cada uno por su lado), Albert Rivera demostró temple y constancia para desactivar el campo minado de la política y la prensa catalana. Le acusaron de ser del PP, del PSOE y sufrió amenazas de muerte (junto a su casa, su foto con una diana y una bala clavada y la invitación a 'marcharse de Cataluña').

No le amedrentaron y puso su rostro en los carteles de las elecciones generales del 2008, aunque no logró el acta de diputado. La juventud de Ciutadans le permite descaro y romper moldes. En la siguiente contienda electoral (2010), Rivera ya aparecía vestido mientras el resto de contrincantes estaban desnudos. Confirmó sus tres escaños y tal vez por eso decidió poco después tomar la alternativa y dar la vuelta al ruedo en la Monumental de Barcelona junto a un diputado del PP y un torero (Serafín Marín), para protestar por la prohibición oficial. «Lo hice por coherencia.Yo no voy a los toros, pero votaré para que otros puedan seguir yendo», se justifica.

El joven rostro de la política catalana considera a su compañera, Mariona Saperas, psicóloga de un centro de adicciones, la persona que «le ubica en el mundo y le aporta lo que ocurre en la calle». Ambos educan a Daniela, su hija de tres años. En una tierra obsesionada con crear fronteras, a su niña pretende inculcarle su habitual declaración de principios geográficos: «Cataluña es mi tierra, España mi país y Europa nuestro futuro. Mejor unidos».

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