José Luis Lizundia, «Se ha exigido demasiado euskera para ciertos puestos de trabajo»

Después de cuatro décadas de trabajo diario en la Academia, repasa los hitos de la institución y los problemas de la euskaldunización

IÑAKI ESTEBAN
José Luis Lizundia, «Se ha exigido demasiado euskera para ciertos puestos de trabajo»

José Luis Lizundia ha cumplido 75 años y después más de cuatro décadas de trabajo diario en Euskaltzaindia pasa a ser académico emérito. Él se define como el «último mohicano» de un sector del grupo de euskaltzales que renovó la Real Academia de la Lengua Vasca a finales de la década de los sesenta, entre los que estaban el franciscano Luis Villasante y Gabriel Aresti. Desde 1969 ejerció de vicesecretario general y luego de tesorero, lo que le ha hecho conocer Euskaltzaindia no sólo desde el aspecto del cuidado del euskera sino también su faceta organizativa.

A esta labor se une su trayectoria en Euskadiko Ezkerra, partido con el que ha sido parlamentario en Vitoria y juntero en Gernika. Se siente orgulloso de su participación en la Ley del Euskera, ahora hace más de treinta años, y se sitúa en la izquierda aunque se define, «con orgullo», como «heterodoxo». Como tantos abuelos, ejerce de cuidador de su nieto mientras su hija trabaja por las mañanas.

¿Se acuerda del día en que entró en Euskaltzaindia?

Fue el 25 de noviembre de 1966. Nombraron a unos veinte académicos correspondientes, los de segunda división, y entre ellos estábamos un grupo de revoltosos formado por Xabier Lete, Ibon Sarasola, Xabier Kintana, Ramón Saizarbitoria y este menda. Yo ya estaba en el mundo cultural. Junto a Leopoldo Zugaza, fui uno de los fundadores de la Asociación Gerediaga de Durango, la que organizó la primera Feria del Libro Vasco. La sede estaba en mi casa y me nombraron tesorero aunque no teníamos nada parecido a un tesoro. También empecé a trabajar en las campañas de alfabetización en Bizkaia, siguiendo lo que estaba haciendo Rikardo Arregi en Gipuzkoa.

Usted ha tenido un papel fundamental en los aspectos organizativos de Euskaltzaindia.

En el año 68 se fue el entonces vicesecretario, Alfonso Irigoien, a terminar su carrera a Salamanca y nos dieron la oportunidad de presentarnos a la plaza, muy mal pagada. Concurrimos dos, Gabriel Aresti y yo. Ambos teníamos trabajos administrativos. Él era contable y yo, secretario del Ayuntamiento de Garai. Aresti escribió una carta de renuncia a mi favor, diciendo que, aunque andaba regular de trabajo, él era poeta y no se veía en el puesto. En febrero de 1969 empecé como vicesecretario y he trabajado en la Academia hasta la jubilación.

¿Qué ambiente se respiraba en la cultura vasca en los sesenta?

Esa década fue muy importante. Trabajábamos por la alfabetización, por que los euskaldun zaharrak supieran escribir correctamente, por el euskera batua. Hubo una eclosión en el arte con los grupos Hemen, Gaur y Orain, en los que estaban desde Basterretxea hasta Ibarrola. Y como movimiento musical, Ez dok hamairu supuso un gran paso adelante. A finales de 1964 se aprobó en las Cortes franquistas la Ley Asociaciones. Gerediaga fue la primera en inscribirse. La situación política era irrespirable, pero aflojaron la tensión en la cultura.

Resistencias puristas

¿Cuál era la situación legal de Euskaltzaindia?

Euskaltzaindia no fue suprimida por el franquismo, al contrario que el Instituto de Estudios Catalanes. ¿La razón? Nuestra Academia no llegó a pertenecer al Gobierno vasco, mientras que el Instituto fue parte de la Generalitat. En el año 41, Resurrección María de Azkue y José María Areilza, que entonces era presidente de la Comisión de Cultura de la Diputación de Bizkaia, empezaron a reactivarla. Luego vino Navarra y después, Gipuzkoa y Álava. De todas formas, el reconocimiento oficial como institución no lo conseguimos hasta 1976.

Después de que muriese Franco.

Sí, lo pedimos antes pero fue imposible. Nos ayudó mucho Marcelino Oreja y el ministro de Educación, Robles Piquer, cuñado de Fraga Iribarne. Cuando fuimos a verle, nos dijo: «Entiendo perfectamente lo que me piden porque mi suegra, que es vascofrancesa, vive con nosotros. Tiene un devocionario y se acuesta todas las noches rezando en vasco».

¿Cómo valoraría la actitud del franquismo con el euskera?

No cabe duda de que hubo una represión terrible. Pero en el lado cultural, hay que hacer algunas matizaciones. Vayamos al congreso del euskera, el de 1968, el del batua. En la comisión había dos abogados, Antonio Arrúe, procurador en las Cortes franquistas, y José María Lojendio, monárquico. Villasante decía una y otra vez que Euskaltzaindia era de todos los credos políticos y religiosos. Ha habido miembros de derechas, de izquierdas, nacionalistas, no nacionalistas... Aresti era de ideas comunistas.

¿Es verdad que en aquel congreso de 1968 en Arantzazu estaban enfrentados los modernos y el clero conservador? ¿O es una simplificación?

Los jóvenes nos dimos cuenta de que hacía falta una lengua estándar, para la Administración, para la literatura ¿Hubo resistencias? Claro. Procedieron del mundo purista, fundamentalmente sabiniano, y de las viejas generaciones clericales, que de algún modo se vieron amenazadas, y con razón. Aun así, hay que matizar. Había religiosos como Villasante y gente del PNV como Luis Mitxelena. Todo ha cambiado mucho. Entonces, de 24 académicos, sólo tres tenían el título de doctor, Mitxelena, René Lafon, que militaba en el Partido Comunista francés, y Jean Haritschelhar, que había hecho Filología Hispánica. Ahora tenemos profesores, profesionales, escritores...

¿Por qué Villasante se puso de parte de los jóvenes?

Fue una gran jugada de Mitxelena. Villasante no era nada purista y era cura. Nadie podía achacarnos un prejuicio contra el clero.

Excesos de celo

Algunas voces aseguran que el euskera avanza lento en la calle porque ciertos elementos, como el verbo, no se han simplificado lo suficiente. ¿Hace falta una lengua más versátil o funcional?

Sí, he leído el artículo que publicó en EL CORREO Luis Haranburu-Altuna y es una opinión que defienden también otros como Xabier Amuriza. En términos generales, estoy de acuerdo. Una cosa es el mundo de los filólogos y otra cosa es el de los enseñantes, y muchas veces no se han separado lo suficiente. Como ya he dicho en alguna ocasión, al euskera no le sienta bien ni el dóping, para que vaya más rápido, ni la eutanasia, para que se muera plácidamente. Se han cometido algunos excesos de celo filológico. Nos hemos vanagloriado de la riqueza que tenemos en el verbo y hemos pretendido de que todo el mundo lo domine. Pero el hecho es que no puedes convertir a todo el país en un reino de pequeños filólogos.

¿Se exige demasiado euskera para algunos trabajos?

Con que un guarda forestal sepa comunicarse de manera sencilla, es suficiente. Un médico de familia en un área euskaldun tiene que saberlo, pero un anestesista puede hablar lo que quiera y si es mudo no pasa nada. Sí, se ha exigido donde no se debe o como no se debe. Siempre hay que tener en cuenta dos criterios, la zona de que se trate, y no el territorio histórico, y la naturaleza del trabajo. No es lo mismo Ondarroa que Karrantza. No me importa que en Valdegobía, una zona alavesa en la que se ha perdido el euskera hace un par de siglos, tarden otros cincuenta años en normalizar la situación de la lengua. Hay que tomar en cuenta todas estas cuestiones para hacer un plan de normalización efectiva, que además resguarde el euskera de posibles antipatías.

¿Las ha habido por esta causa?

Ha habido un rechazo sin mala voluntad y una instrumentalización de algunos hechos por parte del nacionalismo español. A veces hemos tenido poco tacto y poca táctica. Han existido intentos de monopolizar la lengua por parte de algunos sectores del nacionalismo vasco. Y el euskera no está para esos trotes.

¿Cómo ve ahora Euskaltzaindia?

La veo con inquietud, con casi tres años sin convenio laboral y una evidente frustración en el personal, frustración que se está extendiendo en los académicos. Está gobernada por un centralismo burocrático, que me llevó a dimitir de tesorero y, como tal, como miembro de la Junta de Gobierno en febrero del año pasado por el constante puenteo presidencial. El centralismo burocrático está aarrotando la tradicional autonomía de las principales comisiones académicas, desde su creación hace casi cuarenta años con la presidencia de Villasante, y lleva a una arbitrariedad en la adjudicación y el tratamiento de los proyectos. Estoy verdaderamente preocupado del devenir de nuestra institución. Vive una crisis larvada.

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